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Foto: Facebook Laura Fernández

El rugido del jaguar: cómo la identidad política selló el oficialismo en Costa Rica

El ciclo electoral reciente no solo marcó un hito por el resultado mismo, sino también por la manera en que se articuló una identidad política intensa y emotiva alrededor de símbolos y narrativas que trascendieron el terreno de las propuestas públicas y se internaron profundamente en la vida cotidiana de la ciudadanía.

En un contexto de tensiones entre el Ejecutivo y otras instituciones del Estado, junto con el aumento en la percepción de inseguridad asociada al crimen organizado, la campaña presidencial se configuró menos como una confrontación de programas técnicos y más como una disputa por la definición misma de quién “era” el pueblo costarricense y, por ende, quién tenía el derecho de representar sus valores y sentir; el proceso reveló con claridad la centralidad de la identidad como dispositivo de movilización, en una dinámica que, lejos de ser nueva, se inscribe en una larga tradición costarricense de construcción simbólica de la pertenencia partidaria.

Identidad política y la construcción de un “nosotros” oficialista

La novedad no fue la apelación identitaria en sí misma, sino la forma en que el oficialismo reconfiguró ese repertorio histórico mediante la figura del jaguar y un discurso emocional que buscó consolidar un “nosotros” político frente a adversarios difusos. La política costarricense del siglo XX estuvo profundamente marcada por identidades partidarias densas, especialmente durante la era del bipartidismo entre el Partido Liberación Nacional (PLN) y las distintas expresiones del calderonismo que culminaron en la Partido Unidad Social Cristiana (PUSC).

En ese contexto emergieron dos denominaciones populares que trascendieron la etiqueta electoral y se convirtieron en verdaderos marcadores de identidad política: los “pericos” del PLN y los “mariachis” del calderonismo. Estas categorías no eran simples apodos: funcionaban como comunidades imaginadas que estructuraban lealtades familiares, territoriales y emocionales.

A diferencia de estos modelos tradicionales de identificación partidaria basados en ideologías o en clivajes socioeconómicos, la campaña oficialista se sustentó en una retórica identitaria centrada en la pertenencia emocional al proyecto político en curso. Fernández se presentaba no solo como continuadora de la “gesta” de Chaves, sino como la encarnación de un movimiento que proponía una ruptura con el statu quo y una “revolución” contra las élites tradicionales.

La articulación de una identidad compartida no se limitó únicamente a discursos sobre políticas de seguridad o gestión pública, sino que se expresó de manera simbólica a través de la adopción de figuras y metáforas que dieron forma a una comunidad de seguidores con un “sentido de pertenencia” visceral.

La figura del jaguar emergió como uno de los símbolos más potentes de la campaña oficialista. Originalmente asociado con la idea de fuerza, audacia y presencia territorial, el jaguar fue resignificado por el aparato mediático para generar una identidad colectiva que trascendía la política tradicional.

Su uso como emblema, con eslóganes que apelaban al rugir y a la garra del jaguar como metáforas de un pueblo fuerte, y discursos que invitaban a los ciudadanos a reconocerse “como jaguares” dentro del proyecto político. Se trató de una apuesta deliberada por activar afectos antes que programas políticos, una estrategia que ancla sentimientos de orgullo, resistencia y pertenencia en el imaginario colectivo, un intento deliberado de moldear la identidad de la base oficialista y generar adhesión emocional, más que racional.

Contribuyó más allá de simples íconos visuales, a la creación de una comunidad subjetiva que permeó actos de campaña, redes sociales y discursos públicos. Lo que el sociólogo Rogers Brubaker denominaría como “categorías de nosotros versus ellos”, en Costa Rica se tradujo en un “nosotros jaguar” frente a una oposición difusa que no logró articular una identidad alternativa equiparable.

Este imaginario colectivo no se restringe a un mero lugar retórico: cuando una campaña logra que sus seguidores se reconozcan como parte de una misma “tribu política”, se generan patrones de movilización, afecto y resistencia que son difíciles de romper con simples correcciones tácticas o argumentos técnicos.

La victoria del oficialismo, y con la mayoría legislativa, refleja una victoria de la narrativa identitaria y de una campaña que supo capitalizar el deseo de pertenencia en tiempos de incertidumbre social y política.

Sin embargo, esta lógica plantea preguntas profundas: ¿qué implica para la deliberación política que la identidad del movimiento supere a la discusión de políticas públicas? ¿Qué riesgos existen cuando el sentido de “ser parte” prevalece sobre la crítica y el análisis?

Como toda construcción política potente, la figura del jaguar funcionó como un conector simbólico, pero también como un dispositivo que moldeó percepciones y decisiones en un proceso electoral clave. Para la historiografía política de Costa Rica, el 2026 quedará como un punto de inflexión en la manera en que las identidades colectivas, más que los programas, articulan nuevas hegemonías en la sociedad.