La nueva derecha: tecnócratas sin épica
Lo que en Costa Rica se promociona como "Tercera República" no es, a pesar de su léxico emancipatorio y su viralización en redes sociales, más que la enésima reedición de un guion conocido en la historia política latinoamericana: una derecha populista que no construye poder, sino que ocupa vacíos; que no produce hegemonía, sino que compra representación; que no funda Estado, sino que alquila sus restos.
Si hay algo novedoso en esta intención es que ya ni siquiera simula una épica nacionalista. A diferencia del calderonismo o el liberacionismo clásicos —que al menos disputaban el relato de la "excepcionalidad tica" como proyecto de gobierno—, la nueva constelación política que articula a exdiputados del bipartidismo, youtubers/Tiktokers, libertarios, asesores sin militancia y empresarios cuyo único horizonte es la reducción fiscal y los buenos negocios, se reconoce abiertamente como tecnocracia. Se concibe a sí misma como administración de cosas, no como deliberación entre ciudadanos. Su política es la antipolítica. Su programa, la gestión de la impotencia ciudadana.
Muchas de las figuras que hoy encarnan el discurso antisistema provienen de las mismas estructuras partidarias y empresariales que durante décadas administraron —y en muchos casos debilitaron— el Estado que ahora denuncian. Su conversión no es ideológica: es oportunista. Descubrieron que la pose anticasta, anti ticos con corona, reditúa más votos que la defensa de la institucionalidad, y que se puede interpretar al personaje antisistema incluso cuando se ha sido parte del sistema durante treinta años.
La burguesía que emigró hacia adentro
Paralelamente, asistimos a la consolidación de una burguesía fallida. No porque sus miembros carezcan de recursos, sino porque sus intereses ya no coinciden con proyecto nacional alguno. Son sectores dominantes que piensan para afuera. Constituyen una clase social extranjera no por su origen, sino por su destino: su acumulación no se reinvierte en territorio; su horizonte normativo no es la legislación costarricense, sino los abstractos mercados de oportunidad; su lealtad última no reside en la polis, sino en la gobernanza de un partido que les facilite esos negocios.
Un síntoma elocuente de esta deserción es la conducta inmobiliaria de las élites locales ante la llegada masiva de capital extranjero. Lejos de competir por el suelo, en zonas como Escazú, Santa Ana o el litoral Pacífico, ha ocurrido más bien una cesión ordenada: la burguesía tradicional vende propiedades familiares —en muchos casos heredadas por generaciones— a precios inflados artificialmente por la demanda externa, y luego replica en condominios de lujo los estándares residenciales de Miami o Houston.
No hay lucha por el territorio porque no existe disputa por su sentido. Para el millonario extranjero, la playa es un activo paisajístico; para la burguesía local, era un lugar de veraneo que ahora, gracias al comprador foráneo, puede convertirse en plusvalía realizable. La añoranza adopta aquí la forma del alivio: por fin alguien viene a legitimar, con su presencia y su dinero, que el valor de esas tierras nunca debió medirse en términos de arraigo, sino de cotización internacional.
Un reciente auge inmobiliario en el Pacífico central confirmó lo que hasta hace poco era una intuición: las grandes transacciones de terreno no responden a un proyecto de desarrollo local, sino a una lógica de valorización de activos para su posterior enajenación. La tierra ya no se habita: se liquida.
Financiamiento opaco
En Costa Rica, la burguesía como clase política con proyecto de país entró en crisis irreversible a partir de los años ochenta. Cuando el modelo de desarrollo hacia adentro colapsó, la nueva élite financiera prefirió desmantelar el aparato estatal antes que disputar su conducción. Lo que hoy tenemos no es una burguesía fortalecida, sino una semiburguesía rentista que vive de las plusvalías de la deuda pública, los contratos de obra estatal y —en los bordes más oscuros— del lavado del narco.
Esta clase no busca tomar el Estado: busca saquearlo sin asumir su responsabilidad. No quiere gobernar: quiere contratar. El fenómeno del financiamiento electoral opaco, las estructuras paralelas de recaudación y la creciente penetración de capitales de dudosa procedencia en la política nacional no constituyen hechos anecdóticos ni desviaciones individuales. Son la forma normal que adquiere la reproducción política de esta burguesía fallida. Su lógica no es la acumulación originaria —que implica violencia fundacional—, sino la acumulación derivada: parasitar un Estado que no se atreven a destruir del todo porque aún les sirve como botín.
En una investigación publicada por el medio digital Divergentes El gobierno de Rodrigo Chaves es investigado por presuntos nexos con el narcotráfico, quedó en evidencia que la frontera entre lo lícito y lo ilícito se ha vuelto porosa no tanto por debilidad institucional —que la hay—, sino por necesidad estructural. Cuando la burguesía local no genera suficiente plusvalía para financiar sus propios costos de reproducción política (campañas, lobbies, Think Tanks), el capital ilegal ocupa ese espacio. El narcotráfico no es la enfermedad: es el síntoma de que la clase dominante costarricense ha fracasado en su misión histórica de construir un capitalismo nacional con autonomía relativa.
El secuestro del discurso indignado
Paralelamente a esta decadencia material, opera un secuestro simbólico. El lenguaje de la autonomía individual —que en la tradición anarquista y socialista fue un arma contra el capital— se ha convertido en la coartada perfecta para el tecnofeudalismo: plataformas digitales que extraen datos, contratos de servicios que privatizan derechos, discursos de "empoderamiento" que ocultan precarización laboral.
La nueva derecha populista no tiene ideología: tiene nodos semánticos. No produce doctrina: produce algoritmos de indignación. Su relación con el conocimiento es puramente instrumental. Toma prestado de la izquierda el antiestatismo (pero no la crítica al capital), de la tradición republicana la anticorrupción (pero no la exigencia de participación), del ecologismo la retórica de la sostenibilidad (pero no la objeción al extractivismo).
Como advirtió recientemente en la elección presidencial y el uso político de redes sociales, nos enfrentamos a una hegemonía de baja intensidad: suficiente para ganar elecciones, insuficiente para transformar la sociedad. Su única virtud es la velocidad: la capacidad de movilizar indignación serializada, fabricar enemigos semanales y rentabilizar la decepción democrática.
La Tercera República: mitología para consumo digital
El relato de la "Tercera República" opera así como un mito sustitutivo. No es un proyecto histórico verificable, sino una compensación psicológica para clases medias que han perdido su lugar en la estructura productiva y buscan en la política una épica que la economía ya no les concede.
La Primera República liberal-oligárquica y la Segunda República socialdemócrata son, en este imaginario, momias que es necesario exhumar para justificar el saqueo presente. Pero ni los héroes del 48 ni los fundadores del Estado benefactor reconocerían en estos nuevos cruzados a sus herederos. Porque la Tercera República no propone nuevas instituciones: propone la disolución de lo público bajo administración privada. No amplía derechos: los reconfigura como servicios. No funda ciudadanía: gestiona clientelas.
Burbuja política y estallido anunciado
Estamos, pues, ante una burbuja política. Burbuja en el sentido financiero del término: inflación especulativa de un activo —el discurso antiestatal— que no corresponde a ningún valor fundamental. Este discurso carece de organicidad social, no construye hegemonía cultural sostenible y no resuelve ninguna de las contradicciones que dice enfrentar.
Pero las burbujas, como enseña la historia, siempre estallan. Y cuando lo hagan —cuando el financiamiento se agote, cuando la tecnocracia muestre su rostro autoritario, cuando la "Tercera República" devenga en simple administración de la austeridad—, la pregunta que quedará flotando es la misma que han planteado desde distintas trincheras: ¿dónde están las clases medias nacionales? ¿Dónde el contradiscurso capaz de disputar el sentido de lo común?
El tiempo corre en contra de los mercaderes del espejismo. Porque la política sigue siendo el reino de lo inesperado. Y ninguna burbuja ha sobrevivido a su propia inflación.
