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Energía en transición: los retos que Costa Rica no puede seguir postergando

Hablar de energía en Costa Rica es hablar del corazón de nuestro modelo productivo. Nada se produce, nada se mueve y nada se transforma sin energía. Sin embargo, seguimos abordando este tema como si fuera únicamente un asunto técnico o sectorial, cuando en realidad es uno de los principales determinantes de la competitividad, la sostenibilidad y la calidad de vida de las personas.

Hoy enfrentamos al menos tres grandes retos estructurales que requieren decisiones claras y visión de largo plazo.

Aumentar y diversificar la matriz energética: pensar más allá de la hidroelectricidad

Costa Rica ha construido, con razón, una reputación internacional basada en su generación renovable. Pero esa narrativa suele ocultar una realidad incómoda: nuestra matriz eléctrica sigue altamente concentrada en la hidroelectricidad. Más del 60% de la capacidad instalada y cerca de tres cuartas partes de la producción dependen del recurso hídrico.

En un contexto de cambio climático, con períodos de sequía y lluvias extremas cada vez más frecuentes, esta dependencia representa un riesgo. Diversificar no significa abandonar lo que hemos hecho bien, sino complementarlo: solar, almacenamiento, generación distribuida y nuevas tecnologías deben dejar de ser marginales y convertirse en parte central de la planificación energética.

Bajo una estrategia de diversificar, una necesidad urgente también es la de aumentar la producción de energía. Según el Plan de Expansión de la Generación del ICE, para atender el crecimiento vegetativo de la demanda de electricidad, será necesario aumentar la capacidad instalada en un 71,3% de aquí al 2024; para suplir la demanda de electricidad que requiere la electromovilidad, el traslado de procesos industriales con combustión fósil a eléctricos y las nuevas industrias electro-intensivas, será primordial la inversión pública y privada.

Planificación integral y estratégica para asegurar el suministro frente a una demanda creciente

Precisamente, debido a que la demanda eléctrica sigue creciendo, no solo por el crecimiento vegetativo de la población, sino por la digitalización, la expansión urbana, la electromovilidad y las industrias intensivas en energía que el país aspira a atraer, garantizar el suministro ya no es solo producir más energía, sino planificar de forma integral la generación, transmisión y distribución. No tiene sentido impulsar nuevos proyectos si no existen redes de transmisión suficientes para integrarlos al sistema. La falta de planificación integrada es uno de los principales cuellos de botella que enfrentamos hoy.

Además, la discusión energética no puede ignorar que el mayor consumo energético del país sigue siendo fósil, especialmente en transporte. Si no aseguramos electricidad suficiente y confiable, la descarbonización se queda en el discurso.

Precios competitivos: condición indispensable para la descarbonización

Electrificar la industria y el transporte es clave para reducir emisiones, pero eso solo será viable si la electricidad es competitiva en precio. Hoy, los costos eléctricos aún están lejos de permitir que muchas empresas sustituyan procesos térmicos basados en combustibles fósiles.

La descarbonización no puede construirse sobre tarifas que desincentivan la inversión. Si queremos que las empresas apuesten por tecnologías limpias, el sistema debe ofrecer señales económicas claras y coherentes.

Estos tres desafíos comparten un problema de fondo: la institucionalidad y el marco legal avanzan más lento que la realidad tecnológica y productiva. No contamos con una ley general de energía ni con una planificación verdaderamente nacional, integrada ni estratégica. El sistema sigue siendo rígido, con esquemas que limitan la competencia, la innovación y la incorporación ágil de nuevas soluciones.

La energía debe entenderse como un sector productivo estratégico, no solo como un servicio público que ha sido administrado por un arraigado statu quo. Eso implica abrir espacios a alianzas público-privadas, fortalecer la rectoría, modernizar la normativa y pensar el sistema con visión de 20 o 30 años, no de coyuntura.

Costa Rica tiene una oportunidad enorme: recursos renovables, talento humano y una vocación histórica por la sostenibilidad. Pero aprovecharla exige decisiones valientes. La energía puede ser una palanca de desarrollo, de atracción de inversión, de generación de empleo de calidad y de mejora en la competitividad.

Seguir postergando estas discusiones no es neutral: tiene costos. Y esos costos los terminan pagando las empresas, los consumidores y el país en su conjunto.

La transición energética no es un lujo ni una moda. Es una necesidad económica, productiva y social. Y cuanto antes la asumamos con seriedad, mejor preparados estaremos para el futuro que ya llegó.