En Costa Rica se ha instalado una idea poderosa y políticamente eficaz: que la crisis de listas de espera se explica porque los especialistas no quieren formar más especialistas para proteger sus ingresos privados, y que esa supuesta resistencia estaría costando vidas.
Es una afirmación contundente.
Cuando una familia pierde a alguien mientras esperaba atención, es comprensible que busque responsables.
Pero en política pública, la indignación no puede sustituir al análisis.
Las reformas estructurales no pueden construirse sobre simplificaciones.
Un sistema que no encaja en la caricatura
Costa Rica tiene uno de los sistemas de salud más eficientes del continente americano:
- La esperanza de vida supera los 80 años.
- La mortalidad infantil está entre las más bajas de América Latina.
- La cobertura efectiva supera el 95%.
- El gasto en salud, como porcentaje del PIB, es menor que el promedio de la OCDE, pero los resultados son comparables.
Estos no son datos ideológicos. Son cifras reconocidas por la OMS, el Banco Mundial y la OCDE.
- Conviene recordarlo: esos resultados no nacieron de consignas:
- Se construyeron en Ebáis, en quirófanos, en laboratorios, en turnos nocturnos.
- Se construyeron gracias al médico comunitario que detectó un brote.
- Al especialista que aprendió una técnica nueva.
- Al microbiólogo que ajustó un protocolo.
- Al farmacéutico que incorporó un medicamento esencial.
- Al personal de enfermería que sostuvo una recuperación crítica.
El sistema es imperfecto. Pero si estuviera diseñado contra su propia población, esos resultados no existirían.
Puede reformarse. Debe reformarse. Pero no puede deslegitimarse con caricaturas.
¿Cada día mueren ocho personas en listas de espera de la CCSS?
La afirmación ha circulado ampliamente en el debate público reciente y, naturalmente, genera impacto inmediato.
Pero desde la epidemiología, una cifra aislada nunca es suficiente. El análisis exige preguntas básicas:
- ¿Cuántas de esas muertes eran clínicamente prevenibles?
- ¿Cuántas correspondían a procedimientos electivos?
- ¿Cuál era la condición basal del paciente?
- ¿Qué nivel de prioridad tenía asignado?
- ¿En qué momento del proceso asistencial ocurrió el desenlace?
Una cifra sin estratificación clínica puede movilizar emociones, pero no necesariamente orienta políticas públicas eficaces. Las políticas públicas no se diseñan con titulares, sino con datos completos.
Una lista de espera no es homogénea. Es un fenómeno multicausal: infraestructura quirúrgica limitada, disponibilidad de anestesia y enfermería, procesos administrativos lentos, envejecimiento poblacional, enfermedades crónicas más complejas, fragmentación entre niveles de atención.
Un especialista puede tener agenda llena y productividad máxima. Si el cuello de botella está en el diseño del sistema, la lista persiste.
Cuando un problema complejo se explica con una sola causa, aparece un culpable claro y una solución inmediata. Eso tranquiliza. Pero los sistemas de salud no funcionan bajo esa lógica.
El verdadero problema
La CCSS no enfrenta una crisis de ética médica. Enfrenta una crisis de diseño institucional:
- Fragmentación entre niveles de atención.
- Rigidez en la contratación y movilidad del recurso humano.
- Infraestructura limitada.
- Procesos administrativos lentos.
- Incentivos mal alineados.
- Desconexión entre responsabilidad clínica y capacidad real de decisión.
No es un problema de voluntad individual. Es un problema de arquitectura institucional.
Cuando el diseño institucional falla, el recurso humano se convierte en el rostro visible de una falla que no le pertenece.
En cualquier industria compleja, sería impensable diseñar un avión sin escuchar a los pilotos que lo operan. En salud pública ocurre algo similar: si quienes están frente al paciente no participan estructuralmente en la reforma, las decisiones se toman con información incompleta.
La pregunta incómoda
Reducir la crisis a una voluntad corporativa implica asumir que los especialistas protegen intereses privados a costa de la salud pública.
Entonces cabe formular una pregunta incómoda:
¿En qué momento se asumió que nuestras propias familias no están en esas mismas listas de espera?
Los médicos de la CCSS no vivimos en un sistema paralelo. Nuestros padres envejecen aquí, nuestros hijos son atendidos aquí, nuestros hermanos esperan citas aquí.
Sostener que restringimos formación por beneficio privado supone aceptar que estaríamos dispuestos a debilitar el mismo sistema del que dependen quienes más queremos.
Esa premisa no solo es técnicamente débil, es humanamente insostenible.
Reformar sin destruir confianza
En tiempos de narrativas simplificadas, las frases breves derrotan a los diagnósticos complejos.
“Los médicos protegen su negocio” es fácil. “Tenemos un modelo institucional con incentivos mal alineados” no lo es.
Pero las soluciones reales rara vez nacen de explicaciones simples.
La CCSS necesita reformas profundas. Pero ninguna reforma sostenible puede construirse enfrentando a pacientes contra médicos.
Cuando el sistema de salud se convierte en caricatura, perdemos algo más que precisión: perdemos la posibilidad de resolver el problema real.
El problema no es la vocación del personal sanitario. Es un modelo que necesita evolucionar para responder a una población más longeva, más compleja y con mayores demandas que hace treinta años.
Esa evolución exige algo básico: alineamiento. Especialistas, pacientes, tomadores de decisión.
Los profesionales de la salud no somos un obstáculo para el cambio. Somos un recurso estratégico que el país no puede darse el lujo de ignorar.
Estamos dispuestos a discutir soluciones con rigor técnico, responsabilidad institucional y compromiso con la salud pública.
La pregunta no es si el sistema necesita reformarse. La pregunta es si estamos dispuestos a hacerlo con datos y cooperación, o si seguiremos enfrentando problemas estructurales con caricaturas simplificadas que alivian momentáneamente la indignación, pero no transforman la realidad.
