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A improvisar también se aprende

En el mundo —especialmente en el laboral— el verbo improvisar suele sonar casi como un insulto; definitivamente, como una irresponsabilidad.

Hace unas semanas, en medio del proceso electoral, perdí la cuenta de en cuántos espacios escuché a candidatos acusarse unos a otros de que “los otros” iban a “improvisar” si llegaban al gobierno. Y siempre me chocaba. Desde hace tres años y medio participo en talleres y cursos de improvisación teatral, y si algo tengo claro es que improvisar no es nada fácil.

No tengo del todo claro cómo llegué ahí, pero cada vez estoy más agradecida. No solo por poder vivir de primera mano la importancia de los espacios culturales en nuestra vida y en la creación de comunidad, sino porque la improvisación teatral me ha dado herramientas concretas para mi día a día, incluyendo mi desarrollo profesional.

Desde niña me exigí perfección. Querer tener el plan claro, la respuesta correcta, pensar en todos los posibles escenarios y tener las respuestas correspondientes. Soy de las que sobre-empaca y la amiga cuya cartera, el 90% de las veces, tiene lo que otra persona necesita (mi perfección no me permite escribir un porcentaje mayor). Por eso, entrar a un espacio lleno de preguntas abiertas y variables incontrolables fue aterrador. Pero, al mismo tiempo, profundamente liberador.

Porque improvisar, en este contexto, no es “llegar y ver qué se me ocurre”. No es desorden, ni falta de preparación, no es ese caos irresponsable que a veces se usa como amenaza en política o en el trabajo. Al contrario: se entrena, y mucho. Tiene reglas, estructura —muchas posibles estructuras— formas y colores. Hay una técnica detrás, con límites preestablecidos, y dentro de esas reglas “jugamos”: como en la vida y en el trabajo.

Este tipo de improvisación exige escucha real, atención plena, confianza profunda en el equipo y estar verdaderamente presente, podría ser hasta un tipo de meditación. Se trata de resolver en el momento con la información que tenemos: la que viene del público (factores externos) y la que viene del elenco (factores internos), de acuerdo con el contexto, buscando el mejor resultado posible. No perfecto: el mejor posible.

En el momento no se trata de cuestionar cómo llegamos ahí, sino de construir sobre lo que nos dan: aceptar, sumar, el famoso “sí, y…”. Después habrá tiempo para analizar, pero en escena —como en el liderazgo y en la innovación— primero se construye.

Improvisar es adaptarse sin perder dirección; es sostener una intención, aunque cambien las variables. Es confiar en que, aunque no tenga el control total del escenario, tengo las herramientas para crear algo valioso. Y quizá por eso me incomoda tanto cuando “improvisar” se usa como sinónimo de irresponsabilidad. Porque improvisar bien no es ausencia de estrategia; es estrategia en acción.

¿No deberían estas ser cualidades de un líder? ¿De un innovador?

Sí, tanto en el desarrollo personal como en el profesional necesitamos planes y estrategias, claridad hacia dónde queremos ir. Pero también necesitamos la capacidad de actuar sobre lo que sucede, de tomar todos los elementos disponibles e “improvisar” en coherencia con esos planes, dentro de las reglas del juego que tenemos. Al final, se trata de tomar decisiones en entornos complejos donde mucho está fuera de nuestro control.

El problema no es improvisar.  El problema es no saber hacerlo.

P.D. Durante mucho tiempo pensé que la oferta cultural en el país era siempre la misma. La improvisación me mostró que hay gente creando cosas distintas, arriesgadas, fuera de lo habitual. Es fácil decir que “no hay nada nuevo”; más difícil es ir, sentarse y apoyar cuando alguien intenta hacer algo diferente, incluso sabiendo que puede sacarnos de nuestra zona de confort. En marzo habrá un festival de Improvisación Teatral en el Nico Baker. Dense la oportunidad de sorprenderse.