Pensé que hoy escribiría desde la emoción, la alegría y la esperanza. Viví una fiesta democrática que no me preparó para los resultados que se dieron al final. Resultados que, aunque duelan, también son válidos y forman parte de la democracia.
Sin embargo, con un dolor hondo en el alma, tuve que aceptarlos.
Pertenezco al gremio de los comunicadores, un gremio que en los últimos años se ha visto perseguido y señalado por hacer su trabajo: informar, fiscalizar y observar con atención lo que ocurre en el país que habitamos.
Al mismo tiempo, mi vínculo con la tierra se ha hecho más profundo y literal. Con el agro, con la soberanía alimentaria, con la protección de los recursos naturales —especialmente el agua—, con la defensa de la flora y la fauna que han sido potencialmente más devastadas en los últimos años. Me toca el corazón.
Desde este lado, todo parece oscuro. Desde este lado, se mira con los ojos empañados, con una tristeza que duele hasta los huesos.
Hoy casi no me sale decir, con convicción, que “todo va a estar bien”. No sé cómo creerlo cuando no hay pruebas claras de que ese sea el camino, sino señales que apuntan en sentido contrario. Y aun así, aquí estoy, sentada frente a la computadora, haciendo lo que toca. Mi parte.
Seguir contando historias. Seguir creando conciencia. Dar un poquito de eso que no podemos olvidar —o que quizá ya estamos perdiendo— porque detrás vienen nuestros hijos. ¿Qué heredarán ellos? ¿Qué recordarán? ¿Cómo se estudiará esta página de la historia en el futuro?
A eso me refiero cuando digo que, aun con dolor, miedo y enojo, decido seguir. Porque es un deber estar de pie, abrazando la bandera, acuñando un puño de tierra entre las manos y sosteniendo la certeza de que lo construido hasta ahora es más fuerte que la tormenta. Una tormenta para la cual todavía tenemos la oportunidad de prepararnos y atravesar juntos.
Vuelvo entonces a la calma. A la importancia de no devolver con violencia la violencia externa que camina por las calles, que se grita en las redes y que se siente en el aire.
Con la convicción de que respirar, mirar profundo y aceptar con compasión y respeto es también una forma de resistencia, mientras el viento se calma.
