Me tomé varios días post-elecciones para tratar de procesar lo que pasó el domingo. Desde aquí, a miles de kilómetros de distancia en Alemania, en donde vivo actualmente para perseguir un sueño académico, seguí el conteo de votos con esa mezcla de esperanza y ansiedad que, estoy seguro, muchos también sentimos. Pero al ver los resultados y recordar lo que nos ofrecieron los candidatos durante la campaña, me quedó un vacío.
Me siento, como muchos de mi generación, un huérfano político.
Sentí que las candidaturas obligaban a elegir entre opuestos: eficiencia o solidaridad; mercado o gente; libertades individuales o seguridad. Ninguna papeleta ofrecía el paquete completo. Por eso, escribo esta carta. No es un plan de gobierno ni una crítica destructiva. Escribo esto no como un experto, sino como un ciudadano intentando entender sus propias convicciones y tal vez algunas de las cosas que escribo acá son algo que ya teníamos en Costa Rica, hace muchos años, pero hemos perdido debido al erosionamiento institucional. En este ejercicio de introspección, he descubierto que mi “ideología” no es una bandera radical, sino una mezcla de corrientes que buscan lo mismo: sentido común, libertad y justicia social. Esto es lo que, en mi humilde opinión, necesitamos construir:
- Entender la diferencia entre capitalismo y corporatocracia
Siempre he creído en la empresa privada como motor de desarrollo. Sin embargo, me he dado cuenta de que lo que gobierna el mundo actual — y a menudo a Costa Rica — no es capitalismo de libre mercado. Ese capitalismo de competencia libre y feroz se perdió hace mucho; lo que tenemos hoy se parece más a la corporatocracia. Es un sistema donde pocas empresas gigantes controlan los mercados y ponen las reglas a su antojo.
La misión del próximo nuevo movimiento debe ser recuperar la competencia real y justa. Tenemos una economía dual: una muy ágil y creciente para las zonas francas y otra pesada y estancada para la empresa nacional. Mi recomendación es paulatinamente cerrar esa brecha. Necesitamos una industria nacional tan pujante que, eventualmente, el régimen definitivo sea tan competitivo y atractivo como el de zona franca.
Para lograrlo, necesitamos un Estado eficiente que deje de gastar en burocracia inútil que nos permita, paulatinamente, poder cobrar impuestos más justos y hasta, tal vez, más bajos. Pero también, un Estado que actúe como un árbitro implacable — al estilo del Ordoliberalismo — que impida que los grandes se coman a los chicos mediante "argollas" o prácticas desleales.
- Democratizar la energía y aceleren la transición
Costa Rica se jacta de su matriz eléctrica verde, pero nuestro modelo de mercado es del siglo pasado y se ha convertido en un cuello de botella. No podemos hablar de descarbonizar el transporte o la industria (la verdadera transición energética que nos falta) si la electricidad sigue siendo cara y burocrática.
La recomendación es modernizar el mercado bajo una lógica clara: competencia en la generación, pero regulación fuerte en la distribución. Mantengan la red de transmisión y distribución como un monopolio natural del Estado, estrictamente fiscalizado para garantizar que la eficiencia se traduzca en tarifas bajas y acceso universal para cada familia costarricense. Pero al mismo tiempo, abran la generación a la competencia real y descentralizada. Empoderen al ciudadano y a la empresa para que dejen de ser solo consumidores cautivos y pasen a ser “prosumidores” (que producen su propia energía, solar y eólica, y venden el excedente a la red sin trabas burocráticas).
Esto podría lograr el equilibrio perfecto: bajar la factura para devolverle competitividad a nuestra industria y alivio al bolsillo de la gente, mientras hace al sistema más ágil y resiliente frente al cambio climático.
- Hagan de las escuelas el corazón de las comunidades
No caigan en la tentación de ver la educación solo como un servicio o mercado. He escuchado ideas sobre “vouchers educativos” (es decir, financiar la demanda), pero tengo serias dudas de que eso sane nuestro tejido social, que ha sido muy dinamitado en las últimas décadas por múltiples temas, pero principalmente por una educación de muy mala calidad.
La idea es clara: se debe tratar a la Educación Pública como un tema sagrado. Miren hacia modelos como el de Finlandia, donde el sistema público es tan robusto que es la primera opción para todos, ricos y pobres. Hagan que las escuelas y centros comunitarios sean el corazón del barrio, el lugar donde padres y ciudadanos de distintas realidades convivan y creen proyectos comunitarios juntos. Una comunidad que se conoce, que trabaja por un mismo objetivo común, es una comunidad que prospera unida.
La infraestructura no lo es todo; el contenido debe evolucionar también. El nuevo modelo requiere ciudadanos despiertos, no autómatas. Debemos enfocar el currículo obsesivamente en el pensamiento crítico, la educación financiera, la tecnología y la ética cívica.
Necesitamos graduar ciudadanos que no coman cuento, que sepan distinguir la verdad de la manipulación y que entiendan el poder que tienen. Ciudadanos capaces de “votar con su billetera” en el día a día: premiando a las empresas responsables y castigando con su consumo a quienes abusan o contaminan. Un consumidor con criterio es el mejor fiscalizador que puede tener un mercado libre.
- Sean pragmáticos en salud pero con fiscalización fuerte
No se pierdan en discusiones ideológicas sobre quién es dueño del sistema. La meta debe ser una salud pública de acceso total y universal. Si para eliminar las listas de espera hay que hacer alianzas público-privadas (como en ciertos modelos de Canadá o España), háganlo sin miedo.
Pero — y este es un gran pero — esto solo funciona si existe un ente fiscalizador fuerte. Necesitamos una rectoría que, mediante indicadores de gestión estrictos, asegure que el privado cumpla con la calidad, el acceso y la calidez que el ciudadano merece. El bienestar del paciente es la única métrica que importa.
- Dignifiquen el transporte público (y subvenciónenlo si hace falta)
Viviendo en Alemania, he entendido que el transporte público no es solo mover gente de un punto A a un punto B; es dignidad humana y libertad. No es posible que en Costa Rica se pierdan horas de vida atrapados en presas o viajando como ganado en buses en mal estado.
La recomendación es radical: dejen de ver el transporte sólo como un negocio privado que debe ser rentable por sí mismo. Véanlo como un derecho ciudadano. Apuesten por un sistema de calidad, intermodal (trenes, buses, bicicletas) y fortalecido con subsidios estatales si es necesario. En las ciudades desarrolladas, el ejecutivo y el estudiante viajan en el mismo vagón.
Eso también es democracia. El transporte de calidad no es un gasto, es inversión en salud mental y competitividad económica.
- Garanticen un espacio de respeto neutral
Costa Rica ya no aguanta más guerras ideológicas. El Estado debe ser laico y neutral, garantizando un espacio respetuoso e inclusivo donde coexistan todas las formas de pensamiento.
No permitan la imposición de un conservadurismo que juzga, pero tampoco dejen que un "progresismo" agresivo se meta en todo y que también juzga a los más "conservadores".
La meta es la integración real: que cada persona, sin importar su credo o preferencia sexual, tenga las herramientas, los derechos y la libertad para decidir su proyecto de vida, sin que el Estado ni la sociedad le dicten cómo pensar, actuar o amar.
- Salden la deuda histórica: representación real para los pueblos originarios
Hablamos mucho de derechos humanos, pero seguimos invisibilizando a los pueblos que estaban aquí antes que nosotros. Sus luchas por la tierra, la autonomía y el desarrollo siguen siendo ignoradas porque, históricamente, otros han tomado las decisiones por ellos.
La propuesta es concreta: pasemos del asistencialismo a la agencia política. Reformen el código electoral para garantizar escaños reservados (curules fijas) en la Asamblea Legislativa para representantes de los pueblos originarios, tal como lo hace Nueva Zelanda con los maoríes.
No queremos intermediarios; necesitamos que ellos hablen con su propia voz y cosmovisión en el lugar donde se decide el futuro del país, con poder de voto real.
- Seguridad: prevención real y cárceles que transformen
Mano firme y recuperar el territorio, sí. Garantizar libertades individuales también. Pero no ignoren la raíz, lleguen a los barrios conflictivos con oportunidades de educación, empleo y superación, para que nuestros ciudadanos no sean presa fácil del crimen organizado. Y por favor, repiensen el sistema penitenciario. Las cárceles no pueden ser bodegas humanas.
Necesitamos opciones de industria, educación técnica y cívica (al estilo Noruega), donde el privado de libertad trabaje para costear su estancia y transforme su mentalidad. La meta es que, al salir, tenga una oportunidad genuina de reincorporarse a la sociedad.
- Rompan el centralismo: poder real a las comunidades
El Gobierno Central no puede, ni debe, controlar todo. El modelo de “papá Estado” en San José resolviéndolo todo está agotado. La visión debería ser un Estado nacional ágil que fija las grandes reglas, pero que entrega soberanía real a los Gobiernos Locales. Necesitamos municipalidades que no solo pinten aceras, sino que tengan el presupuesto y la potestad para liderar el desarrollo económico de su territorio.
Pero ojo: poder conlleva responsabilidad. Esta descentralización debe ir acompañada de una fiscalización feroz para evitar que se formen “cacicazgos” o feudos de corrupción local. Empoderen a la comunidad, porque nadie sabe mejor qué necesita un pueblo que la gente que vive en él.
- Gobernanza ambiental
El cambio climático es real y ya nos está golpeando duro. Y aunque mitigar es importante, adaptarnos es urgente. Esta adaptación no se puede decretar desde un escritorio en San José, la propuesta sería hacer una triangulación eficiente.
El Estado debe dejar de ser un "ejecutor lento" y convertirse en un "Centro de Inteligencia" que provee datos, ciencia y técnicos capacitados, mientras que las comunidades puedan diseñar en conjunto y decidir las soluciones de su propio territorio. Y para la ejecución de estas soluciones, no debemos depender solamente del presupuesto nacional, se debe propiciar la cooperación privada y modelos ágiles de alianza para llevarlas a cabo.
Finalmente, usen el mercado a nuestro favor. La conservación no puede ser un sacrificio económico. Diseñen políticas para que los mercados de carbono, el ecoturismo y la agricultura regenerativa sean tan competitivos que hacer un uso correcto de la naturaleza sea más rentable que solamente desaparecerla. Usen el sistema actual de mercado, que no vamos a poder cambiar fácilmente, a favor del planeta.
- Construyan “agencia geopolítica” en el mundo
Somos un país pequeño, pero no tenemos por qué ser irrelevantes en el ámbito mundial. No creo en el aislamiento. Creo que los países de nuestra índole — el “Sur Global” — deben dejar de actuar solos, con miedo de las "potencias mundiales" y comenzar a desarrollar y fortalecer su capacidad de acción en conjunto.
Debemos integrarnos inteligentemente para tener voz propia en los grandes temas globales, aprendiendo unos de otros y negociando en bloque, tal como lo hace la Unión Europea. Solos somos vulnerables; integrados con objetivos claros, somos fuertes.
El requisito: guerra a la corrupción
Sé que nada de lo anterior es posible sin un requisito previo: eliminar la corrupción. Si el árbitro está comprado, no hay juego limpio ni institución que valga. Esto no se logra con discursos, se logra con sistemas.
Necesitamos una digitalización total del Estado (como lo hizo Estonia u otros países) para eliminar la discrecionalidad de la función pública: donde hay un algoritmo transparente, que la ciudadanía pueda ver, no hay espacio para la corrupción. Y debemos acabar con la impunidad: que el costo social, legal y económico de ser corrupto sea tan alto que nadie se atreva a cruzar esa línea.
Tres advertencias para no fracasar
Proponer este modelo en palabras puede ser fácil; implementarlo en Costa Rica podría verse como un campo minado. Para que esto no se quede en el papel, el próximo movimiento debe evitar tres trampas mortales que acompañan a este modelo:
- Cuidado con el “Capitalismo de Amiguetes”: Si abrimos mercados (como el de la energía) sin que el Estado tenga los colmillos afilados para fiscalizar, no tendremos un mercado libre, tendremos una piñata. El riesgo de que la apertura se convierta en negocios para los financistas de campaña u otras personas que se quieran aprovechar, es real. Si no pueden garantizar una supervisión técnica feroz e independiente, mejor no abran nada.
- La trampa fiscal: Queremos servicios públicos de primer mundo, pero a veces tenemos una productividad y recaudación de tercer mundo. La matemática tiene que dar. No se puede gastar en subvenciones y grandes obras si antes no se ha generado la riqueza para pagarlas. El crecimiento económico y la confianza en la gestión pública debe preceder al gasto, si no, quebraremos el Estado en el intento.
- Consenso no es parálisis: Al pedir diálogo y acuerdos, corremos el riesgo de caer en la “parálisis por análisis”. Costa Rica necesita acuerdos, sí, pero también necesita ejecución. El consenso debe ser un método para avanzar, no una excusa para no tomar decisiones difíciles.
Las formas y las instituciones importan tanto como el fondo
Al releer estos puntos en mi reflexión, me doy cuenta de que describen más o menos algo que ya existe: la Economía Social de Mercado. Un mercado libre que genera riqueza, con un Estado fuerte que garantiza cohesión social. Modelo usado acá en Alemania, pero viviendo aquí he entendido dos cosas cruciales que quiero compartir:
Primero, que la eficiencia no es enemiga de la democracia. A menudo nos venden la idea de que la división de poderes y los controles institucionales son “estorbos” para el progreso. Es falso. La institucionalidad sólida es lo único que impide que un “Estado fuerte” se convierta en un tirano. Defender la independencia de poderes no es defender burocracia, es defender la libertad que nos permite innovar y vivir en paz.
Y segundo, que ningún modelo funciona por arte de magia. Lo que sostiene a las sociedades exitosas no es un líder mesiánico, sino una cultura política capaz de poner el país por encima de los egos. Es la capacidad de dejar de lado los intereses personales para dialogar, debatir y llegar a consensos.
Esa es la madurez que anhelo para Costa Rica. Tal vez soy un idealista por quererlo todo: eficiencia y justicia, libertad y orden institucional. Pero me rehúso a creer que tengamos que escoger. Esta es la visión de sentido común que muchos compartimos en silencio, esperando que algún día tengamos la voluntad política para dejar de pelear y empezar a construir.
