A pocos días de concluida la elección presidencial, cuando todavía está fresco el clima emocional de la campaña, vale la pena detenerse a observar algo más que los resultados. Vale la pena preguntarse cómo se comunicó la política y qué señales dejó ese proceso en la cultura democrática costarricense. Porque esta campaña no se jugó solo con ideas y programas, sino —y cada vez con mayor peso— con imágenes, gestos y puestas en escena.
Conviene decirlo desde el inicio: este no es un estudio exhaustivo de imagen pública ni un análisis definitivo de campaña. Un trabajo de esa naturaleza exige tiempo, recopilación sistemática de material audiovisual, análisis comparado de discursos y datos más precisos sobre la recepción ciudadana. Lo que aquí se propone es un acercamiento temprano, una lectura inicial desde la comunicación política y la comunicación no verbal, hecha cuando aún estamos muy cerca de lo vivido. Justamente por eso, hay señales que no deberían pasar inadvertidas.
Esta campaña no se disputó únicamente en el terreno de las propuestas. Se jugó, en buena medida, en el plano visual y simbólico: en el gesto, el tono, la postura corporal, el manejo del espacio y el silencio. En muchos momentos, la política se convirtió en espectáculo y el ciudadano dejó de ser interlocutor para convertirse en público.
Uno de los recursos visibles fue la construcción del outsider: la figura que se presenta como fresca, disruptiva y ajena al sistema tradicional. En el caso de José Aguilar, esa imagen se sostuvo inicialmente en una gestualidad de fuerza, posturas abiertas y un lenguaje corporal orientado a proyectar control y autoridad. Esa imagen, sin embargo, se desvaneció en cuestión de horas. Lo que en un primer momento pareció eficaz mostró rápidamente sus límites.
El punto de quiebre fue evidente tras el debate organizado por el Tribunal Supremo de Elecciones. El recurso le alcanzó para un momento, pero no para sostener una narrativa. La imagen se le vino abajo, y con ella la credibilidad del gesto. En comunicación política, lo que no es propio termina pasando factura.
También se hizo evidente la adopción de una forma de comunicar que ya conocemos bien. En debates y apariciones públicas, la presidenta electa apeló a gestos, tonos y posturas propias de una comunicación dura, confrontativa, pensada más para imponerse que para dialogar. Es un modo de hacer política que se instaló en los últimos años bajo la figura del presidente Rodrigo Chaves Robles: tensión permanente, confrontación constante y el choque como práctica habitual.
Este estilo no se replica por casualidad. Ha demostrado generar réditos electorales, y por eso resulta comprensible que se intente reproducir. Sin embargo, en el debate presidencial del Tribunal Supremo de Elecciones, su uso no le aportó fortaleza, sino que más bien evidenció incomodidad en un papel que probablemente no le es propio. Lejos de consolidar una imagen, dejó la sensación de una copia que no termina de calzar.
Aquí se abre una pregunta clave para el nuevo ciclo político: ¿estamos ante una figura con capital político propio o ante una figura que, al menos por ahora, opera con capital político prestado? Es innegable que el presidente Chaves posee un capital político fuerte. Pero el liderazgo no se transfiere automáticamente. La imagen no se hereda: se construye.
Un contraste interesante lo ofrece el caso de Ariel Robles. Su comunicación no verbal —marcada por la picardía, los movimientos de manos precisos y una gestualidad que refuerza el mensaje verbal— funciona porque está alineada con su esencia. No se percibe como artificio ni como máscara adoptada para la campaña, sino como una extensión coherente de su personalidad política. Y aquí conviene subrayar un principio básico: crear imagen no es mentir. La columna vertebral de cualquier proceso serio de construcción de imagen es la coherencia entre lo que se es y lo que se proyecta.
Cuando la imagen se ajusta a la esencia, el mensaje gana credibilidad y estabilidad. Cuando se construye desde la copia o la simulación, el desgaste es inevitable. La imagen no sustituye al contenido, pero sí puede potenciarlo o erosionarlo.
Este análisis quedaría incompleto sin observar el papel de la ciudadanía. Buena parte de estos intercambios fueron vividos como una auténtica mejenga futbolera. Se celebraron gestos como goles, se abuchearon errores como faltas y se defendió al “propio” con lógica de hinchada. La política fue consumida como espectáculo competitivo, más que como espacio de deliberación democrática.
Ahí reside el riesgo mayor. Cuando la política se reduce a entretenimiento, el debate se empobrece, la polarización se normaliza y la reflexión cede ante la reacción inmediata. El problema no es que la política tenga elementos de espectáculo —eso siempre ha existido—, sino que el espectáculo termine sustituyendo al contenido y que el ciudadano se conforme con mirar desde la gradería.
La pregunta final es inevitable: ¿para qué se están utilizando hoy los recursos de imagen en la política costarricense? ¿Para hacer más comprensible el liderazgo y fortalecer el vínculo democrático, o para imponer estilos, copiar modelos y convertir la política en una puesta en escena permanente?
Los análisis más profundos vendrán, con datos y metodologías más completas. Por ahora, esta lectura temprana deja una advertencia clara: cuando la imagen se separa de la esencia y el ciudadano se queda en la gradería, la democracia empieza a perder espesor.
