Muchas personas —un par de pelados— me han preguntado por quién voy a votar, quizá porque la política es un tema que me apasiona y que no oculto. Sin embargo, nunca respondo con un nombre propio ni con una consigna. No digo: “vote por fulano de tal”. Mi respuesta suele ir por otro camino.
Yo les devuelvo la pregunta: ¿en qué cree usted?, ¿cuál es su forma de ver el mundo?, ¿qué cosas no está dispuesto a negociar? Porque antes de pensar en candidatos, partidos o campañas, creo que el voto es, ante todo, un reflejo de los principios que cada persona decide defender.
Cuando se tienen claros los ideales —en mi caso, el marxismo trotskista— el paso siguiente no es aplicarlos de forma acrítica, sino preguntarse qué proyecto político se aproxima más a esa visión del mundo sin traicionarla en la práctica.
En mi caso ocurre algo que puede parecer contradictorio: aunque me identifico con esa ideología, no buscaría implementarla como sistema de gobierno. No por falta de convicción, sino porque me parece, en términos políticos, idílica y altamente propensa al fracaso.
A mi juicio, las revoluciones obreras no fracasan por carecer de ideales, sino porque requieren una concentración de poder que, en la práctica, termina pervirtiendo el objetivo original. El problema no está en la meta, sino que en el camino que se recorre para alcanzarla se necesitan de virtudes excepcionales resistentes a la corrupción.
Por eso, si hablamos de sistemas políticamente viables y éticamente defendibles, me inclino por la socialdemocracia: no porque sea el modelo más radical, sino porque es el menos corruptible. Por otra parte, creo que el liberalismo puro padece el problema opuesto: depende de una virtud y autorregulación que el poder real nunca garantiza.
Pero bueno, basta de tecnicismos. Una vez que uno tiene clara su ideología, lo lógico es buscar qué partidos o candidaturas se acercan realmente a ella. Y ahí hay algo fundamental: no dejarse seducir por las palabras bonitas.
No basta con hablar bien ni con prometer mucho. La pregunta clave es otra:
¿Qué han hecho? ¿Esa candidatura que hoy se expresa con discursos impecables ha llevado esas ideas a la práctica? ¿O apareció de la nada, como si la historia política empezara el día que decidió postularse?
Porque una candidatura no se mide por lo que promete, sino por el camino que ha recorrido. Las convicciones no se prueban en campaña, se prueban en las acciones previas. Y ahí es donde se separa el discurso de la coherencia.
Dicho todo esto, ¿por quién voy a votar? Voy a votar por una persona que se adapte a mis ideales, que a lo largo de su vida haya demostrado coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. No me interesa la perfección ni que la persona candidata piense exactamente igual a mí —porque el único candidato que piensa exactamente igual a mí sería yo mismo—, sino la consistencia: alguien cuyas decisiones pasadas permitan anticipar cómo actuará cuando el poder deje de ser una promesa y se convierta en una responsabilidad real.
Votaré por quien entienda la política no como un atajo para el beneficio personal ni como un espectáculo, sino como un ejercicio constante de límites, renuncias y prioridades. Por quien reconozca que gobernar implica elegir, y que elegir siempre supone dejar algo fuera. Que acepte críticas y no se pelee con quienes lo critican, por el contrario, que sepa negociar y encontrar ese punto medio.
En ese sentido, mi voto no responde a una persona salvadora ni a un discurso emotivo de temporada electoral. Responde a una forma de ver el mundo, a un conjunto de valores que considero irrenunciables y a la convicción de que la democracia se fortalece cuando el voto es una decisión pensada, no un acto de fe.
