Durante los ochenta, la realidad latinoamericana fue testigo de un retroceso en el desempeño nacional dado principalmente por la ausencia de responsabilidad fiscal y visión a largo plazo en los gobiernos. Costa Rica, a inicios de la década, no fue excepción a este fenómeno.
Hoy en día, más de 40 años después, se pueden extraer paralelismos en una coyuntura donde, a pesar de estar lejos de experimentar un retroceso en el ámbito macroeconómico, se está desarrollando una normalización preocupante de falta de perspectiva en nuestros gobernantes, la cual podría desencadenar una crisis social futura.
Concretamente, la pérdida de relevancia en la toma de decisiones de instituciones tales como el Ministerio de Planificación Nacional y Política Económica (Mideplan) y el hecho de que programas de gobierno de 24 páginas llegaran a Zapote, plasman esta situación. Haciendo referencia a la actualidad, es cuestión de tiempo para que un barco sin velas naufrague, y la falta de avance puede ser equivalente a un retroceso.
Si bien se le achaca, especialmente desde la izquierda, a la política de finales del siglo XX de ser antidemocrática, elitista y no abrirle las puertas a la población general, la misma fue responsable de la gestación de estadistas conocedores de la realidad nacional y sus implicaciones.
Aparte de las notables mejoras en aspectos relacionados al desarrollo social, el país obtuvo, más importantemente aún, una característica difícil de cuantificar, la vanguardia. El mismo gobierno costarricense que pudo ejercer un papel fundamental en la mediación de la crisis centroamericana, incluido aquí el conflicto interno en El Salvador, hoy posee una sociedad que percibe a El Salvador de Nayib Bukele como un ejemplo de país al cual aspirar en temas de gobernanza, evidenciado nuestra pérdida de iniciativa a nivel regional.
El desarrollo del multipartidismo, teniendo su cúspide a partir del 2014 con la victoria de Luis Guillermo Solís, ha conducido a una comprensión personalista de la política. En el sistema electoral actual, la falacia ad hominem se ha llegado a considerar como un reflejo de que ahora el pueblo despertó y no vota por partidos heredados, sino por hombres honestos que lleguen a brindar el tan deseado cambio.
Bajo la promesa del multipartidismo de brindar una variedad inmensa de alternativas democráticas para degustar, la Costa Rica de hoy carece de partidos con una agenda programática real, haciendo que realmente haya un menor potencial para el debate que en tiempos previos. Finalmente, en el ámbito práctico, los resultados positivos han sido poco visibles, con una creciente dificultad en la gestión legislativa debido a la amplia cantidad de agrupaciones políticas que no se nutren de una carta ideológica, sino del carácter de cada quien.
A pesar de todo esto, el mayor impacto del desarrollo del multipartidismo fue su capacidad de despojar de responsabilidad cívica al ciudadano, un principio fundamental para una democracia sólida. El costarricense actualmente es inducido a legitimar sus votos previos por medio de la aseveración de que era lo necesario para hundir la estima de otro grupo y no porque era lo que tenía en mente.
Por ejemplo, los cuestionamientos a la gestión de Carlos Alvarado eran reprendidos afirmando que era necesario evitar una presidencia de los ramashekos a todo costo, sin profundizar en lo que esto implicaba. El país, a grandes rasgos, lleva doce años votando en contra en un escenario donde el voto se convirtió en una lucha de egos y no una auténtica búsqueda del bienestar común. Esto es contraproducente, ya que motiva que raramente se lleguen a cuestionar los desaciertos en las decisiones previas, limitando así nuestra evolución intelectual. Mientras la discusión de ideas fomenta el progreso continuo de nuestro pensamiento, la discusión de personajes suele mantenerse estancada sin permitirnos mejorar como personas.
Como fue mencionado previamente, sería temerario omitir una diferencia sustancial entre ambas décadas. Mientras una fue protagonizada por una crisis, la otra se encuentra en el posible preámbulo de la misma. Sin embargo, la actual condición de una década caracterizada por la ausencia de grandes planteamientos puede desencadenar el colapso de nuestra sociedad actual.
Los desafíos y oportunidades a escala global son majestuosos. La Unesco, por ejemplo, ha advertido de los potenciales peligros futuros causados por la desigualdad en la alfabetización con respecto al uso de la Inteligencia Artificial (IA). Frente a esto, el país se queda atrás con aulas estatales que con costos pueden brindar alfabetización básica conforme a la tecnología, incluso siendo hogar de un pueblo que pudo atraer a una gran cantidad de capital extranjero cuando en tiempos previos el talento individual se mezclaba con la visión nacional.
La Costa Rica actual parece estar fundamentada en una curiosa contradicción. Nuestras ideas siguen tomando inspiración en gran medida de las grandes reformas de los tiempos pasados. Sin embargo, los costarricenses son testigos actualmente de una Costa Rica cortoplacista distinta a la que aparece en los libros de texto de Educación Cívica.
Estamos generando una sociedad inestable acostumbrada a un estilo de vida más alto que reclama un cambio a la fuerza sin terminar de comprender la naturaleza del mismo, he aquí que oximorones tales como la continuación del cambio resuenen profundamente en algunos coterráneos.
La inestabilidad política actual no tiene por qué terminar en un colapso. El primero de febrero, específicamente, será la oportunidad definitiva para enderezar el rumbo con el fin de impulsar el desarrollo de una nueva visión nacional coherente, una que pueda demostrar que las narrativas grandilocuentes y felices que se enseñan no son meras alegorías, sino ideales que existen y por los que vale la pena luchar.
