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¿Queremos seguir viviendo en democracia?

Costa Rica se encuentra a días de las elecciones nacionales para presidencia y diputaciones, unas elecciones marcadas por el desencanto y desconfianza hacia la democracia, la política y las instituciones públicas, sin embargo nada de esto es nuevo y es un fenómeno creciente ya conocido en elecciones pasadas. Lo distinto de estas elecciones, es que hay un movimiento con una aparente ventaja nunca antes vista en comparación a sus opositores, me refiero al movimiento de la continuidad. Un movimiento con un discurso que se ha atrevido a cuestionar todo lo que damos por sentado y lo que entendemos por democracia. Por primera vez en nuestra historia democrática, estas elecciones abren la siguiente pregunta: ¿Queremos seguir viviendo en democracia? (al menos esa democracia costarricense por la que durante décadas hemos sido destacados a nivel mundial).

Pareciera que un sector importante de nuestra sociedad está listo para decidir que no. A la misma vez, muchos otros discursos urgen cautela y salen a la defensa de nuestro sistema, pero no logran el mismo nivel de visibilización que el discurso del continuismo. Lo cierto es que declaraciones como “Yo confío en el Tribunal Supremo de Elecciones” o “Yo confío en nuestra democracia” hoy son polémicas. Lo cual demuestra el desgaste enorme de nuestra sociedad y nuestro Estado, que han dejado a sectores marginados y desatendidos por años. Un desgaste evidente desde mucho tiempo atrás, pero que ya no puede ser ignorado.

Costa Rica contaba con un bipartidismo que en su momento lograba representar de manera casi que religiosa a los y las costarricenses. Las familias eran de Liberación o de la Unidad pero poco a poco, escándalos de corrupción de ambos partidos, la diversificación de nuestra sociedad, un cambio en nuestros valores y grupos marginados por estos partidos, le fueron abriendo la puerta a la posibilidad de que otras agrupaciones políticas formaran parte importante de la composición legislativa y la presidencial. En su momento esto fue un punto de inflexión importante para nuestra democracia. El pueblo se planteó la disyuntiva: ¿permitir que los mismos discursos siguieran gobernando nuestro país de manera alternada? o, ¿darle oportunidad a nuevas organizaciones y discursos novedosos?. Esto fue un cambio abrupto e incierto para las personas que aún se sentían representadas por el bipartidismo y un momento histórico esperanzador para aquellas personas agotadas de la alternancia dual y sus problemas. El multipartidismo logró el propósito de sostener el sistema y el aparato estatal costarricense por un tiempo, pero al igual que el bipartidismo, falló en estar libre de corrupción, representar equitativamente a toda nuestra sociedad y luchar por los intereses de todos los actores del Estado.

De nuevo hoy nos encontramos en un momento crítico y de inflexión: ¿Dejar atrás nuestro sistema demócratico pluripartidista y constitucional? o ¿defenderlo y renovarlo para devolverle la chispa y el encanto? Para muchas personas que nunca se sintieron representadas por el bipartidismo o el multipartidismo, toca reformar nuestro sistema entero mediante la concentración del poder en el movimiento “Rodriguista” con 40 diputados. Para los que aún creemos en nuestra democracia, se percibe incertidumbre y miedo.

Si me preguntaran ¿Qué camino debemos tomar ?, de inmediato diría que toca salir a votar por una pluralidad de opciones que se alineen con nuestra Constitución y nuestros valores democráticos, y no aquellas que se basen en discursos con tintes autoritarios. Sin embargo, el momento en el que estamos debe ser un llamado a la atención de todos los partidos políticos a renovarse y atender intereses de grupos que ignoraron en el pasado. Por el contrario, si dejamos que gane la continuidad de Rodrigo Chaves y que con ello se instaure un sistema político autoritario, nos arriesgamos de nuevo a que solo unos cuantos sectores queden representados y resurja el descontento social generalizado, pero ahora con la imposibilidad de cambiar el rumbo de la política nacional debido a los derechos y garantías que se encuentran hoy en juego y que el continuismo amenaza con limitar.