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Aguas, recuerdos y mundos: una telaraña sobre manglares

Max Jiménez alguna vez dijo que las lanchas no pertenecen al mar ni a la tierra, sino al horizonte. Decía que cuando están en la playa, se balancean y se inclinan torpemente; mientras que, cuando navegan, son repelidas de forma insistente por el mar.

Quizás algo así sucede con los manglares. No pertenecen ni a la tierra ni al mar, sino a otra cosa.

A lo mejor al ensueño.

A lo mejor al riesgo.

Hoy, todos los manglares del país están protegidos. Al menos en términos formales. Pero más allá de esa protección nominal, se sabe que alrededor de la mitad de los manglares del planeta están en grave riesgo.

En el más reciente episodio de La Telaraña conversé con el escritor Daniel Quirós y la geógrafa Adriana Baltodano acerca de estos peculiares ecosistemas. Daniel, justamente, acaba de publicar una novela, Vientos alisios, donde alude a la desaparición de un manglar como resultado de un proyecto turístico.

En ese episodio, Adriana recordó que su abuelo le contaba que, muchísimo tiempo atrás, la cáscara del mangle se usaba para obtener una tinta que se empleaba para curtir albardas. Y agregó que, efectivamente, del mangle rojo se obtiene ácido tánico, una sustancia ampliamente utilizada en la curtiembre.

Estamos claros que el mangle pertenece al mundo del molusco, el crustáceo, el ave y el pez. Pertenece, a su vez, a esa forma crucial de vida que es el barro. Y, según parece, en determinadas circunstancias, también, pertenece al mundo del caballo.

Recuerdo un hombre que caminaba a orillas del río Reventazón, en Siquirres, con un racimo de bobos amarrados a la faja. Y otro, en Puntarenas, que salvó la vida de una mantarraya encallada bajo el muelle. Además, había uno, en Charrarra, que sacaba langostinos al pie de la represa. Y estaba el que aseguraba que las truchas pican mejor con pejibaye. Y el criminal que usaba dinamita y barbasco. Y el que lanzaba una atarraya en el estero de Bajamar. Y Pum, el negro de Puerto de Viejo, que fabricaba nasas y deliraba con langostas. Y mi amigo Diego, a 40 millas náuticas de Herradura, sacando un pez vela poco después de una tormenta. Y mi cuñado Hernán y los pargos que saltaban en la boca del Barranca, en ese sitio donde, según cuentan, Ricardo Mora compuso "Noche inolvidable". Y unas gentes empobrecidas cerca de Sámara. Y el avistamiento de un tiburón. Y las frágiles figuras de barcos y derrelictos que cuestionaban lejanías. Y el pez gaspar que rompió el silencio de Caño Negro. Y un barquito portugués en las Playas del Este. Y los cadáveres de pejerrey en la costanera. Y los camaroneros de Jacó. Y la baba del infinito sitiando cangrejos y conchas. Y unos pies muy blancos, muy descalzos, escondiéndose en la arena de Playa Arenillas.

Sospecho que, de alguna manera, más allá de las tipologías ecosistémicas, todos esos recuerdos también pertenecen al mundo del manglar. O, bueno, por lo menos son tributarios de él.