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Hoy me duele Costa Rica

Este 1 de febrero de 2026, Costa Rica habló en las urnas y el resultado fue contundente: Laura Fernández ganó la presidencia en primera ronda. Y hoy, como mujer costarricense, me despierto con un nudo en el pecho.

No me duele por capricho ideológico. No me duele por miedo al cambio en abstracto. Me duele porque siento —con una tristeza que no logro disimular— que el país que aprendí a amar, el país que pensé que siempre encontraría la forma de equilibrar progreso económico con progreso social, acaba de cruzar una puerta que quizás no sea fácil volver a abrir desde adentro.

Yo sí creo en el crecimiento económico. Lo creo con convicción, porque sin oportunidades, la dignidad se vuelve un discurso bonito pero vacío. Pero también creo —con la misma fuerza— que el crecimiento que vale la pena es el que trae a todos y todas, no el que pisa a las minorías para calmar la ansiedad del “orden”, ni el que usa la frustración ciudadana como permiso para debilitar contrapesos, relativizar derechos y desmantelar lo que nos ha sostenido por décadas.

Hoy lo digo con el corazón en la mano. Porque cuando la política se endurece, cuando el país se mueve hacia una derecha que se alimenta del desprecio y la burla, quienes quedamos más expuestas no somos un concepto abstracto: somos personas reales. Familias reales. Hijas e hijos reales. Vidas reales.

Costa Rica no nació ayer. Nuestra democracia tampoco. Hemos sido, por décadas, una referencia incómoda y luminosa en América Latina: un país pequeño, imperfecto, sí, pero terco en su apuesta por el Estado social, por la institucionalidad, por la educación y la salud como cimientos de movilidad. Un país que, tras la crisis del 48, entendió que el futuro no se construía con fusiles sino con aulas, hospitales y ciudadanía.

Esa decisión de abolir el ejército fue mucho más que una anécdota histórica. Fue un mensaje profundo sobre lo que queríamos ser: una nación que se mira al espejo y decide que la seguridad no puede ser excusa para militarizar el alma del país. Una nación que entendió que el poder no se concentra: se distribuye, se limita, se vigila.

En esa misma arquitectura de la Segunda República, Costa Rica reconoció el sufragio femenino, empujando una ciudadanía más completa en una región donde a las mujeres nos costó décadas “existir” políticamente. Y además, decidió ser sede de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, convirtiendo a San José en una referencia regional de garantías y dignidad.

Todo eso es parte de lo que somos. O al menos, de lo que creíamos que estábamos decididos a seguir siendo.

Pero también sería deshonesto negar la otra Costa Rica: la de la burocracia que desespera, la de los trámites eternos, la de la justicia lenta, la de la informalidad que crece, la de la pobreza que no baja como debería, la de jóvenes que sienten que el futuro se les aleja. Y cuando un país acumula frustración, los discursos simplistas se vuelven gasolina.

Ahí es donde, hace cuatro años, llegó Rodrigo Chaves: con un estilo confrontativo y una narrativa de “reset”, presentándose como el hombre que se atreve a pelear con todo el mundo —congreso, prensa, Poder Judicial, Contraloría, Tribunal Electoral— para “destrabar” el país. Y sí: mucha gente aplaudió. Mucha gente sintió, por primera vez en mucho tiempo, que alguien hablaba “sin filtro”, “como el pueblo”, “sin miedo”.

Pero el “sin filtro” también ha sido sin respeto. Sin prudencia. Sin esa línea decorosa que sostiene, incluso en desacuerdo, la dignidad del mando. Y no es un detalle menor que su figura haya estado marcada por señalamientos graves relacionados con conducta sexual inapropiada durante su paso por el Banco Mundial. Para muchas mujeres, el mensaje ha sido brutal: se puede ascender igual, se puede mandar igual, se puede convertir el poder en espectáculo igual… aunque el costo lo paguen la dignidad, la confianza institucional y el ejemplo que le damos a nuestras hijas e hijos sobre lo que es aceptable.

Por eso hoy no puedo ver a Laura Fernández como una figura aislada. Laura no llega sola. Llega como continuidad política del chavismo: una heredera respaldada por una maquinaria y por la popularidad residual de un liderazgo que supo capitalizar el enojo ciudadano. Y llega con un Congreso donde su fuerza política obtiene una bancada grande de 31 escaños de 57, lo que le da una capacidad de presión e intercambio que no podemos minimizar.

Aquí es donde mi dolor se vuelve preocupación cívica. Porque cuando un proyecto político habla de inaugurar una “tercera república” y de impulsar cambios “irreversibles”, no está hablando de una reforma técnica. Está hablando de poder. De rediseñar el tablero. Y cuando el tablero se rediseña desde la concentración y no desde el consenso, el riesgo no es imaginario: es estructural.

No estoy diciendo que el país “se acabó” ni que mañana seremos una dictadura. Costa Rica tiene reservas democráticas reales: cultura cívica, prensa, universidades, sociedad civil, tradición jurídica. Pero sí digo que entramos a una etapa en la que las minorías estamos más expuestas. Y cuando una minoría vive expuesta, la “normalidad” se vuelve una ruleta.

Lo hemos visto con señales concretas. El gobierno de Chaves derogó la norma técnica que regulaba con mayor claridad los abortos terapéuticos cuando la vida o la salud de la madre está en riesgo. Se han restringido espacios de orgullo y diversidad, incluso impidiendo el acceso de menores, como si nuestras familias fueran una amenaza y no una realidad. Se eliminaron programas y guías de educación sexual y afectiva que, por años, habían contribuido a reducir embarazos adolescentes y a dar herramientas para la prevención y el cuidado. También se desmantelaron protocolos de atención del bullying hacia estudiantes LGBTIQ en centros educativos. Y la lista sigue.

Y aquí quiero ser muy personal: cuando se recortan esas herramientas, no se está “ganando una batalla cultural”. Se están dejando adolescentes solos. Se están dejando madres y padres sin rutas claras. Se está creando un país donde la vergüenza vuelve a ser política pública. Se está sembrando miedo donde debería haber cuidado.

La vida y la dignidad de muchas personas se juega en decisiones públicas: en si una escuela protege o abandona a un adolescente diverso; en si una madre puede asistir con su hija a un evento sin que el Estado la trate como amenaza; en si la violencia simbólica se convierte, poco a poco, en violencia institucional.

Y todo esto ocurre, además, en un país con un deterioro real de seguridad. Costa Rica enfrenta niveles alarmantes de homicidios y violencia vinculada al narcotráfico y al crimen organizado. Vemos cómo se normaliza lo impensable: sicariato, reclutamiento de jóvenes, barrios con miedo, una sensación social de desborde. Y en ese contexto, la tentación de “mano dura” crece. Con ella crece el aplauso fácil a cualquier narrativa que prometa soluciones rápidas, aunque el precio sea debilitar garantías, relativizar libertades o convertir la institucionalidad en estorbo.

Lo que me resulta más difícil de procesar no es que haya gente que vote distinto a mí. La democracia se trata de eso. Lo que me cuesta aceptar es que, ante un panorama tan complejo —inseguridad, educación en crisis, desigualdad persistente— una parte grande del país haya comprado la idea de que el problema es “la democracia misma”, que los controles son “trabas”, que la crítica es “enemiga”, que el respeto institucional es “de débiles”.

Porque ahí sí estamos tocando el corazón de nuestra identidad nacional: esa convicción, aprendida a golpes desde 1948, de que el poder debe tener límites; de que los arbitrajes importan; de que la alternancia y los contrapesos no son lujo, sino seguro de vida.

Hoy no celebro. Hoy lloro por dentro. Pero también hoy decido algo: no regalarle a nadie mi costarriqueñidad.

Seremos muchas y muchos los que no estamos de acuerdo, y aun así vamos a sostener el país con responsabilidad: vigilando nombramientos, exigiendo transparencia, defendiendo derechos sin caer en odio, acompañando a quienes queden más vulnerables, y recordando —cada vez que sea necesario— que Costa Rica no se construyó con gritos, sino con acuerdos; no con caudillos, sino con instituciones; no con exclusiones, sino con ampliaciones de ciudadanía.

Si este es un capítulo oscuro, que no sea un capítulo de silencio. Que sea un capítulo de conciencia.

Y que quede claro: el amor por Costa Rica también se expresa así —diciendo “me duele” cuando algo duele—, para que ese dolor no se convierta mañana en resignación.