Costa Rica está discutiendo el ROP. Pero debería estar discutiendo el envejecimiento. El debate financiero es legítimo. Sin embargo, reducir la conversación sobre longevidad a retiros anticipados o sostenibilidad del régimen es un error estratégico. El desafío real no es contable. Es estructural.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, el país supera ya las 800.000 personas mayores de 60 años, más del 15% de la población total. Más de 130.000 personas tienen 80 años o más. La esperanza de vida ronda los 80 años y continúa aumentando. Para el año 2050, una de cada cuatro personas será mayor de 65 años.
No se trata de una proyección lejana. Es una transformación en curso.
Sin embargo, el debate público parece atrapado en una dimensión estrictamente financiera del fenómeno. Discutimos el ROP, discutimos el IVM, discutimos porcentajes, retiros anticipados y sostenibilidad actuarial. Es un debate necesario, pero insuficiente. Porque el envejecimiento no es únicamente un problema de pensiones. Es un proceso de reconfiguración social.
La transición demográfica —menos nacimientos, más años de vida— altera el contrato intergeneracional sobre el cual se construyó el Estado social costarricense. El modelo solidario de seguridad social fue diseñado en un contexto de alta natalidad y amplia base de población joven. Hoy la estructura etaria se estrecha en su base y se ensancha en su cúspide. La relación entre personas activas y pensionadas disminuye progresivamente. La Caja Costarricense de Seguro Social ha advertido sobre estas presiones. Pero la sostenibilidad no puede entenderse únicamente como equilibrio contable. También es sostenibilidad social.
Vivir más años implica rediseñar el modelo productivo, el sistema sanitario, la organización de los cuidados y la planificación urbana. Implica comprender que la longevidad no es un evento individual, sino un fenómeno colectivo.
El Programa Estado de la Nación ha señalado que Costa Rica envejece sin contar todavía con un sistema consolidado de cuidados de larga duración. Más del 70% del cuidado de personas mayores dependientes recae en familiares, principalmente mujeres. La longevidad, en ausencia de políticas estructuradas, se traduce en sobrecarga doméstica, precarización laboral femenina y desigualdad acumulada. El cuidado no remunerado se convierte en subsidio invisible del sistema.
La transición demográfica es también una transición epidemiológica. La carga de enfermedad se desplaza hacia padecimientos crónicos no transmisibles: hipertensión, diabetes, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo. El modelo sanitario costarricense fue históricamente exitoso frente a enfermedades infecciosas y atención aguda. El desafío actual es la gestión integral de la cronicidad, la fragilidad y la dependencia progresiva. Más años de vida exigen más años de atención diferenciada.
En paralelo, el mercado laboral evidencia una paradoja. Mientras se discute extender la vida laboral para sostener el sistema, el edadismo limita la reinserción de personas mayores de 50 años. El desempleo de larga duración es más frecuente en esta población y la informalidad aumenta con la edad. Se exige prolongar la cotización, pero no se transforma la cultura organizacional ni se incentiva la gestión intergeneracional del talento. La economía plateada no puede quedarse en discurso aspiracional; requiere políticas activas de productividad senior.
La longevidad también redefine la cohesión social. Aumentan los hogares unipersonales de personas mayores. Se debilitan redes comunitarias tradicionales. La soledad no deseada, asociada internacionalmente con mayor riesgo de deterioro cognitivo y mortalidad, no ha sido aún abordada como problema de política pública en Costa Rica. Vivir más no garantiza vivir acompañado.
Nada de esto constituye una crisis inevitable. Al contrario: el envejecimiento es resultado del éxito sanitario y social del país. Es consecuencia de décadas de inversión pública que redujeron mortalidad infantil y ampliaron la expectativa de vida. Es, en ese sentido, un logro civilizatorio.
Pero todo logro transforma las reglas del juego.
La pregunta central no es cuánto dinero se retira del ROP. La pregunta es si estamos rediseñando el país para una sociedad donde vivir 85 o 90 años será cada vez más común. Si no reconfiguramos cuidados, empleo, salud, urbanismo y narrativa cultural, el envejecimiento puede convertirse en tensión estructural. Si lo hacemos con visión estratégica, puede convertirse en oportunidad demográfica.
Costa Rica ya envejece. La discusión pendiente es si nuestras políticas están envejeciendo con la misma madurez.
