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De aduladores tirados a periodistas

El poder, lo domina el ego. El que sucumbe al ego, se convierte en ególatra. Y no existe virtud más valorada por el ególatra que la adulación.

Así, a través de la historia, en nuestro país no han faltado aduladores encantados de vivir sometidos al poder. Mismos que, sumados con la característica voluntad del costarricense de siempre “quedar bien”, han creado la receta perfecta para la lisonja infinita de quienes dirigen los destinos de nuestra patria.

Empero, entre los aduladores, zalameros y lisonjeros, no existe peor espécimen que aquellos que tiran a periodistas y dedican sus esquelas, artículos y editoriales a llenar de halagos y loas desmedidas a los gobernantes, traicionando el objeto de la profesión: llevar al lector la información precisa, cierta y sin adornos; reconociendo las buenas acciones, cuando es necesario (no ha de caerse tampoco en la mezquindad); pero, ante todo, denunciando públicamente los vicios del poder.

¿Y cómo no? nuestro país no podía salvarse de tener su partida de aduladores tirados a periodistas, mismos que a través de los siglos, han sido capaces de repartir más pasadas de brocha que el más virtuoso de los pintores de la historia universal. Claro está, los contextos cambian a través de los años, pero los motivos son bastante homogéneos al pasar el tiempo.

Primero, están aquellos que “vivos” de mente, hacen el cálculo de la ecuación y encontraron que, al adular al gobernante, este se sentía gratificado, y al sentirse gratificado, este comenzaba a ver con cariño al “periodista” —que, de juntaletras no pasa—, haciéndose acreedor de “cariñitos” y “chineos”, muchas veces a costa del erario público. Son estos los mercenarios de la información.

Es el caso de tantos periódicos allá en la década de 1880, donde aquellos que se esforzaban lo suficiente, lograban suscripciones estatales y hasta el privilegio de ser impresos en la Imprenta Nacional, a cargo del presupuesto de la República. Idiay, ¿Cómo no iban a bajar a don Bernardo de “Excelentísimo” “Sabio” “Magnánimo” y a sus socios de “Patriotas” “Hidalgos” y “Prudentes”?

Después, vienen aquellos que, sufriendo de un gobierno autoritario, ante el temor de represalias, prefieren vender la pluma y dedicarse a loar al dictadorzuelo de turno, por temor a la posibilidad de caer en desgracia con este. Son estos los pusilánimes emplumados.

Aquí, podemos recordar a aquellos periódicos del tiempo de Guardia, que, no dudaban de aplaudir cuanta decisión se tomara (al unísono con las municipalidades) desde el despacho del Benemérito General Presidente, llegándole a nombrar hasta “Salvador de la Patria”. No obstante, podemos reconocer la humanidad del instinto de conservación que les caracteriza, particularmente ante un gobernante que, como Guardia, si tenía una braza sobre la mano no dudaba en apagarla antes de que lo quemara.

Finalmente, y siendo posiblemente el más triste de los tres casos, están aquellos que, cayendo en el fanatismo y la adicción, son cegados por un velo casi romántico y sin necesidad o interés alguno, aun siendo de conocimiento general la magnitud de sus errores, dedican su tiempo a escribir cartas de amor al gobernante, a la espera de que este les “honre” con una mirada perdida o un suspiro robado. Son estos, los ilusos de la crónica.

¿Cómo no pensar aquí en tantos medios de comunicación mucho más contemporáneos? Tan candorosos y devotos, que, sin importar lo innegable de los errores, son fieles servidores del “supremo líder” y están al pie del cañón para lo que sea necesario (aunque aquel “supremo líder”, no les dedique ni una mirada). Es claro que el amor y la fe mueven montañas.

No obstante, todo lo anterior, estos periodiqueros no tendrían tierra de cultivo sin gobernantes que claudicasen ante la egolatría o, al menos ante el temor a las voces disidentes. Como bien lo dijo el Dr. José María Castro Madríz en su momento:

La libertad de prensa es un derecho consagrado por la ley, y como tal debo respetarlo, cualesquiera que sean las consecuencias que de su ejercicio para mí resulte.

Ahora bien: no espero, en lo absoluto, que nadie se sienta aludido por estas palabras; son un simple relato —con nombres y ropajes cambiantes— de la historia del poder y del periodismo en nuestro país. Pero si usted, querido lector, siente cierto malestar al leerlas, quizá sea un buen momento para preguntarse si se es usted alguno de los tres tipos de aduladores tirados a periodistas.