Voy a decir algo poco popular: la mayoría de las metas que nos proponemos a inicio de año no fracasan por falta de disciplina, sino por autoengaño. Nos prometemos cambios enormes sabiendo, en el fondo, que no estamos dispuestos a sostenerlos cuando la emoción inicial se apague. Y, aun así, cada enero repetimos el mismo guion.
Para 2026, creo que el verdadero reto no es proponerse más objetivos, sino dejar de mentirnos sobre cómo funcionamos realmente. El entusiasmo inicial nos ha hecho más daño que bien.
Hemos romantizado empezar fuerte: madrugar de golpe, cambiar todos los hábitos a la vez, exigirnos una versión ideal que solo existe en los primeros diez días del año. El problema es que la vida no se ajusta a ese entusiasmo. Llegan el cansancio, los imprevistos, la rutina… y ahí es donde las metas se caen.
Mi postura es clara: si una meta solo funciona cuando estás motivado, no es una meta sostenible. Es un pico emocional.
Por eso vamos a ir viendo algunos puntos clave para iniciar el 2026 con toda la actitud:
El abandono no es pereza, es saturación
No solemos fallar por no hacer nada, sino por querer hacerlo todo. Metas físicas, profesionales, personales, económicas… todas al mismo tiempo. El resultado no es progreso, es agotamiento.
Para 2026, creo que necesitamos normalizar algo incómodo: avanzar poco, pero avanzar de verdad. Menos metas, menos ruido y más foco. No es falta de ambición; es madurez.
Herramientas hay muchas, compromiso hay poco
Nos encanta buscar la app perfecta, el método definitivo, la agenda ideal. Pero rara vez nos preguntamos si estamos dispuestos a usarla cuando no apetece. En mi opinión, la herramienta correcta es la que no te exige ser una persona distinta a la que ya eres.
Lo que funciona no es lo más bonito ni lo más complejo, sino lo más simple y repetible. Todo lo demás es procrastinación elegante.
Disciplina: dejar de tratarla como castigo
Otro error frecuente es asociar disciplina con dureza extrema. Como si cumplir metas implicara sufrir constantemente. Yo creo lo contrario: la disciplina real es una forma de autocuidado.
No se trata de exigirte hasta romperte, sino de cumplirte incluso en días normales, mediocres, cansados. Ahí es donde se construye algo que dura.
Ajustar no es rendirse
Abandonamos metas porque creemos que fallar un día invalida todo el proceso. Esa idea es absurda, pero muy común. Cambiar el plan, reducir el ritmo o replantear una meta no es fracaso; es inteligencia.
Para iniciar 2026, quizá el compromiso más honesto no sea prometer resultados espectaculares, sino no abandonar a la primera dificultad. Empezar con menos ruido, menos presión y más coherencia. Apostar por la constancia antes que por la intensidad.
No escribo esto desde un pedestal. Lo escribo desde el mismo lugar en el que muchos estamos ahora. Yo también he fallado en mis promesas de año nuevo. También he empezado con fuerza y he abandonado en silencio. También me he frustrado por no sostener cambios que, en teoría, quería más que nada.
Por eso, si hoy comparto estas ideas, no es para decirte cómo hacerlo “bien”, sino para aportar mi granito de arena como profesional y como persona que ha aprendido —a veces a golpes— que el verdadero cambio no empieza con metas perfectas, sino con una mirada más honesta hacia uno mismo. Durante años quise un cambio radical cada enero, creyendo que esta vez sí sería distinto. Y no lo fue… hasta que dejé de exigirme ser alguien que no era y empecé a construir desde donde realmente estaba.
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