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Hoy a mí, me duele la patria

Me duele aquí, en el pecho, en donde se encuentra este imaginario colectivo del que soy parte, pero a donde parece que no pertenezco.

Hace cuatro años no vivía en Costa Rica, y bajo el acto irresponsable de pensar que siempre hay más tiempo, no voté. Mea culpa. Durante estos cuatro años he cargado este inmenso remordimiento de conciencia, pensando que por no ejercer mi derecho y deber, me tocó volver a una Costa Rica que gritaba improperios y vandalizaba la institucionalidad. Para saldar mi deuda, me involucré. Lo hice con amor (y un poquito de enojo), me informé, debatí, cuestioné y me vinculé. Critiqué, y aprendí. ¿Suficiente? No lo creo.

Hoy, después de haber sido parte de los miles que cantamos en la Fuente de la Hispanidad en contra del continuismo, abrazada a desconocidos que llevaban una bandera diferente a la mía, también soy parte de los que no entendemos que pasó.

Hay algo que nosotros acá no vemos o que desde nuestras burbujas no entendemos. No logro comprender como este discurso llega a tantas personas. Tal vez nuestros privilegios nos nublan la empatía y creemos que nuestra batería de soluciones siempre, es más, cuando para otros no es suficiente.

Vivo abrazada al sentimiento de que en este país hay más gente buena que mala. Creo firmemente que la ternura es revolucionaria, sobre todo cuando pienso en las hijas e hijos de mis amigas y su amor inagotable. Por ellas y ellos, no quiero dejar de pensar que podemos hacer más.

El voto que eligió a nuestra próxima presidenta responde a necesidades que hay que trabajar para honrar la confianza de los que votamos con esperanza. Criticar al vecino sin entenderlo, nos vuelve a poner en una situación de falsa superioridad, donde claramente no estamos. Este voto, este vecino, no puede ser nuestro enemigo.

Es válido que hoy estemos de luto y que tengamos miedo. Pero pronto vamos a tener que empezar la introspección, una que nos va a doler y nos va a sacar de nuestras zonas de confort. Una que tal vez, finalmente nos enseñe a escuchar las realidades de una Costa Rica que no está en la GAM.

Tal vez la única forma de que nos deje de doler la Patria, es no resignarnos.