El pasado 2 de febrero Costa Rica celebro una jornada electoral más desde su creación por medio de la reforma a la constitución de 1949. Los costarricense acudieron al llamado de las urnas para elegir a su próximo representante en el poder ejecutivo, así como también escoger a sus representantes en la asamblea legislativa. Como resultado de la elección, la candidata oficialista Laura Fernández fue elegida por el pueblo, tras una larga y extenuante campaña, donde las emociones estaban a flor de piel y las tensiones escalaban, tras cada debate y cada aparición pública. Los actuales frentes fríos que afectan el país vienen a enfriar y bajar la temperatura y el tono de esta pasada contienda electoral, trayendo consigo también un ambiente de incertidumbre política.
Un factor común que se vivió en esta campaña electoral nos hace recodar la gran polarización vivida en la campaña de Carlos Alvarado contra Fabricio Alvarado, un proceso que no solo dividió a la población, sino que sirvió como antesala para una reconfiguración a la forma de hacer política en Costa Rica. Aquella contienda marco el inicio de campañas más emocionales, más viscerales y con extremos ideológicos cada vez más definidos, provocando un desarraigo de las campañas electoras de décadas pasadas donde el ambiente era más democrático y donde cada persona alzaba su bandera política sin temor a ser señalado o violentado.
En términos de estrategia política el partido Pueblo Soberano logró encender a gran parte del electorado, haciéndose valer del descontento con los partidos tradicionales y con una campaña cuya estructura estaba diseñada para el gane. Mantener una figura que vocalizaba el sentir de esa parte de la población, con discursos incendiarios, populistas y de protesta a políticas pasadas. Esto ayudó a cimentar la figura de Fernández como su elegida, provocando que se cerraran filas y conformando así un bloque compacto de votantes, evitando que discursos externos de la oposición afectaran su opinión sobre su candidata.
En contraste a esto, la oposición se atrincheró en el Valle Central y fue perdiendo contacto con las zonas rurales y costeras, territorios históricamente relegados. Solo un partido supo identificar ese vacío electoral y ocuparlo. El oficialismo planto su presencia en estas regiones con un discurso diseñado para resonar con las preocupaciones locales, vocalizando exactamente lo que muchos querían escuchar. No obstante, esta incursión política no debe interpretarse como un compromiso sostenido a largo plazo, sino como una estrategia electoral antigua usada por todos los partidos políticos: se llega, se capitaliza el voto y una vez pasada la elección, estas zonas vuelven a quedar relegadas en el olvido.
El comportamiento del electorado en las regiones periféricas, las cuales fueron el gran pilar del triunfo de Pueblo Soberano no fue casualidad; hay una tendencia a la cual los partidos políticos actuales y futuros deben dirigir su atención: la captación del voto en estas regiones se hace cada vez más volátil. Según datos del INEC, los porcentajes de la tasa de natalidad por provincia, en contraste con el total de su población, demuestran que el Valle Central envejece y presenta la tasa de natalidad más baja en relación con su población total. En contraste, Guanacaste, Limón, Puntarenas y la mayoría de las zonas rurales muestran las tasas de natalidad más altas.
¿Qué nos dice esto? Que en futuras elecciones ese electorado crecerá y sumará votos, mientras que el Valle Central tenderá a decrecer. Esto quedó demostrado en las recientes elecciones, donde se evidenció la importancia de las zonas periféricas. Durante décadas pasadas, el Gran Área Metropolitana, por su volumen de votos, era el factor determinante para elegir al ganador, y el voto de estas regiones tenía un impacto marginal en los resultados.
Ubicándolo en un contexto con la política internacional, en el proceso electoral estadounidense existen los llamados swing states: territorios que no responden de manera fija a una corriente ideológica y cuyo voto termina definiendo quién gobierna. En el contexto costarricense, las zonas periféricas están empezando a cumplir esa misma función. Ya no son únicamente espacios complementarios al peso electoral del Valle Central, sino territorios decisivos que inclinan la balanza. Ignorar esta realidad no solo es un error estratégico, sino una renuncia anticipada a competir por el poder en futuras elecciones.
Una oposición fragmentada. A ese abandono territorial se sumó un factor determinante: la fragmentación de la oposición. Cada división interna y cada liderazgo aislado compitiendo por el mismo electorado terminó por pavimentar el camino de Laura Fernández hacia Zapote. El desorden en el opositor, la ausencia de un eje político sólido, de un discurso firme que resonara en el electorado y, sobre todo, el ego político impidió construir una alternativa capaz de atraer al voto indeciso. Los constantes ataques entre candidatos opositores fueron percibidos como una señal de debilidad, dejando la impresión de que hubo más confrontación interna que propuestas claras en los debates.
El inicio de un nuevo gobierno abre interrogantes legítimas para la ciudadanía. ¿Podremos salir de nuevo a la calle y sentirnos seguros? ¿Llegaremos vivos a la cita con la CCSS? ¿Podremos recuperar el tiempo perdido en las presas? ¿Seremos capaces de costear productos de la canasta básica? Estas preguntas reflejan el verdadero sentir del país, más allá del discurso político. Es responsabilidad del gobierno elegido democráticamente por el pueblo de darle soluciones y respuestas a pueblo, como ciudadanos tenemos que desear lo mejor para el país, para que la división y el discurso de odio no se interponga en el crecimiento del Pura Vida, la suerte está echada, ahora queda a manos de los elegidos por el pueblo cuidar de nuestra Costa Rica.
