Érase una vez un país verde, lleno de montañas, selvas profundas y gente solidaria. Un país orgulloso de su paz, de su educación y de su sistema de salud. Un país que decía que la vida era lo primero.
En ese país había un helicóptero. No era un helicóptero cualquiera. No llevaba turistas ni cámaras. Llevaba esperanza. Volaba cuando la carretera no existía, cuando el río crecía, cuando la lluvia cerraba el paso. Volaba para recoger niños, abuelos, madres. Volaba para ganar minutos que podían significar años.
Pero en aquel país existía una regla curiosa.
El helicóptero solo podía despegar después de que el reloj marcara una hora exacta. No importaba que el cielo estuviera claro. No importaba que ya hubiera luz suficiente para ver las montañas y los árboles. No importaba que el piloto pudiera distinguir cada detalle del terreno. Si el sol aún no figuraba oficialmente como “salido”, el helicóptero debía esperar.
Y así ocurrió una mañana.
En una región lejana, dos niños —uno de cuatro meses y otro de un año— luchaban por respirar. La selva estaba húmeda, el aire pesado. Entre las 5:20 y las 6:00 de la mañana el clima ofrecía una ventana perfecta. El cielo permitía volar. La naturaleza daba permiso.
Pero el reloj no.
El helicóptero permaneció en tierra esperando que el minuto correcto autorizara el despegue. Cuando finalmente el reloj dio la hora permitida, la montaña ya había decidido cerrarse con nubes. La ventana se había ido. El vuelo tuvo que posponerse.
No por falta de capacidad.
No por falta de seguridad.
No por falta de luz.
Sino por una interpretación rígida del tiempo.
En ese país, se hablaba constantemente de innovación, de eficiencia, de salvar vidas. Se hacían discursos sobre modernización y respuesta rápida. Sin embargo, cuando la realidad pedía flexibilidad técnica —dentro de los márgenes seguros que la misma aviación contempla durante los periodos de crepúsculo— el sistema prefería la comodidad del reglón exacto antes que la responsabilidad del criterio.
Nadie proponía volar de noche. Nadie pedía violar la ley. Solo se pedía reconocer que existen minutos antes de la salida oficial del sol en los que ya hay luz, ya hay visibilidad y ya hay condiciones VFR seguras. Minutos que, en zonas montañosas, pueden ser la diferencia entre una evacuación posible y una oportunidad perdida.
Érase una vez un país donde la naturaleza ofrecía ventanas de vida, pero el reloj decidía ignorarlas.
Y quizá la pregunta no es si la norma está escrita correctamente. La pregunta es si está pensada para la realidad de nuestras montañas, nuestra meteorología y nuestras emergencias.
Porque en un país que se precia de humano, la regulación debería existir para proteger la vida, no para competir con ella.
Tal vez algún día ese país entienda que el sol no siempre necesita permiso del reloj para iluminar.
Y que, cuando se trata de salvar a un niño, treinta minutos no son un detalle técnico.
Son todo.
