La nueva Asamblea Legislativa ya tiene rostro, número y distribución. Cincuenta y siete diputaciones que, querámoslo o no, marcarán el rumbo del país durante los próximos cuatro años. Liberación Nacional con 17 escaños. Pueblo Soberano con 31. El Frente Amplio con 7. Y dos diputaciones unipersonales: Claudia Dobles por la Coalición y Abril Gordienko por Unidad Social Cristiana.
Sobre el papel parece simple: dos grandes bloques, uno intermedio y dos figuras solas. Pero ¿es realmente así? Hoy, conversando conmigo mismo, me preguntaba si no estaremos frente a algo más complejo que una suma aritmética. Tal vez no sean cinco fuerzas, sino seis representaciones reales dentro del Congreso.
Claudia y Abril, por ejemplo, no pueden dividirse. Son bancadas unipersonales. Su voto es su voz completa. No tienen margen interno de negociación partidaria. Cada decisión que tomen llevará su nombre propio. En ese sentido, no son pequeñas. Son absolutas. Y eso, en una Asamblea fragmentada, puede tener más peso del que imaginamos.
El Frente Amplio, con sus siete diputados, carga ahora con una expectativa acumulada. Hay sectores que confían en la continuidad de un trabajo legislativo firme, fiscalizador y coherente con su línea ideológica. En ellos no solo hay representación numérica; hay una promesa de consistencia.
Liberación Nacional, con 17 curules, se convierte en el bloque tradicional más fuerte fuera del oficialismo. Mucho dependerá de su capacidad de mantenerse unido, de actuar con disciplina interna y de asumir con claridad su rol de oposición. Un bloque de ese tamaño puede ser determinante si actúa con cohesión y estrategia.
Y entonces llegamos al grupo más numeroso: Pueblo Soberano, con 31 diputados. La bancada más grande. Pero aquí es donde mi conversación interna se vuelve más interesante. Porque dentro de esos 31 hay ocho diputados identificados claramente con el sector cristiano. Ocho personas que, más allá de su afiliación partidaria, tienen una identidad pública ligada a valores, a liderazgo espiritual y a una base de fieles que los reconoce como referentes morales.
Entonces la pregunta es legítima: ¿Pueblo Soberano tiene realmente 31 votos monolíticos? ¿O tiene 23 más 8? Porque no es lo mismo pertenecer a un partido que actuar sin matices. Y tampoco es lo mismo responder únicamente a una estructura política que responder también a una comunidad de creyentes que espera coherencia entre discurso y acción.
No se trata de cuestionar lealtades partidarias. Se trata de comprender dinámicas reales. Los ocho diputados cristianos están en una posición particular. Por un lado, forman parte de la bancada más grande. Por otro, representan valores que, en teoría, exigen rectitud, prudencia, ética pública y respeto institucional. Si actúan únicamente como engranaje partidario, su peso se diluye en los 31. Pero si actúan con criterio propio cuando la conciencia lo demande, podrían convertirse en un grupo determinante.
Y ahí surge una hipótesis interesante: tal vez la configuración real del Congreso no sea de cuatro bloques, sino de seis fuerzas. Dos unipersonales, el Frente Amplio, Liberación, el núcleo duro de Pueblo Soberano y, eventualmente, un bloque cristiano con identidad propia dentro de esa bancada.
Si eso ocurriera, esos ocho podrían convertirse en la tercera fuerza más influyente de la Asamblea, no por número absoluto, sino por capacidad de inclinar decisiones clave. En votaciones ajustadas, ocho conciencias firmes pueden cambiar el destino de proyectos fundamentales.
Por eso hoy no hago un llamado a confrontar, sino a observar. A poner los ojos en cada diputado democrático y limpio, sin fanatismos, sin etiquetas simplistas. A analizar su trabajo. A exigir coherencia. Y sí, también sugiero —honestamente— un voto de confianza a esos diputados cristianos. No desde la religión, sino desde la expectativa ética. No desde el púlpito, sino desde la democracia.
Si sus valores son reales, si su compromiso es con principios y no solo con estructuras, podrían jugar un papel crucial en el equilibrio institucional del país. Y si eso ocurre, la Asamblea que hoy parece dominada por un solo gran bloque podría transformarse en un espacio mucho más plural de lo que indican los números.
La aritmética parlamentaria dice una cosa. La dinámica humana puede decir otra.
Y en política, casi siempre, lo humano termina pesando más que la matemática.
Termino este artículo con una pregunta: ¿por qué los cristianos no abogan para que uno de ellos sea el Presidente del Congreso en el próximo año? Porque si es cierto que son un número tan importante y que sus integrantes en bloque pueden tomar decisiones con tanto poder como los grupos más grandes, ¿por qué no asumen esta posición?
