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Costa Rica 2026: el país fuera de la burbuja

Costa Rica votó el 1 de febrero de 2026 y, con eso, hizo lo que siempre hace cuando está bajo presión: evaluar riesgos, ponderar escenarios y decidir en grande.

No fue una elección cualquiera; fue una que se sintió como un espejo. Uno incómodo, de esos que no perdonan la luz del baño.

La noche de este domingo, el Tribunal Supremo de Elecciones, marcó con claridad los resultados, reforzó certezas en algunos y silenció dudas en otros: la arquitectura institucional sigue presente.

En tiempos de ansiedad social —de unos pocos solamente— se prueba primero a los candidatos y después la confianza en las reglas. Así, en ese orden inmediato, se evalúa al liderazgo electo.

Durante la campaña, se repite que el voto responde a “la educación”, “la inseguridad” o “la Caja”. En la práctica, muchas veces responde a algo más profundo: la búsqueda y continuidad de una forma distinta de hacer política, una que intente recuperar lo que se percibe como perdido.

Ahí está el eje del 2026 bien o mal ustedes harán sus conclusiones: la elección no se trató únicamente de políticas públicas, sino de la disposición del gobierno de traducir complejidad en más resultados concretos, otorgando más apoyo.

El país no necesita menos política; necesita mejor política.

La política como oficio: negociar, ceder, priorizar, medir impactos. No como espectáculo, ni como ring permanente en las redes sociales.

Las elecciones son el tráiler; el gobierno es la película.

Y el 2026 abrió una historia con un reto preciso: dar resultados sin debilitar el pacto democrático que ha sostenido al país, pero resulta que eso es trabajo de todos no solo de un presidente, o de un oficialismo —sea cual sea—.

Porque si  el país convierte las campañas de miedo en política pública sin controles, divulgada como verdad en medios de comunicación, la factura llega después. Y llega cara.

Por eso necesitamos una oposición y medios de comunicación responsables, sobra decir que también se requiere que el gobierno de turno lo sea.

Estamos frente a un desafío de madurez: respaldar sin ego todo aquello que beneficie a Costa Rica, venga de donde venga, y al mismo tiempo, exigir límites sanos.

Suena difícil… porque lo es. Pero también es exactamente lo que diferencia quienes realmente trabajan por el país, desde el oficialismo o la oposición, de quienes reducen la política a la negación, donde nada sirve si no lo propusieron ellos y donde el interés electoral pesa más que el interés nacional.

La decisión fue clara. No perfecta, no unánime,  —porque la democracia nunca lo es—, pero contundente. Laura Fernández ganó en 6 de 7 provincias, y ese dato, por sí solo, ya dice mucho. Y eso después de debates acongojantes.

Más allá de la contabilidad selectiva, hay un hecho que no admite maquillaje: la concentración del voto.

La presidenta electa obtuvo 1.191.727 votos válidos a este momento, casi la mitad de todos los emitidos, en una elección donde la alternativa se fragmentó entre 19 postulaciones contrarias. Fue la candidatura más votada, con amplia diferencia individual.

Y aun así, el ruido pareciera venir de otro país.

Lo más revelador de este proceso no es solo el resultado, sino la burbuja desde la que muchos lo analizan.

Una burbuja cómoda, hiperconectada, con acceso permanente a micrófonos, columnas, paneles y cámaras. Desde ahí, una minoría muy vocal logra proyectarse como si fuera “el sentir nacional”, cuando en realidad representa a un segmento reducido, pero influyente.

Mientras tanto, fuera de esa burbuja —en la calle real, no la digital— el mensaje fue distinto.

Fue un mensaje de cansancio, de facturas pendientes y de un país que decidió continuar cobrando una deuda política acumulada durante años. No por rabia, sino por memoria.

También resulta llamativo ver a medios de comunicación y partidos tradicionales reaccionar dolidos como si el resultado fuera un accidente, cuando quizá es más bien un ajuste de cuentas democrático.

Intentar revertirlo desde la narrativa, más que desde las urnas, no solo es ineficaz: es no haber entendido nada y crear división innecesaria en un país pequeño y famoso por ser amable y pura vida.

Y sobre la tan repetida idea de una “democracia atentada”, conviene poner los pies en la tierra, no más miedo.

Es la misma democracia que cuenta y seguirá contando con un Poder Judicial que sigue en labores, una Asamblea Legislativa con oposición y oficialismo ejerciendo, y un Tribunal Supremo de Elecciones sólido, que garantizará la transferencia del poder en mayo. Sin atajos. Sin sobresaltos.

Aceptar el resultado no es rendirse; es cuidar el país. Echemos pa’ alante: eso también es democracia, eso también es Patria.

Porque la democracia no se defiende gritando más fuerte, ni renegando o dramatizando un resultado, sino respetando cuando esta habla claro.

Y otra vez, habló claro.