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La ciencia no se defiende con dogma

En las últimas semanas, a raíz de las declaraciones de un candidato presidencial sobre el cambio climático, surgieron múltiples reacciones que buscaban defender la ciencia. Sin embargo, muchas de esas respuestas —aunque bien intencionadas— terminaron defendiéndola de una forma profundamente anti-científica: tratándola como un dogma incuestionable y no como el proceso abierto, provisional y revisable que es.

Este artículo no busca defender a ningún candidato ni cuestionar la existencia del cambio climático. Busca algo más importante: llamar la atención sobre cómo una mala comunicación científica puede erosionar la confianza pública en la ciencia, incluso cuando intenta protegerla. Esperé a que terminara la campaña política para evitar que esta reflexión se interpretara como una defensa partidaria y abordarla, más bien, como una crítica constructiva sobre este tema fundamental.

El ejemplo que utilizo es un artículo y una serie de contenidos (disponibles en Instagram) de la divulgadora científica conocida como @astrocatalina, cuyo trabajo de acercar la ciencia al público considero, en términos generales, encomiable y necesario, y precisamente por ese respeto es que creo que vale la pena hacer esta crítica de manera pública para todas las personas que también hacen esta labor.

A mi juicio, la línea argumental del artículo es epistemológicamente débil. Pero lo más preocupante no es esa debilidad en sí, sino que defiende a la ciencia de una manera que contradice sus propios principios: recurriendo a mensajes más cercanos al dogma que a la explicación científica.

Esto me resulta crítico de discutir porque ya hemos visto las consecuencias de este enfoque. Durante la pandemia, cuando las autoridades sanitarias presentaron recomendaciones cambiantes sobre mascarillas, distanciamiento y vacunas sin explicar adecuadamente el proceso científico detrás de esas actualizaciones, muchas personas interpretaron los cambios como incompetencia o mentiras en lugar de como el funcionamiento normal de la ciencia ante nueva evidencia.

El problema no fue que la ciencia cambiara —eso es lo que debe hacer— sino que se había comunicado con un tono de certeza moral absoluta que no admitía matices. Cuando esa certeza se ajustó, la confianza colapsó. Etiquetar a quienes cuestionaban como "anticiencia" o "irresponsables" no solo no resolvió el problema, sino que lo agravó, convirtiendo un desacuerdo epistemológico en una batalla moral que polarizó aún más el debate público.

En términos generales, el artículo sigue esta estructura: presenta la ofensiva política contra la ciencia en Estados Unidos, afirma que la ciencia es inherentemente política y que negar consensos científicos es peligroso, introduce la posición del candidato, sostiene que esta demuestra ignorancia sobre cómo funciona la ciencia y concluye que no creer en la ciencia es una alerta democrática.

El problema es que esta argumentación presenta al menos tres saltos epistemológicos injustificados que muestran ese problema que menciono.

Primero, da a entender que la existencia de un consenso científico vuelve ilegítimo cualquier cuestionamiento, equiparándolo con desinformación. El artículo afirma que "expresar lo contrario como una 'opinión' no es una postura neutral; es una forma de desinformación." Sin embargo, en la ciencia el consenso no es una verdad revelada ni un acto de fe. La ciencia exige evidencia proporcional para debatir pero no cierra la discusión completamente.

Además, el artículo no distingue entre al menos las tres capas conceptuales del problema del cambio climático: el hecho científico de la influencia humana, la interpretación del riesgo y la incertidumbre de los modelos, y las políticas públicas para enfrentarlo.

Aunque en el contexto de divulgación pública esta simplificación puede ser comprensible, resulta problemática ya que negar o cuestionar las dos últimas no implica ser anticiencia. Y aunque alguna persona cuestionara la primera capa, etiquetar ese escepticismo como “anticiencia” en lugar de explicar por qué la evidencia es tan sólida es pedagógicamente contraproducente ya que radicaliza a las personas y asume que la autoridad de la ciencia es autoevidente para el público. No lo es. Y cuando el público percibe que se le exige aceptar la autoridad científica sin explicación, la desconfianza crece en lugar de disminuir.

Segundo, el artículo funde dos posiciones distintas: no creer en la ciencia y no creer en una narrativa o en determinadas políticas públicas. La propia autora reconoce que el candidato aclaró posteriormente que su escepticismo se refería a las políticas y no al hecho científico.

Sin embargo, el artículo ignora eso (quizás asumiendo que fue sólo por presión pública) y equipara el ataque sistémico a la ciencia observado en Estados Unidos a ese escepticismo, sin justificar por qué ambos casos tan siquiera están en la misma categoría epistemológica. Esta equiparación injustificada convierte críticas de política pública en herejías científicas, radicalizando innecesariamente el debate.

Tercero, se establece un puente causal entre una supuesta incomprensión de la ciencia y la afirmación de que ello constituye una señal de alerta democrática y un peligro social. Dado lo anterior, en este caso puntual esa conclusión no se sigue de las premisas: es retórica, no inferencia. Si bien se ha dado en otros países, aquí se presenta de manera forzada y mal justificada. Cuando las conclusiones sobrepasan la evidencia presentada, el público aprende a desconfiar no sólo del argumento, sino de quien lo hace.

El punto no es atacar una defensa de la ciencia, sino evitar moralizarla. Convertir consensos científicos en posiciones morales absolutas y etiquetar el disenso como "anticiencia" no protege la ciencia: la transforma en un arma política que erosiona su propia autoridad epistémica.

La desconfianza en la ciencia es un problema mundial bien estudiado y con efectos tangibles en la salud y el progreso. Esto no se resolverá con buenas intenciones ni con indignación moral, sino con una comunicación científica más cuidadosa que reconozca que la confianza pública se construye explicando, no etiquetando; mostrando el proceso, no solo las conclusiones; y distinguiendo siempre entre lo que la evidencia muestra y lo que las políticas proponen.