A unos días de haber conocido el resultado final de las elecciones, quienes formamos parte del grupo opositor —y solemos autoproclamarnos defensores de la democracia— cargamos con una derrota que no fue estrictamente política, sino intelectual. Más allá de haber “perdido” en las urnas, quedó la sensación de que nuestros argumentos, datos y conocimientos fueron los verdaderamente derrotados: desechados por compatriotas que votaron distinto, pese a lo convincentes que creíamos nuestras posturas. ¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿La gente no entiende? Nos preguntábamos una y otra vez, incrédulos del revés que nos propiciaron. Y lo cierto es que no estamos perdiendo porque la gente sea ignorante; estamos perdiendo porque hablamos solo entre nosotros.
En la antigua Grecia existían academias de filosofía tales como el Liceo de Aristóteles, o el Jardín de Platón. Quienes podían asistir a esas casas de enseñanza formaban una verdadera élite intelectual; vivían en el Liceo/Jardín y respiraban día y noche filosofía, artes, matemáticas, astronomía y pensamiento analítico. El riesgo —como ocurre con toda élite intelectual— era que el conocimiento rara vez salía más allá de esas paredes. Actualmente, en la polis josefina, la mayoría de nosotros —los cultos, los formados, los analíticos, los que creemos saber y entender— nos paseamos por el Jardín en toga, copa de vino en mano. Discutimos entre nosotros los problemas del mundo exterior “¡Cómo van a votar por ese partido!”, criticamos con amargura, mientras sostenemos nuestros títulos y antologías.
Vivimos en una gran burbuja de conocimientos y logros académicos que alcanzan su máximo rédito en nuestros trabajos, círculos sociales y familiares establecidos en el GAM, pero que resultan estériles cuando son incapaces de bajar a tierra y llegar a esa otra Costa Rica que solo alzamos a ver cada cuatro años. ¿Cuándo fue la última vez que abrimos el jardín y nos preocupamos por transmitir nuestros conocimientos más allá de San José, Cartago, Heredia y Alajuela?, ¿Cuándo fue la última vez que servimos útilmente a la población de Puntarenas, Limón y Guanacaste? A aquellos que no tienen las mismas posibilidades de acceso a internet, servicios básicos, educación técnica y universitaria, arte, cultura, salud y esparcimiento que nosotros.
Ciudadanos de Instagram y “X”, las historias y publicaciones que compartimos exponiendo nuestras posturas y defensa a ultranza del Estado Social de Derecho frente a sus enemigos, si bien nobles y reales, no alcanzan el impacto necesario en “la otra sociedad”, porque se quedan circulando en el mismo estanque del que solo nosotros bebemos. Y mientras cargábamos entre nosotros contra el discurso separatista y la erosión de la sagrada institucionalidad, a nuestras espaldas seguía existiendo un mundo amplio e ignorado que no estaba señalando ni debatiendo dentro de una burbuja, sino decidiendo activamente con las herramientas que tiene a disposición y la memoria histórica que ha sido traspasada de generación a generación.
Quizá el problema no sean las estadísticas ni el muestreo demográfico; tampoco que allá afuera piensen distinto. Quizá el problema es que nunca salimos a explicar, a escuchar, a traducir y a tender la mano. Quizá mientras discutimos en el Jardín —donde creemos que ya todo está resuelto— las decisiones se toman en otro lado, donde hace años nada lo está.
