Juego de números.
El viernes, en Café Para Tres, pasó algo simpático y perfectamente predecible en plena campaña electoral: una frase que dije en vivo —en medio de un bloque largo y contextualizado— fue recortada, aislada y reinterpretada como si dijera otra cosa. No pasa nada. En la guerra, en el amor y en TikTok, todo vale.
Dije esto: creo que Natalia Díaz tiene más posibilidades de ganarle en segunda ronda a Laura Fernández que Álvaro Ramos.
No dije que:
A) vaya a haber segunda ronda, ni que
B) Natalia sea la que más posibilidades tiene contra Laura.
Mi comparación fue taco a taco entre Díaz y Ramos por dos razones simples:
- Ramos es quien hoy aparece segundo con más consistencia en las encuestas.
- Ramos es quien carga, con más consistencia, los números de rechazo más altos.
Hablemos con claridad: Natalia no tiene hoy intención de voto alta, pero tampoco tiene anticuerpos fuertes. En un balotaje —si es que lo hay— eso importa. Porque la aritmética cambia: ya no gana el más querido; gana el menos resistido. Y si comparamos a alguien con poco arrastre pero poco rechazo vs. alguien con más arrastre pero rechazo alto, el “pareo” se mueve.
Eso no significa que vaya a pasar, que sea probable, ni que sea “la opción correcta”. Significa que, si su marco mental es “¿quién podría ganarle a Laura en segunda?”, entonces no basta con ver quién va segundo hoy: hay que mirar quién llega con menos veto encima.
¿Cuál es el punto de Díaz?
Abordé este tema en el programa porque Natalia visitó OPA la semana pasada y se presentó como “el voto inteligente”, aduciendo que ella puede ganarle en segunda ronda a Laura Fernández. Más allá de que Natalia lo plantea a su favor (lo cual es natural), el concepto detrás de su argumento es real: el “voto inteligente”, entendido como “votar contra alguien”, se juega en segunda ronda, no en primera. Ella dice “soy yo”. Yo dije “eso es ambicioso”. Y a la vez dije algo que —según los datos de rechazo— no es descabellado cuando la comparación es con Ramos.
La clave: segunda ronda ≠ primera ronda
Nada de esto es novedoso. En primera ronda, la pregunta dominante suele ser: “¿quién me representa mejor?”. En segunda, para muchos cambia a: “¿con cuál de estos dos puedo vivir?” o, más crudamente, “¿a cuál rechazo menos?”.
Por eso el llamado “voto inteligente” no consiste en elegir al que va segundo hoy, sino en entender quién podría ganar mañana cuando el electorado se reduce a dos opciones.
Ya lo vimos:
2018: Fabricio Alvarado ganó la primera vuelta y perdió la segunda.
2022: Figueres ganó la primera vuelta y perdió la segunda.
Dato que a veces se olvida: Rodrigo Chaves obtuvo 16,78% de los votos válidos en primera ronda y con eso le alcanzó para clasificar… y luego ganar el balotaje. A ese tipo de maniobra están apostando muchas candidaturas cuando el tablero se fragmenta.
Hoy el panorama es distinto
Sobra decirlo: este 2026 las condiciones no son iguales. La intención de voto no está tan repartida como antes y el apoyo a Fernández luce lo suficientemente robusto como para que no pueda descartarse un triunfo en febrero.
La apuesta de sus contendientes es entonces doble:
- Que el grueso de indecisos se disperse hacia otras opciones y
- que eso impida que Fernández alcance el 40%… para que exista la puerta del balotaje.
Popularidad no es viabilidad
Aquí está el punto que más se confunde: popularidad en primera ronda no es lo mismo que viabilidad en segunda ronda. A eso se refería Óscar Arias cuando le dijo a Figueres que “los números no le dan”. Y no le dieron.
Las más recientes encuestas (CIEP-UCR, Demoscopía, OPOL, Idespo) vienen mostrando algo incómodo pero consistente: la intención de voto y el rechazo no se distribuyen igual.
Hay candidaturas con números más altos hoy, pero con anticuerpos fuertes (Ramos es el caso obvio). Y hay candidaturas con números modestos, pero con niveles de rechazo bajos (Natalia es un ejemplo, entre otros).
Esto no es opinión: es un patrón que se repite cada vez que se mira la pregunta “¿por cuál nunca votaría?”.
Gráfico preparado por Trivisión a partir de los datos de Demoscopia.
Entonces… ¿qué dice la data?
Al día de hoy, lo más consistente de diciembre e inicios de enero dibuja esto:
- Laura Fernández lidera con claridad la primera ronda y, dependiendo de participación y abstencionismo, no puede descartarse su elección en febrero.
- Si hay segunda ronda, la clave no será quién arranca primero, sino cómo se redistribuyen los rechazos.
- Álvaro Ramos aparece de forma consistente como una de las figuras con mayor rechazo agregado, incluso entre indecisos.
- Otras candidaturas —incluida, sí, Natalia Díaz— muestran menor rechazo, aunque también menor arrastre inicial.
Eso no es una predicción. Es una descripción del tablero.
El verdadero error del “voto inteligente”
El error más común es creer que el voto inteligente consiste en migrar en bloque hacia quien hoy aparece segundo, como si la foto actual garantizara la película completa. La experiencia electoral costarricense —y la evidencia empírica— dicen otra cosa: en segunda ronda, la gente rara vez vota por entusiasmo. Vota, sobre todo, por descarte.
Por eso, más que preguntar “¿quién va de segundo?”, para quien se plantea votar así conviene preguntarse:
- ¿Quién genera menos rechazo transversal?
- ¿Quién podría sumar votos ajenos en un escenario polarizado?
- ¿Quién no activa reflejos de veto automático?
Responder eso no es hacer campaña. Es pensar el proceso con seriedad.
Hablar de segunda ronda exige cambiar el marco mental, no repetir consignas. La democracia no se fortalece con frases hechas ni con clips virales, sino con ciudadanía informada capaz de distinguir entre lo probable, lo posible y lo deseable.
Entender esa diferencia no garantiza acertar. Pero confundirla sí garantiza equivocarse. Y en un contexto tan cargado de ruido, pensar con claridad ya es una forma de responsabilidad cívica.



