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Debí hablar más de política: o, ¿se puede conversar con un chavista?

Posterior al proceso electoral, mi primer pensamiento fue: “debí hablar más de política”. En los últimos años, desencantado con los resultados y dinámicas políticas, he tratado de evitar toda discusión política. Pero esto es parte del problema. Hoy, después de la resaca electoral, creo conveniente señalar algunos puntos para comprender la dimensión de la coyuntura en nuestro contexto político del último cuarto de siglo.

El resultado alarga los ciclos de 8 años que se han presentado este siglo, a saber, PUSC (1998-2006), PLN (2006-2014), PAC (2014-2002) y el actual ciclo chavista. El fracaso y escándalos de los pasados ciclos han sido la cama perfecta para una posición más autoritaria como la del chavismo. El PPSO, caso singular en nuestra historia partidaria, no solo arrasó, sino que absorbe el voto anti-liberacionista, neo-pentecostal y protesta. La Asamblea Legislativa, ahora con cinco partidos, sigue siendo el principal contrapeso democrático en medio de una renovación lenta de los partidos tradicionales.

Esto es producto de una campaña electoral dominada por la agenda del presidente: por un lado, quienes le rinde culto, y por otro, una oposición reactiva que sigue esperando el escándalo que reduzca la popularidad de Chaves. Asimismo, nos confirma algo sobre lo que aún había dudas, como es el apoyo real al presidente más allá de las encuestas, con su simbología de botarga con el “jaguar” y retórica “políticamente incorrecta”. Pese a esto, considero que la campaña continua con un discurso “contra el PLN” dentro del oficialismo, siendo Chaves quien se han posicionado como el “salvador del Estado” frente al “PLN corrupto” que tiene cooptada las instituciones públicas.

De fondo, estamos en medio de una confrontación entre élites liberacionistas y anti-liberacionistas (que incluyen figuras del PUSC, evangelismo político, neoliberales con crisis de identidad, oportunistas y arrimados). Es claro la disputa directa a Arias y el arismo que se alzó triunfante en la puja por le modelo de Estado que se definió con el Referéndum sobre el TLC con Estados Unidos.

Esta disputa se magnifica en redes sociales a través de algoritmos que crean cámaras de eco, fomentando la polarización entre ciudadanos. Asimismo, en la vida real la polarización deja rastros en familias y amistades que evitan hablar de política o hablarse del todo.

Sin embargo, la democracia requiere valores y praxis diaria: sentido de lo público y diálogo genuino. Las redes sociales dificultan esto por su lógica de consumo dopamínico e interacción superficial, por lo que debemos recuperar la conversación cara a cara y empatizar separando a las personas de sus votos.

La crisis institucional en Costa Rica es evidente, hay una pérdida de legitimidad en la legalidad dada la corrupción, el clientelismo y la falta de renovación generacional de los partidos tradicionales. En este sentido, el descontento ciudadano es real y fundamentado.

Sin embargo, la alternativa actual representa nuestra versión criolla (“bukelizada”) del “giro autoritario” del iliberalismo que está debilitando las democracias occidentales. Este fenómeno es mundial: líderes elegidos en elecciones democráticas, que buscan concentración de poder presidencial, mayor violencia contra la oposición y beneficios para grupos de interés afines.

Entonces, ¿se puede conversar con quien piensa distinto? Sí. Después de varias conversaciones (reales, no virtuales) con chavistas convencidos, puedo sostener que detrás de la vociferación, insultos y malacrianzas de algunos, hay un sentimiento genuino de descontento contra la política tradicional. Lo que antes denunciábamos desde la oposición e izquierda, hoy lo capitalizan sectores neo-conservadores que rayan con la extrema derecha.

No obstante, si revisamos las críticas hacia el sistema, podemos coincidir en algunos puntos; y, asimismo, si conversamos sobre las soluciones con afán de diálogo, podemos coincidir en algunos otros. En ocasiones, una mirada a las redes dice más que mil palabras, en ambos grupos se suelen señalar males comunes y cíclicos:

  • Primero, aparece el lenguaje irrespetuoso e insultos frente a argumentos y datos: aunque aquí gana Chaves, en ambos grupos la chota es común; incluso cuando aparecen los datos empieza la guerra fuentes e interpretaciones, cuando no de memes.
  • Simultáneamente, aparecen los egos y el sentimiento de superioridad (auto percibida): por un lado, los “educados” opositores contra los “jaguares despiertos”; ambos reclaman saber la verdad frente al oscurantismo o ignorancia del “otro”.
  • Y finalmente, todo termina cuando se suma la falta de aceptación a aciertos y errores: muchas conversaciones, unos a otros se señalan a ver cuál gobierno ha sido más corrupto, como si fueran culpa de sus votantes.

¿Cómo romper el ciclo?

El encuentro humano real contrarresta la lógica algorítmica que nos encierra en burbujas. Hablar de política no es solo un derecho, es el antídoto contra la desintegración del tejido social

En una conversación política genuina nace la democracia. No quiere decir que se deba aguantar cualquier malacrianza. Pero, hablar desde la preocupación honesta y la escucha activa, no desde el insulto y confrontación, nos permite reconstruir puentes rotos por la polarización.

Cada conversación respetuosa es un acto de resistencia no-violento contra el autoritarismo que se alimenta de nuestro silencio y división. La democracia no solo se vota cada cuatro años; se practica diariamente en las conversaciones en nuestras familias, trabajos y conversaciones.