Cada vez que alguien advierte sobre ciertos rumbos políticos en Costa Rica, la respuesta es casi automática: “No exageren, aquí no somos Venezuela”. Y es verdad. No lo somos. Pero Venezuela tampoco lo fue al inicio. No comenzó con autoritarismo abierto, ni con elecciones suspendidas, ni con una crisis humanitaria. Comenzó con discursos.

El deterioro venezolano arrancó cuando el poder decidió convertir a las instituciones en enemigos. Cuando el liderazgo político empezó a sembrar desconfianza hacia la prensa, hacia el sistema electoral y hacia cualquier actor que no se alineara con su narrativa. No fue un golpe, fue un proceso. Lento, constante y cuidadosamente normalizado.

En Costa Rica, en los últimos años, hemos visto señales inquietantemente similares. La erosión de la confianza institucional no ha sido producto del azar, sino del discurso reiterado desde el poder. Un discurso que cuestiona, desacredita y confronta, presentándose como víctima de un sistema que —paradójicamente— le permitió llegar al gobierno.

Así empezó también el chavismo. Primero, desacreditando al “establishment”. Luego, señalando a las instituciones como corruptas o manipuladas. Más tarde, sugiriendo que solo el líder representaba la verdadera voluntad del pueblo. El mensaje era simple: si algo no favorece al gobierno, entonces está mal.

Resulta preocupante ver cómo se repite ese patrón. Cuando un gobernante pone en duda la legitimidad del árbitro electoral, no está fortaleciendo la democracia: está debilitando las reglas del juego. En Venezuela, el ataque sistemático al órgano electoral fue una de las primeras grietas. Una vez que la ciudadanía dejó de confiar en el árbitro, cualquier resultado pasó a ser cuestionable, cualquier derrota podía convertirse en fraude.

El populismo necesita esa desconfianza. Vive de ella. Necesita seguidores fieles que repitan el discurso sin cuestionarlo, que vean conspiraciones donde no hay pruebas y enemigos donde hay instituciones. En Venezuela funcionó. Y funcionó porque mucha gente creyó que las advertencias eran exageradas, que “eso aquí no pasa”.

También hay otra similitud clave: líderes que no llegaron por una convicción profunda, sino por el rechazo a la alternativa. Votos de castigo, no de proyecto. Ese fenómeno abre la puerta a gobiernos que, ante la falta de resultados, optan por la confrontación como estrategia de supervivencia política.

No se trata de afirmar que Costa Rica va camino a convertirse en Venezuela mañana. Se trata de reconocer que las democracias no se rompen de golpe. Se desgastan. Se desacreditan. Se dividen. Y cuando la ciudadanía normaliza el ataque a sus propias instituciones, el daño ya está avanzado.

Venezuela no cayó de un día para otro. Cayó mientras muchos repetían que comparar era exagerar. Las señales estuvieron ahí. La diferencia entre aprender de la historia o repetirla está en si decidimos verlas a tiempo.

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