Suena paradójico decir que el voto democrático ejercido en libertad debería priorizar las opciones de gobierno que defiendan y garanticen la libertad misma de votar en democracia. Perder la libertad es perder la democracia. Perder cualquiera de ellas es comprometer el derecho a votar.
Si nos devolviéramos 28 años en el tiempo y pudiéramos llevarle el mensaje del futuro a la nación venezolana de la importancia de ejercer el voto libre y democrático a favor de la libertad y de la democracia, ese país no habría perdido los 8 millones de habitantes que han huido del régimen, ni las miles de personas que han sido asesinadas y torturadas por la dictadura chavista que buscó perpetuarse en el poder por la fuerza, por el engaño y por la trampa, haciéndole creer a su gente que estaban ejerciendo el derecho al voto de manera democrática y libre.
Las elecciones del 2022 eran absolutamente críticas para Costa Rica. Nos jugábamos la década y ya veníamos de dos décadas donde el progreso, el crecimiento y el desarrollo humano oscilaban entre avanzar y retroceder. Gobernar se hizo tan complejo que obligó a las personas que gobernaron a priorizar a qué dedicarle la mayoría de su poquísimo capital político y qué dejar caer entre las rendijas de la historia.
Por ejemplo, durante 20 años dejamos caer el desarrollo de un tren eléctrico, imperfecto e insuficiente, pero que hubiera mejorado de manera sustancial la calidad de vida de cientos de miles de personas por todos estos años. Seguimos sin tener un tren. Y la lista de soluciones teóricamente viables lógicamente prioriza cables y de abundantísima simpatía popular siguen en el tintero seco de la política pública porque no hemos sabido gestionar acuerdos para salir adelante.
La década de los 2020s se nos fue entre pandemia, el bochinche y la ineficacia en la gobernanza pública. No supimos o no quisimos hacer bien lo correcto.
La elección del 2026 es aún más crítica. Costa Rica se juega su sistema político, que le ha permitido a muchos y muy diversos grupos de ciudadanos organizarse y presentarse ante la nación con sus propuestas de gobierno en busca de la simpatía soberana en las urnas para hacer avanzar la causa colectiva de una mejor Costa Rica para todos. Perder ese sistema es perder democracia y perder democracia es perder libertad.
Durante la campaña electoral del 2016 en Estados Unidos fue evidente que la victoria del presidente Donald Trump se obtuvo al aglomerar a una masa crítica de los denominados “votantes desesperanzados”: votantes estadounidenses a quienes nunca les llegó el sueño americano, cuyos empleos de calidad migraron a China o a Costa Rica, personas con severos problemas de salud por mala alimentación basada en carbohidratos altamente calóricos, con tendencias religiosas fundamentalistas y con un apetito voraz por defender el derecho a poseer armas y a usarlas según las garantías constitucionales de su país.
Ese fue un voto protesta que empujó el péndulo ideológico en una dirección que aún no ha terminado. Y ese péndulo ha tenido influencia, efecto e impacto en muchos otros países de la región, incluida la centenaria, estable y aburrida democracia costarricense.
Ese movimiento pendular continuará avanzando a pesar de la oposición, a pesar de la resistencia y a pesar de la obstinada disputa en la que está enfrascada la verdad con la desinformación, la honestidad con el engaño, la democracia con la autocracia, la visión de un país próspero con la angurria de poder político.
Que no nos vengan a decir dentro de 28 años que debimos haber ejercido el voto que más garantizara la libertad tan exquisita que ha disfrutado este país por tantas generaciones para el ejercicio democrático del derecho constitucional que ha preservado y enriquecido la libertad. Ese es el círculo virtuoso de la República costarricense.
Escuche el episodio 301 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Votar por la libertad”.
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