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Entre la representación y la absorción: Bad Bunny, el Super Bowl y la disputa por la latinidad

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no es un evento cultural cualquiera. Es un ritual cívico-mediático donde deporte, industria, nación e identidad se condensan en un escenario de alcance planetario. Cada decisión estética y artística responde a una lógica que combina mercado, hegemonía cultural y cálculo político. En ese contexto, que Bad Bunny haya encabezado el halftime show cantando mayoritariamente en español no puede interpretarse como un hecho meramente musical. Es un acontecimiento simbólico que abre una disputa por el significado de la nación, la identidad latina y el lugar del mercado en la representación cultural.

Desde una perspectiva gramsciana, el Super Bowl puede entenderse como un dispositivo de hegemonía cultural. Antonio Gramsci sostenía que el poder no se mantiene solo por coerción, sino por consenso, por la capacidad de definir qué es “normal”, legítimo y representativo del orden social. El halftime show participa de esa construcción simbólica: delimita quién encarna lo “americano” y qué narrativas se colocan en el centro del relato nacional. En ese sentido, la presencia dominante de un artista latino en español constituye una reconfiguración del consenso cultural. Lo latino no aparece como alteridad periférica, sino como parte constitutiva del espectáculo central.

Sin embargo, la hegemonía no desaparece; se reacomoda. Aquí resulta útil la lectura de Stuart Hall sobre representación. Hall insistía en que la identidad no es esencia fija, sino construcción discursiva producida en contextos de poder. La latinidad exhibida en el escenario es una latinidad curada, seleccionada y presentada dentro de los márgenes que el sistema mediático considera compatibles con la audiencia masiva y los intereses corporativos. Esto no invalida su potencia simbólica, pero obliga a preguntarse si estamos ante una ampliación transformadora del campo cultural o ante una absorción de la diferencia por parte del mercado.

Bad Bunny no es solo un artista; es un capital simbólico global. En términos de Pierre Bourdieu, su trayectoria le ha permitido acumular prestigio, legitimidad y capacidad de influencia en el campo cultural. Ese capital simbólico es precisamente lo que lo convierte en una elección estratégica para el evento deportivo más rentable del año. Su identidad caribeña, su uso del español y su discurso crítico previo forman parte de su valor de marca. La industria no ignora ese potencial; lo capitaliza. La latinidad se convierte así en producto premium, en mercancía cultural altamente rentable dentro de una economía global del entretenimiento.

Esta mercantilización abre una tensión inevitable. Por un lado, la representación masiva en un espacio históricamente dominado por la cultura anglosajona puede leerse como empoderamiento. Millones de latinos ven reflejada su lengua y su estética en el centro del espectáculo estadounidense. Se amplía el imaginario de lo “americano” y se desafía la idea de que la identidad nacional es monolingüe y homogénea. En términos simbólicos, es un desplazamiento significativo.

Por otro lado, el capitalismo cultural tiene una enorme capacidad para integrar lo que podría ser disruptivo y transformarlo en entretenimiento consumible. Cuando la identidad se estetiza y se vende, el conflicto estructural puede diluirse. Aquí emerge la pregunta clave: ¿la celebración cultural sin confrontación explícita altera las relaciones de poder o las suaviza? Durante el show no hubo denuncia directa contra políticas migratorias ni referencias explícitas a ICE, pese a que el artista ha sido crítico en otros contextos. El mensaje fue inclusivo y emocional, más orientado a la unidad que a la confrontación. Esa decisión puede interpretarse como estrategia comunicativa eficaz o como moderación funcional al sistema que lo aloja.

El contexto político intensifica esta ambivalencia. Las críticas de Donald Trump al espectáculo no deben leerse solo como opinión estética. Funcionan como acto de delimitación simbólica. Al cuestionar el uso del español o sugerir que el show no representaba la “grandeza” nacional, se activa una frontera cultural: quién pertenece y quién no al núcleo identitario del país. La reacción no solo politiza el espectáculo, sino que evidencia que la disputa no es musical, sino cultural. El idioma, en este caso, opera como marcador de pertenencia.

Desde la sociología política, estas reacciones revelan que la nación no es entidad fija, sino campo de lucha simbólica. Para sectores conservadores nacionalistas, la centralidad de la cultura latina puede percibirse como desplazamiento. Para latinos jóvenes y parte de la diáspora, en cambio, el evento significa reconocimiento y validación. Los progresistas no latinos tienden a celebrarlo como gesto inclusivo, aunque algunos sectores críticos advierten sobre la mercantilización. Las corporaciones, mientras tanto, capitalizan tanto la celebración como la polémica. La controversia amplía el alcance mediático y refuerza la rentabilidad del evento.

La coexistencia de orgullo cultural y políticas migratorias restrictivas subraya otra contradicción estructural. Estados Unidos ha consumido históricamente culturas racializadas mientras mantenía desigualdades sistémicas. El espectáculo puede avanzar en reconocimiento simbólico sin que ello implique transformación jurídica o redistribución de poder. En términos de Gramsci, la hegemonía se renueva incorporando demandas culturales, pero sin necesariamente alterar la estructura material.

El halftime de Bad Bunny, entonces, no es ni pura emancipación ni simple operación de marketing. Es un nodo donde convergen representación, mercado, política y nación. Reduce la discusión a un triunfo absoluto o a una maniobra corporativa sería analíticamente pobre. Lo más consistente es reconocer la simultaneidad: hubo avance simbólico y cálculo mercadotécnico; afirmación cultural y neutralización estratégica; disputa identitaria y explotación comercial.

La pregunta final no es si el espectáculo fue político, sino cómo operó políticamente. La representación masiva puede ampliar imaginarios y abrir espacios de legitimidad cultural. Pero la transformación estructural requiere algo más que visibilidad. El desafío reside en discernir si estos momentos simbólicos fortalecen procesos de cambio más profundos o si, por el contrario, funcionan como válvulas de integración que estabilizan el sistema al incorporar la diferencia sin modificar sus fundamentos.

En esa ambivalencia radica su interés analítico. El escenario del Super Bowl no solo ofreció música y espectáculo. Expuso, en trece minutos, una disputa contemporánea por el significado de América, por el lugar del español en su relato y por la tensión permanente entre identidad y mercado.