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La arrogancia de creer que el otro "no entiende": ¿Crónica de la derrota de la Segunda República?

El verdadero problema no es el voto ajeno, sino nuestra incapacidad para hablarle a un país que dejamos fuera de la conversación.

Nos indignó escuchar “tenía 15 años, no era una niña”. Nos estremeció, con razón. Pero pasadas las elecciones, la pregunta incómoda no es qué tan justa fue nuestra indignación, sino qué vamos a hacer con el resto del país al que no le indignó o le fue suficiente la excusa de “lo dice como abogado penalista”.

Nos preocupó la corrupción, la señalamos, la denunciamos. Ahora, ¿qué hacemos con quienes no la consideraron un problema porque provenía de un color político que los representa, que los nombra, que al menos simbólicamente les ofrece pertenencia?

Nos asustó la violencia política reiterada. ¿Qué hacemos con quienes no la perciben como amenaza, porque la violencia —en sus vidas— no es excepción sino rutina?

Denunciamos el machismo, con razón. ¿Qué hacemos ahora con esos hombres y mujeres que no solo no lo condenan, sino que lo defienden porque es lo único que les ha dado un lugar, una identidad, una sensación de pertenencia en un mundo que los ha dejado atrás?

Nos duele perder instituciones, nos duele sentir que la democracia se vacía. Pero ¿qué hacemos con la gente a la que la democracia y las instituciones nunca le mejoraron la vida o no lo suficiente? ¿Con quienes aprendieron, no por ideología sino por experiencia, que el Estado llega tarde, mal o nunca?

Aquí aparece una tentación peligrosa: la arrogancia moral.

No la arrogancia del poder bruto, sino una más cómoda y sofisticada: la de creer que pensar “correctamente” nos exime de explicar, de escuchar, de hacernos cargo con el otro.

La arrogancia de asumir que quien no comparte nuestras indignaciones es ignorante, manipulable o moralmente defectuoso.

La arrogancia de creer que nosotros sí sabemos y que el resto simplemente “no entiende”.

La arrogancia de indignarnos sin preguntarnos por qué esa indignación no fue compartida.

En ese gesto hay algo peor que el error: hay desprecio.

Y el desprecio, aunque se vista de argumentos nobles, también erosiona la democracia.

Porque la pregunta política real no es quién tuvo la razón, sino cómo convivimos después del desacuerdo, cuando una parte del país siente que nunca fue invitada a la mesa.

¿Qué vamos a hacer con la miseria, con la falta de acceso a salud, con la inseguridad cotidiana, con la ausencia de oportunidades reales?

¿Vamos a esperar que la crisis empeore para todos, con la esperanza cruel de que el dolor pedagógico “enseñe”?

¿Vamos a aguardar a que los otros sufran más para que finalmente vean lo que nosotros vimos?

Esa espera no es neutral. Es cómoda. Y es profundamente elitista.

Hay una verdad que incomoda: no todos piensan distinto porque sepan menos, sino porque aprendieron a sobrevivir en un país distinto.

Hay saberes que se aprenden en la universidad, en el periodismo, en la militancia. Y hay saberes que se aprenden sobreviviendo, desconfiando, improvisando, resistiendo. Cuando uno de esos mundos desprecia al otro, la democracia deja de ser un proyecto común y se convierte en una guerra cultural estéril.

Si de verdad nos preocupa el país que viene, la tarea no es solo denunciar, sino traducir.

El deber ser de quienes piensan que el resultado electoral de ayer es una derrota es explicar por qué ese resultado nos duele, pero también escuchar por qué a otros no les duele igual.

Y aquí es donde solemos fallar. No porque falten argumentos, sino porque sobran certezas.

Traducir implica una renuncia incómoda: dejar de hablarnos solo entre quienes ya estamos de acuerdo.

En política, tener razón no es lo mismo que convencer.

De hecho, muchas veces tener razón se vuelve un obstáculo cuando se transforma en autosuficiencia moral.

Hablamos de democracia, de institucionalidad, de derechos, como si esas palabras fueran universales. Pero para demasiada gente no lo son. No porque no las entiendan, sino porque no les sirvieron.

Para quienes crecieron viendo al Estado llegar tarde, mal o nunca, la democracia no es un valor abstracto en riesgo: es una promesa que falló. Y ningún discurso, por correcto que sea, puede imponerse por encima de esa experiencia. Porque lo importante entonces para los “nadie” no es la democracia ni las instituciones, sino la esperanza de que se resuelvan los males, aunque implique con ello apostar trágicamente la democracia y las instituciones.

El problema no es que el otro no comprenda nuestros argumentos. El problema es que lo que decimos no conecta con lo que ha vivido.

Traducir no es bajar el nivel ni suavizar el conflicto. Es asumir que nadie se convence desde el insulto moral, desde la superioridad ilustrada o desde la certeza de estar del lado correcto de la historia. Se convence cuando el discurso logra tocar la vida concreta, cuando deja de hablarle solo a quienes ya están de acuerdo.

Y mientras sigamos confundiendo pedagogía con condescendencia, y explicación con debilidad, seguiremos hablando fuerte, claro y completamente solos.

América Latina está llena de advertencias

En Brasil, una parte importante de la población no defendió la democracia porque nunca la sintió como propia: la percibió como un pacto que garantizaba derechos para algunos y abandono para otros.

En El Salvador, la erosión institucional avanzó con amplio respaldo popular porque la promesa de orden y seguridad habló un lenguaje que las instituciones tradicionales nunca supieron hablar.

En Perú, la deslegitimación constante del sistema político no nació solo del populismo, sino de décadas de exclusión que vaciaron de sentido la palabra “república”.

En todos esos casos, las advertencias existieron, las denuncias fueron claras, los análisis fueron correctos. Lo que falló no fue la información, sino la mediación. No fue la falta de indignación, sino su encierro en burbujas ilustradas incapaces de dialogar con el malestar real.

Países donde las advertencias fueron claras, los análisis certeros y las denuncias persistentes, pero donde una parte significativa de la población prefirió arriesgar la democracia antes que defender un sistema que nunca la defendió.

No fue ignorancia, fue hartazgo

Y ese hartazgo no cayó del cielo. Fue producido. Se acumuló durante años de promesas incumplidas, de pedagogías morales sin traducción social, de discursos correctos incapaces de tocar la vida concreta.

No fue falta de información, sino exceso de abandono. No señala incapacidad de comprensión, sino cansancio de un lenguaje político que habló de derechos mientras la experiencia cotidiana seguía marcada por la precariedad, la inseguridad y la espera eterna.

Cuando la política renuncia a compartir saberes, otros ocupan ese espacio con relatos más simples, más emocionales y, muchas veces, más autoritarios. Y entonces ya no se trata de convencer, sino de lamentar, de contener daños.

Ningún país sale de una crisis profunda solo con indignación bien argumentada.

La indignación sin traducción no construye mayorías: construye trincheras.

Y desde las trincheras, por muy correctos que creamos estar, no se reconstruye nada.

Sin embargo, incluso en este escenario áspero, atravesado por el resentimiento y la desconfianza, sería un error concluir que todo fue ruido, retroceso y cierre. Porque en medio del conflicto —y a veces precisamente gracias a él— también aparecieron señales débiles, incipientes, pero políticamente valiosas, de algo distinto.

Lo malo, lo bueno y lo bonito

En las horas de mayor fricción política vimos lo peor. Actores populistas recurriendo a gestos provocadores, discursos incendiarios y actitudes violentas, apostando a profundizar la lógica amigo–enemigo como única forma de acumulación política. Eso existió, y minimizarlo sería irresponsable.

Pero detener la lectura ahí sería también una forma de pereza política.

Porque, al mismo tiempo, ocurrió algo menos estridente y por eso mismo más fácil de pasar por alto: por primera vez en mucho tiempo, fuerzas políticas con posiciones diametralmente opuestas —derecha e izquierda— fueron capaces de compartir el espacio político sin anularse mutuamente.

Vimos también a una ciudadanía dispuesta a abandonar la indiferencia y a arriesgar algo más exigente que el insulto o la burla: pensar políticamente en serio. Es decir, transformar la comodidad del antagonismo —la relación con el enemigo al que hay que destruir— en el trabajo incómodo del agonismo.

En términos de Chantal Mouffe, el agonismo no elimina el conflicto ni exige consenso; lo que hace es reconocer al otro como un adversario legítimo, no como un enemigo a erradicar. Supone aceptar que la política democrática es disputa permanente, pero dentro de ciertos límites compartidos. Y eso tiene un costo: renunciar a la fantasía de pureza moral.

Ese desplazamiento —del enemigo al adversario— no es solo bonito. Es bueno. Y, sobre todo, es necesario.

No porque garantice resultados, sino porque es la única forma de que el conflicto no derive en ruptura irreversible. No porque resuelva las desigualdades, sino porque crea las condiciones mínimas para discutirlas sin destruirnos.

El problema es que ese ejercicio sigue siendo frágil y minoritario. Si no logra extenderse hacia la Costa Rica profunda —hacia quienes han vivido la política como exclusión, burla o abandono— quedará encerrado en círculos que dialogan entre sí mientras el malestar crece afuera.

La dirección correcta ya apareció, aunque sea de manera precaria. El desafío ahora es mucho más exigente: hacerla compartible, traducible, políticamente significativa para quienes hasta ahora solo han visto en la democracia una promesa incumplida.

¿La derrota electoral de la Segunda República anuncia su muerte?

La derrota electoral no se explica solo por la fuerza del adversario, sino por nuestra incapacidad para hablarle a un país que nunca hicimos propio.

Creímos que bastaba con tener razón. No entendimos que, sin traducción, la razón no convence y la indignación no construye.

Hubo señales de otra política posible: disputa sin aniquilación, adversarios en lugar de enemigos. Pero esas señales son frágiles y no se sostienen solas.

La pregunta no es si el otro “entiende”. La pregunta es si estamos dispuestos a entender nosotros.

Porque una democracia que no se comparte termina siendo defendida por pocos y cuestionada por muchos. Y así, tarde o temprano, se rompe.