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La peligrosa renuncia a pensar

Este texto fue revisado por una inteligencia artificial. Lo confieso. Sin embargo, fue escrito íntegramente por mi puño y letra y, más importante aún, por mi pensamiento crítico. La revisión fue estrictamente formal, no conceptual. Lo aclaro porque hoy leemos cada vez más textos que simulan profundidad, pero carecen de criterio, de postura y de argumentos propios. El pensamiento crítico atraviesa una crisis no por falta de información o tecnología, sino por la renuncia al juicio propio.

Este abandono del criterio propio no es nuevo, ni inocente. En su reflexión sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt sostuvo que el mayor peligro no es la falta de inteligencia, sino la falta de reflexión: la renuncia a pensar y a juzgar por cuenta propia. Esa advertencia resulta inquietantemente vigente en una época que presume de información, pero desconfía del pensamiento crítico.

La historia de la razón muestra que juzgar exige marcos, no solo voluntad. Por ejemplo, hace 200 años, incluso sin tener el conocimiento del mundo a un clic de distancia, existían marcos más claros para distinguir entre verdad, opinión y creencia. Porque la verdad era lo que pasaba el filtro del método científico. El conocimiento se reafirmaba por la ciencia y por la lógica. La interpretación y el criterio partían del conocimiento ya probado y comprobado. Claro, todo esto gracias al Renacimiento y luego a la Ilustración.

Mucho antes de la ciencia moderna ya existía una preocupación por separar verdad y opinión. Para los griegos existía una distinción fundamental entre doxa y aletheia, particularmente las propuestas de Parménides y Platón. La doxa era la opinión, aquello que creemos verdadero; la aletheia, en cambio, remitía a la verdad que se revela, a lo que puede sostenerse más allá del parecer individual. Ante la afirmación “el día está lluvioso”, no hay cabida a discutir, salgo a ver si es así y punto. “El día está lluvioso y a mí no me gusta la lluvia”, ya implica esos matices entre una y otra, pero siempre a partir de un hecho verificable.

Es cierto que en medio de esto: entre los griegos y la ilustración, tuvimos la Edad media en la que la verdad era lo que la Iglesia Católica indicaba y, esa frontera, se diluyó peligrosamente en el pensamiento occidental. Pero incluso en ese periodo, mentes pensantes desafiaron esas posturas. Algunos incluso estuvieron dispuestos a arriesgar su vida por defender el criterio propio, si no que lo diga Galileo Galilei o Giordano Bruno. Y, a pesar de eso, fue una época en la que se aprendió que el conocimiento era vital.

La historia demuestra que cuando se renuncia a pensar por cuenta propia, las consecuencias se repiten. Hoy vivimos en una era en la que el pensamiento crítico es tan relativo que se puede negar el cambio climático, los avances de las vacunas y las bases de la división de poderes dentro de la democracia. Sin embargo, relativizamos las acciones poco éticas de líderes políticos, aceptamos las comprobadas acciones pederastas de algunas figuras y decimos que la vida privada debe respetarse por encima del deber ético.

Este relativismo no es abstracto: se manifiesta en prácticas concretas. Me preocupa ver cómo las discusiones ahora necesitan pasar por el filtro de la inteligencia artificial. Digo filtro como eufemismo, porque muchas veces tenemos a una IA discutiendo con otra usándonos a nosotros como avatares. Sin embargo, esto es solo un síntoma y no la enfermedad como tal. Y así, la ausencia de criterio exacerba el relativismo, al punto que a algunos les moleste más que Bad Bunny cante en el medio tiempo del Super Bowl, pero les parece anecdótico que las constantes filtraciones del caso Epstein muestren una red de abuso a menores y que líderes y empresarios estén envueltos.

El problema de nuestro tiempo no es la existencia de inteligencias artificiales, sino la creciente renuncia a pensar. Cuando todo se vuelve opinable, incluso aquello que está comprobado, la verdad deja de ser un punto de partida y se transforma en una molestia. En ese escenario, no solo se relativiza el conocimiento científico, sino también la ética: se excusan abusos, se maquillan delitos y se confunde la vida privada con la responsabilidad pública. Sin acuerdos mínimos sobre los hechos no hay pensamiento crítico posible y, tampoco, democracia.

Frente a este panorama la duda no puede abandonarse, todo lo contrario, debe recuperarse. René Descartes, en su Discurso del método, advertía que para investigar la verdad era necesario dudar, en cuanto fuera posible, de todas las cosas. Pero esa duda no era caprichosa ni relativista: era metódica, rigurosa y orientada a distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy, en cambio, dudamos de todo sin método y aceptamos cualquier cosa sin pensar. Lo verdaderamente peligroso no es que las máquinas aprendan a escribir, sino que las personas renuncien a pensar.