¿Sabían que en 2024 sólo se registraron 25 democracias plenas en todo el mundo y que Costa Rica es una de ellas? Cuando leí esta información por primera vez me pareció increíble que, de las más de 8.000 millones de personas que vivimos en este planeta, solamente un 6,6% goza del privilegio de vivir en una democracia plena. Nosotros, quienes nacimos o decidimos vivir en esta tierra, vivimos amparados bajo ese porcentaje.
Esto significa mucho más que poder marcar una papeleta cada 4 años o poder colocar en nuestras casas la bandera del partido con el que tengamos afinidad: vivir en democracia significa tener acceso a educación cívica de calidad, derecho a la participación política y a la libertad de expresión, y por supuesto, herramientas para saber identificar desinformación política y discursos polarizantes en Internet.
Una democracia plena se agrieta si no aprendemos a escucharnos unos a otros, algo que ha parecido ser difícil para los costarricenses durante este periodo electoral. Según la ONU, el año pasado en nuestro país se registraron 2.1 millones de publicaciones con discursos de odio, y las publicaciones relacionadas a política y realidad nacional en redes sociales respondieron a un 43% de ellas. Previsiblemente, dentro de la cantidad exorbitante de publicaciones, imágenes y videos que consumimos a diario, nuestro algoritmo suele endulzarnos con contenido que refuerza exactamente cómo pensamos y cómo nos sentimos.
El Internet, especialmente en tiempos de elecciones, se ha convertido en un campo de batalla. Dicen que una mentira viaja 7 veces más rápido que la verdad. Actualmente, 8 de cada 10 ticos creen que la desinformación es una problemática grave en el país, pero aun así se nos nubla el juicio y fácilmente llegamos a compartir y creer información sesgada. La indignación y decepción que sentimos hacia personas que ocuparon el poder en administraciones pasadas aprieta el gatillo emocional. Entre tantos discursos violentos y llenos de odio, repudiamos a quienes se encuentran del otro lado, como si ellos no hubieran vivido en la misma Costa Rica que nosotros.
Las candidaturas a la presidencia no son celebridades, ni les debemos fanatismo; sus discursos, agenda y propuestas deben ser consecuentes con los datos que reflejan las grandes necesidades de la ciudadanía. Si topamos con contenido en redes sociales que nos incentiva a burlarnos, atacar o irrespetar a una persona con una ideología política distinta, desconfiemos antes de compartirlo. Si vemos un video que presenta información proveniente de una fuente anónima, sin verificación y sin datos que podamos revisar por nuestra cuenta, desconfiemos antes de compartirlo.
Por último, si nos encontramos frente a una candidatura que promueve el odio, la centralización del poder, el ataque político ante cualquier oposición y la debilitación del discurso público, preguntémonos si realmente sería capaz de gobernar en favor de la democracia y la Constitución Política.
Las elecciones presidenciales del próximo 1ero de febrero representan un punto de inflexión en el país. El pluralismo es esencial — en las elecciones, en la Asamblea Legislativa y en las calles — para que la democracia prevalezca. Si valoramos nuestra libertad, valoraremos al amigo, familiar o vecino que piensa diferente.
Costa Rica podrá ser una de las pocas democracias plenas en el mundo, pero eso no la vuelve inquebrantable. Salgamos a defenderla en las urnas.
