La estrategia comunicacional del movimiento es clara: presentarse como los auténticos defensores del pueblo, de los humildes, de los sencillos, de los históricamente relegados del poder político, en abierta confrontación con los sectores políticos históricamente privilegiados y favorecidos —los llamados “ticos con corona—. Sin embargo, esa narrativa ha comenzado a ser cuestionada a partir de señalamientos públicos de clasismo y elitismo dirigidos a la propia Cisneros desde el Plenario Legislativo.

Como periodista, doña Pilar ha sido ampliamente reconocida por su disciplina, su capacidad argumentativa y su oficio riguroso frente a la cámara. No obstante, es en su faceta como legisladora donde, por primera vez en su trayectoria pública, ha sido interpelada no por sus ideas, sino por el trasfondo social que parecen revelar algunas de sus expresiones.

Episodios bajo la lupa

El señalamiento más directo ocurrió cuando, en el Plenario Legislativo, increpó públicamente a la diputada del Frente Amplio, Sofía Guillén, al manifestarle: “Usted, como economista, es un fracaso administrando su millonario salario”, dejando entrever la incomprensión de que una legisladora no viviera en un condominio de lujo y continuara residiendo en su barrio.

Las reacciones no se hicieron esperar. Ariel Robles, Jonathan Acuña, Antonio Ortega y Priscilla Vindas, compañeros de bancada de Guillén, criticaron esa visión de éxito asociada exclusivamente al estatus económico, considerándola una expresión de clasismo incompatible con la representación popular.

A ello se sumó otro episodio mediático: la negativa de la diputada Cisneros a recibir al sector arrocero y el rechazo simbólico del gallo pinto sin arroz que le fue ofrecido, gesto interpretado por algunos sectores como desdén y desprecio hacia determinados grupos sociales.

¿De dónde nace el clasismo?

El clasismo no surge de manera espontánea. Generalmente se aprende, se hereda y se reproduce durante la infancia y la adolescencia, a partir de lo que se oye, se observa y se normaliza dentro del entorno familiar y social.

El dinero, la profesión, la vestimenta, el barrio, la apariencia física y la noción de estatus social moldean —consciente o inconscientemente— la forma en que se mira y se valora al otro. El clasismo no siempre grita; a veces se filtra en una frase, en un gesto, en una negativa. ¿Es posible que los líderes reproduzcan las mismas jerarquías que dicen combatir?

Determinar si doña Pilar estuvo expuesta a estas influencias pertenece al ámbito de su vida privada. Pero preguntarse si fue permeada por manifestaciones clasistas en su Lima natal o en la Costa Rica que la recibió en los años setenta es un análisis pertinente, dada la influencia política que hoy ostenta.

La Costa Rica que la recibió

Pilar Cisneros dejó su natal Perú en 1972, a los 22 años, tras una decisión familiar motivada por las represalias sufridas por su padre, Máximo Cisneros, abogado de reconocido abolengo, luego del golpe militar encabezado por Juan Velasco Alvarado, quien derrocó al presidente Fernando Belaúnde Terry en 1968. Al momento del golpe, ella tenía apenas 18 años.

La Costa Rica de los años setenta era un país distinto. La joven estudiante de periodismo se encontró con una sociedad universitaria en plena efervescencia social, influenciada por ideas progresistas, igualitarias y contestatarias.

La Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, creada en 1968, era un semillero de pensamiento crítico, y el movimiento estudiantil protagonizaba luchas emblemáticas, como la oposición a la transnacional ALCOA en 1970.

Estos movimientos luchaban por mejores condiciones socioeconómicas y mayor participación democrática, en el marco de la Guerra Fría y bajo la sombra del derrocamiento de Salvador Allende en 1973, hecho que incorporó docentes chilenos a la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva (ECCC-UCR).

San José aún respiraba un aire de pueblo pequeño, “un cafetal con luces”, como decían los abuelos. Pensar que ese entorno universitario y su ciudad promovieran valores clasistas resulta, cuando menos, improbable.

Con mis propios ojos

A inicios del siglo XXI, durante la administración de Abel Pacheco de la Espriella, tuve el privilegio de formar parte del Servicio Exterior de Costa Rica en la Embajada en Lima, Perú. Allí acompañé al embajador Julio Suñol Leal (q. D. g.), periodista, fundador del Colegio de Periodistas, director del Diario de Costa Rica y La Hora, y autor de obras como Robert Vesco compra una República, Insurrección en Nicaragua y La noche de los tiburones.

Siguiendo su consejo, caminé Lima y la conocí a pie. Don Julio solía recordarme, parafraseando a Miguel de Unamuno, que “lo bonito del viaje es el torna viaje”, poder regresar, ver y comparar las culturas.

Visité iglesias y parques, exploré la historia del Perú y su relación con Costa Rica, desde aquel empréstito de 100.000 pesos destinados para la compra de armas durante la Campaña Nacional contra Los Filibusteros, hasta la obra de escritores como Ricardo Palma, César Vallejo, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, José Carlos Mariátegui, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique, de quien me atrapó especialmente su crítica a la élite limeña.

Confirmé que el Perú es, como dijo Antonio Raimondi, “un mendigo sentado en un banco de oro”, y que la teoría espacio-temporal de Víctor Raúl Haya de la Torre cobra vida en sus calles: en un mismo país y en un mismo tiempo conviven realidades del Primer Mundo con personas y comunidades ancladas en la época colonial, generaciones permanecen estancadas nacen y mueren en una misma realidad que nunca cambia. .

Distritos como Miraflores y San Isidro exhiben una Lima pulcra y opulenta, parques llenos de flores, aceras impecables, cafeterías, restaurantes y clubes que no envidian los goces de Europa, mientras en los arenales, miles de familias sobreviven sin servicios básicos.

Villa El Salvador fue el ejemplo más impactante: un asentamiento surgido de la exclusión y las amenazas del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), transformado por el esfuerzo comunitario en una ciudad modelo, de artesanos de la madera, al punto de ser postulada al Premio Nobel de la Paz en los años ochenta.

También observé prácticas que revelan jerarquías profundas: empleadas domésticas —las cholitas uniformadas en los supermercados, hasta en las playas en medio verano—, choferes y jardineros al servicio de familias de alcurnia; clubes que restringían el ingreso por apariencia o color de piel; y, a pocos metros, trabajadores comiendo por tres soles –1 dólar- , sin perder la dignidad del buen comer peruano, con entrada, plato fuerte, postre y “yapa”, por si se desea repetir el fresco, la bebida, chicha morada, por lo general.

Anécdotas de antaño

La esposa del embajador, doña Victoria, era peruana y bisnieta de Víctor Larco Herrera, senador, ministro de Hacienda y diplomático a inicios del siglo XX, considerado uno de los hombres más acaudalados de su tiempo.

Recordaba que una de las haciendas de su bisabuelo colindaba con tres países y que el oro podía extraerse a poca profundidad. Esa fortuna permitió financiar el Hospital Psiquiátrico Víctor Larco Herrera y apoyar al Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, legado cultural que aún perdura.

Entre sus recuerdos de infancia, evocaba viajes familiares desde el puerto del Callao, hacia el puerto de Buenos Aires, Argentina, en un hotel que había comprado su bisabuelo—hoy convertido en un establecimiento cinco estrellas—, acompañados de la servidumbre y hasta de una vaca que ordeñaban diariamente para dotar de leche fresca a la “nietada”. El viaje, de ida y vuelta, se prolongaba por varias semanas, como si el tiempo también fuera un privilegio heredado.

Estas anécdotas acentuaron ante mis ojos las profundas brechas sociales del país y dieron paso a preguntas inevitables en la realidad política actual:¿Cómo era la Lima en la que vivió y creció doña Pilar Cisneros? ¿Pudo haber interiorizado esas diferencias sociales desde temprana edad? ¿De qué manera, y en qué medida, influyó la sociedad limeña en su forma de mirar el mundo y de ejercer hoy el poder político?

¿Representantes del pueblo?

Hoy, las manifestaciones de clasismo no son explícitas, pero los contrastes son evidentes. Doña Pilar, según sus propias declaraciones, no respaldó inicialmente la candidatura de Laura Fernández Delgado, mujer de origen humilde, creyente, cuya exposición pública ha sido cuidadosamente limitada.

Ese trato contrasta con el brindado, cuatro años atrás, a Rodrigo Chaves Robles, exfuncionario del Banco Mundial, residente en Monterán y propietario de viviendas en Letonia y Portugal, según información divulgada en el Plenario Legislativo por el diputado Eliécer Feinzaig Mintz.

En la narrativa electoral del “movimiento chavista” se muestran como los adalides del pueblo, y por otro lado expresiones miden el éxito por el barrio o el condominio donde se vive.

La polémica alrededor de Pilar Cisneros no es solo política: es un espejo de  las brechas sociales que Costa Rica prefiere no mirar, los iguales no siempre parecen tan iguales, y cuando el poder habla del pueblo con realidades muy distantes del pueblo, se debe voltear a nuestros ancestros, como reza la Patriótica Costarricense que no envidia los goces de Europa, porque es mil veces más bella mi tierra, así no rememorar tiempos de coronas y virreinatos.

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