Cuando escribo, a veces puede parecerle a quien me lee que mi objetivo es simplemente contar una historia. Sin embargo, en realidad estoy abriendo una puerta a lugares de mí en los que pocas personas han entrado. Son espacios donde resguardo sentimientos que, en ocasiones, sacarlos duele o da miedo. Porque cuando una persona forma parte de la comunidad, entiende que las puertas no se abren de golpe: hay que hacerlo poco a poco, ganando confianza y avanzando. Es un proceso que a veces resulta complejo y, otras veces, sorprendentemente rápido.
La situación política de un país puede influir mucho en ese proceso. A veces nos impulsa a dejar que sentimientos escondidos salgan y florezcan; otras, por el contrario, nos llena de miedo y nos lleva a cerrar las puertas y no querer abrirlas nunca más.
En mis giras por Latinoamérica, recorriendo universidades y organizaciones LGBTQIA en países donde las legislaciones están más atrasadas o más avanzadas en materia de derechos humanos, he descubierto una espera profunda: el anhelo de que algo positivo ocurra. Existe una ilusión compartida de que mañana siempre puede ser mejor que hoy, y creer en ello nos conecta con la posibilidad de vivir algún día en plenitud y con seguridad. Como escritor, siempre he intentado transmitirle a la gente un mensaje claro: no dejemos de creer en eso.
Durante una gira por Honduras fui invitado a una entrevista de televisión en vivo para hablar de mis libros. Al ingresar al set, vi pasar a dos señores con biblias en la mano y me llevé la sorpresa de que se trataba de un debate televisivo con dos pastores evangélicos y una profesora universitaria. Mi nerviosismo era alto, porque debatir no es mi fuerte. Entonces decidí hacer lo que mejor sé hacer: contar historias. Hablé de mis libros y de mi vida, sin caer en enfrentamientos ni resentimientos; con respeto, pero también con pasión; con convicción, pero sin imposición. Al final del programa, uno de los pastores se acercó, me compró un libro y me dijo que, aunque no pensaba igual que yo, le había parecido interesante mi forma de contar mi historia. Así fue como, en mi gira por Centroamérica, el primer libro que vendí en Honduras fue a un pastor evangélico importante de ese país.
Luego me quedé pensando en cómo logré conectar con alguien cuyo pensamiento era completamente distinto al mío, y en por qué no somos capaces de hacer lo mismo como comunidad si compartimos una búsqueda común: una sociedad más inclusiva.
Tenemos un gran desafío como comunidad diversa, y ese desafío es la necesidad de construir un frente común a nivel social y político. Recientemente, en mi última gira por un país sudamericano, una ONG diversa me canceló una conferencia al enterarse de que también me presentaría con otra ONG LGBT del mismo país. Esta anécdota, más que jocosa, ejemplifica con claridad cómo muchas veces tendemos a establecer luchas por separado, como si se tratara de batallas individuales.
Si entendiéramos el tamaño real de nuestra comunidad como una fuerza política, podríamos tener la capacidad de incidir de manera proactiva en las decisiones públicas. Hace falta una introspección colectiva: ¿cuál es realmente nuestra capacidad de hacer alianzas?, ¿de ponernos de acuerdo?, ¿de sembrar las bases de una comunidad política que pueda velar por nuestros derechos, no solo desde la victimización, sino desde la incidencia temprana? ¿Qué estamos haciendo hoy para lograrlo?
Vale la pena preguntarse, por ejemplo, si la marcha de la diversidad en junio —una manifestación política necesaria que disfruto cada año— no está desfasada del cronograma electoral. De poco sirve marchar unidos en junio si en febrero miramos hacia otro lado. No sirven de nada la música, los colores y la plaza pública al final de la caminata del Pride si, meses antes, terminamos apoyando a un candidato conservador, defensor de la familia tradicional, que representa todo lo contrario de lo que somos.
Estamos en un mes decisivo. No podemos ignorarnos ni obviar las posiciones de quienes quieren gobernarnos desde el odio. No podemos escapar de nuestra responsabilidad, no solo cívica, sino también de amor propio: ese amor que nace de pertenecer a una comunidad que lucha y donde la defensa debe venir de todas y todos.
Esta es una invitación sencilla, pero sentida: votar con responsabilidad, no podemos equivocarnos cuatro años más, no debemos como comunidad votar por el continuismo. Debemos vivir esta fiesta con alegría, sí, pero sin ignorar los rostros anónimos de quienes sufren; de quienes se esconden detrás de los discursos irresponsables de gobiernos o candidatos que no buscan otra cosa que el retroceso. Necesitamos más comunidad en febrero, en las urnas.
Un Pride con crayolas que nos recuerde a los miles que caminamos en junio por quienes no pueden hacerlo. Necesitamos papeletas marcadas con el compromiso de que no solo queremos un país mejor para nuestras familias y amistades, sino también para nosotras y nosotros, les invito a revisar las posiciones de los candidatos y votar con la mente y el corazón, para defender lo que somos y lo que significamos, para acercarnos, por fin, a una sociedad donde nadie tenga que cerrar puertas ni esconderse.
Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.



