El tipo de cambio no es un dato de pantalla: es un precio que define qué actividades pueden competir y cuáles quedan rezagadas. Desde mediados de 2022, el colón se ha apreciado de forma marcada frente al dólar, pasando de un máximo cercano a ¢697 a un entorno alrededor de ¢480 hoy. Para algunos actores eso ha sido un alivio; para otros, un golpe que no siempre aparece en las estadísticas de corto plazo, pero que se siente todos los días en la operación.
Las empresas de servicios que exportan —agencias, consultoras, productoras, firmas de tecnología, BPO y proveedores vinculados al turismo— suelen facturar en dólares, pero pagan su estructura en colones: planillas, cargas sociales, alquileres, servicios, proveedores locales. Cuando el colón se aprecia, su costo en dólares sube de inmediato. Una planilla mensual de ¢500 millones equivalía a cerca de $717 mil con un tipo de cambio de ¢697; con ¢480, el mismo gasto ronda $1,04 millones. No hubo expansión ni más inversión: solo cambió el valor relativo de la moneda.
El problema se agrava porque, mientras el ingreso se mantiene en dólares, los sueldos en colones tienden a subir mes a mes por presión de mercado y costo de vida. Así, cada mes el mismo equipo “cuesta” más dólares, aunque la empresa no venda más. En sectores intensivos en talento —donde la planilla es el principal costo— ese diferencial se vuelve determinante: o se pierde margen, o se recortan capacidades, o se pierden cuentas.
Como muchas de estas compañías son tomadoras de precios, no pueden trasladar el aumento a sus clientes. El cliente compara en dólares y decide. La consecuencia deja de ser “menos rentabilidad” y se convierte en pérdida operativa. Y es irreal esperar recortes del 30% o 35% sin afectar la operación: esos ajustes salen de recortar talento, herramientas, licencias, capacitación, capacidad de respuesta y calidad, o de congelar inversión y crecimiento.
En turismo el efecto es especialmente dramático. Cada día Costa Rica se siente más cara para el visitante, no necesariamente porque los negocios suban precios en colones, sino porque al convertirlos a dólares el destino se encarece. Hoteles, tours, alquileres de vehículo, restaurantes y actividades familiares pasan a competir cuesta arriba frente a otros destinos. El resultado no es solo menor margen: es menor ocupación, estadías más cortas, menor gasto en comercios locales y presión sobre pymes en costas y zonas rurales que dependen del flujo turístico.
También hay impacto en Zonas Francas y sus encadenamientos. Cuando los costos locales suben en dólares, se encarece el soporte de operaciones: servicios profesionales, mantenimiento, logística, construcción, alimentación, transporte y tecnología. Aun con ventajas claras en talento y estabilidad, la decisión de ampliar, atraer nuevos proyectos o mantener ciertos procesos se vuelve más difícil si el país luce “caro” en dólares. La competitividad no se pierde de un día para otro; se erosiona por acumulación.
Por eso el daño es silencioso. No siempre hay despidos masivos: hay vacantes que no se llenan, proyectos que se pierden, inversiones que se postergan y empleo que nunca llega a crearse.
Costa Rica no debe renunciar a la estabilidad macroeconómica, pero sí necesita un debate más honesto sobre efectos diferenciados y herramientas para administrar el riesgo cambiario: coberturas más accesibles para pymes, mejores prácticas contractuales (incluidas cláusulas de ajuste), educación financiera para negociar en moneda y criterios de intervención más transparentes.
La estabilidad es un activo; el reto es que no se convierta, sin quererlo, en un freno para la economía de servicios y el turismo que sostienen empleo y encadenamientos en todo el territorio. Si cada mes nuestros costos suben en dólares y nuestros precios no pueden acompañar, vamos a perder competitividad como país.
