El final de Aguas turbias debe ser uno de los más bellos y sobrecogedores de la novelística latinoamericana: Ninfa —una mujer viuda, empobrecida y unánimemente apestada— acaba de perder a su hijo menor y emprende la huida del pueblo de La Candelaria con su primogénito. Van caminando por una cuesta al amanecer.
El hijo mayor, un adolescente fuerte e inquieto, es el resultado de una temprana violación. El menor quedó atrás, inane, amortajado en unos trapos humildes. Atrás quedó también el resto de honor de Ninfa: en la casa de Feliciano Bermúdez, el prestamista, el ricachón del pueblo. Así cierra Fabián Dobles esta escena:
Ahora se ven allá lejos. A su espalda, detrás de un monte lejanísimo, el sol aparece, brillante y lleno de calor. Las sombras angostas de las dos siluetas se alargan hacia el ocaso, finas y casi iguales... Pero la sombra del hijo no es una sombra. Es la voz de la aurora”.
Nociones como retromanía, porsiemprismo, hauntología, realismo capitalista o nostalgia no bastan para explicar lo que significa haber nacido en los 80 y empezar a envejecer cuando el siglo XXI ha acumulado ya 26 buenas razones para dejar de confiar en todo. Uno, entonces, empieza a combinar la añoranza del pasado con un extrañísimo arrebato de ternura optimista.
Sucede que la realidad se ha vuelto tan atroz que ya no resistimos la pose nihilista. No se puede ser misántropo ni cínico. Y cuando digo "no se puede", lo digo en el sentido más riguroso: es imposible. Se trata, de alguna manera, de lo que decía Foster Wallace con providencial lucidez desde los años 90: el cinismo nos deja en un callejón sin salida.
Hace unos días, en un episodio de La Telaraña, conversé sobre la nostalgia con el comunicador Rodrigo Muñoz y con el cineasta Jurgen Ureña. Rodrigo recordó que, antes de la época moderna, hubo un célebre nostálgico antiguo: Odiseo. Y pienso que tal vez, como él, día a día nos paramos frente al mar para llorar.
Generaciones sin heroísmos, sociedades sin mayores hazañas, vuelcan su nostalgia en el ámbito del consumo garrafal. Somos Odiseos sin épica, sin una voz de la aurora proyectada en el camino. Llevamos la ciudad metida dentro de nosotros, como en el poema de Cavafis. Pero quiero pensar que sí hay otro mar y que la vida, en definitiva, no se ha destruido en todo el planeta.
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