Después de ver tantos comentarios de intelectuales —y no tan intelectuales— sobre humanismo, derecho internacional, soberanía, e incluso declaraciones de la nueva usurpadora venezolana hablando de supuestas conspiraciones sionistas, considero necesario fijar una posición clara frente a tanta confusión moral, relativismo selectivo y superioridad intelectual mal entendida.
Estos llamados “humanistas”, usualmente de izquierda, critican la intervención de Estados Unidos en Venezuela, pero como suele suceder, se enfocan en censurar al “imperio” y no en celebrar la libertad. Nunca dicen nada sobre las violaciones sistemáticas de derechos que sufren los ciudadanos bajo dictaduras, ni proponen soluciones reales más allá de discursos vacíos. La misma hipocresía se ha visto en conflictos como Israel–Gaza: mucho bla, bla, bla, pero pocas —o ninguna— propuesta concreta que ayude a la gente que realmente sufre.
A menudo se creen intelectualmente superiores dentro de sus círculos ideológicos, viviendo de pensiones o salarios millonarios financiados por el Estado —es decir, por todos nosotros— mientras critican desde la comodidad a quienes intentan mejorar la libertad y la seguridad de millones de personas.
Creo que compartir la intención de mejorar la vida de las personas es universal. Sin embargo, donde difiero con estos “humanistas” es en la forma en que entienden la política y la acción internacional. No veo la política como una religión ni como un equipo de fútbol. No dejo que la adoración o el odio hacia un líder nuble mi juicio, ni considero que todo lo que haga un partido sea automáticamente bueno o malo.
Eliminar a un dictador no es un acto ideológico; es un acto moral. El pueblo de Venezuela —y el mundo— está mejor hoy con un criminal fuera del poder. ¿El petróleo podría ser un factor? Posiblemente. Pero incluso si lo es, prefiero que esos recursos estén bajo la influencia de países que, aunque imperfectos, históricamente han promovido la libertad, y no en manos de regímenes como China, Cuba o Irán. Entre malas opciones, se elige el menor de los males.
Pretender que un dictador pueda ser removido sin ningún tipo de intervención es ilusorio. Estos regímenes no solo gobiernan: compran y controlan instituciones, fuerzas armadas, tribunales y estructuras económicas enteras. Esas redes deben ser desmanteladas, y es irreal esperar que un país empobrecido y devastado pueda hacerlo por sí solo. No hay otra opción viable.
Una política rígida de no intervención, mientras superpotencias peores expanden activamente su influencia, no es moralmente correcta; es negligencia. Nunca se ha visto a millones de personas huir hacia China, Cuba o Irán. Sí se ha visto a millones huir de ellos. Esa realidad importa más que cualquier teoría abstracta.
A quienes afirman que estas acciones buscan distraer de procesos judiciales o de encuestas, vale decirles que ese argumento no resulta convincente. Tanto republicanos como demócratas tienen bases políticas relativamente fijas; los cambios de opinión a corto plazo rara vez determinan decisiones de esta magnitud. Movimientos de este tipo se planifican y coordinan durante meses. Reducirlos a “política de distracción” ignora cómo funcionan realmente los gobiernos.
Las fallas recientes de la política exterior estadounidense son evidentes. La administración Obama permitió que miles de millones de dólares fluyeran hacia Irán, fortaleciendo un régimen que financia el terrorismo y desestabiliza regiones enteras. La administración Biden, con su pasividad y renuencia a proyectar poder, no corrigió ese error; lo profundizó. Peor aún, abandonar al socio más importante de Estados Unidos en Medio Oriente para complacer a su base radical izquierdista dice mucho sobre sus prioridades morales: se eligió la conveniencia política por encima de hacer lo correcto. Ninguno de estos enfoques hizo al mundo más seguro; ambos fortalecieron a regímenes autoritarios en Irán, China, Turquía y otros.
Entiendo el ideal de adherirse estrictamente al derecho internacional. En principio, está diseñado para prevenir abusos y proteger a los más débiles. Pero en la práctica, el sistema falla no por accidente, sino por diseño y cobardía política. Se aprueban resoluciones, se emiten declaraciones y se lanzan misiones, mientras los tiranos consolidan poder, las redes criminales prosperan y millones de personas sufren. Cuando la ley se convierte en retórica sin aplicación, aferrarse a ella no protege a los oprimidos: los abandona.
Invocar soberanía y legalidad mientras un régimen criminal permanece en el poder no es defender la ley; es complicidad pasiva. Cuando los mecanismos multilaterales quedan atrapados por vetos, intereses contrapuestos y parálisis burocrática, la acción unilateral no es un capricho del poderoso, sino la consecuencia del fracaso colectivo. No, actuar fuera del derecho internacional no es ideal. No, nadie elegiría ese camino si existieran alternativas reales. Pero a veces, la cruda realidad es que no las hay.
Históricamente, el liderazgo importa. Las políticas que confrontan la tiranía, protegen a los vulnerables y estabilizan regiones tienen efectos reales y medibles. No necesariamente coincido con cada acción ni con el carácter de líderes como Trump, pero sería intelectualmente deshonesto ignorar que en el último período se han visto resultados positivos concretos en el escenario internacional. A veces, proteger a las personas y promover la libertad exige decisiones firmes, incluso cuando el sistema falla.
El criterio final debe ser el resultado para quienes sufren, no la pureza del proceso cuando ese proceso está roto. Esperar indefinidamente a que el derecho internacional actúe cuando no existe capacidad real de hacerlo cumplir no es principio; es complicidad.
El Partido Demócrata gobernó de manera más efectiva cuando lo hizo desde el centro. Clinton entendía la disuasión, el poder y el pragmatismo. El abandono de ese enfoque centrista generó un efecto péndulo que fortaleció a los extremos de ambos lados. Hasta que Estados Unidos recupere su centro político, este ciclo seguirá dañando tanto al país como al mundo libre.
Sobre el tema judío: esto no tiene que ver con nosotros los judíos. Pero ya que se ha intentado introducir el tema, vale decirlo con claridad: lo mejor para nosotros es un Israel fuerte, un Irán debilitado, la expansión de los Acuerdos de Abraham y una lucha frontal contra el antisemitismo. El antisemitismo existe en todas las ideologías, pero hoy es particularmente visible y tolerado en sectores de la izquierda radical, y debe ser confrontado y erradicado sin excusas ni relativismo moral.
Estados Unidos, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el pilar central del mundo libre. Su sistema de libertades, su emprendimiento y su economía han sacado a más personas de la pobreza que cualquier otro modelo en la historia. Las sociedades privilegiadas tienden a olvidar las luchas que hicieron posibles esas libertades y subestiman lo que ocupa su lugar cuando el liderazgo estadounidense se retira.
Para concluir, estos últimos acontecimientos y la reacción de ciertos partidos políticos en Costa Rica me han dejado aún más claro por quién jamás podré votar: el Frente Amplio, el PAC y el actual PLN. Su ambigüedad moral, su relativismo selectivo y su incapacidad para condenar con claridad a las dictaduras los colocan sistemáticamente del lado equivocado de la historia.
Está por verse si estos acontecimientos lograrán realmente liberar al pueblo venezolano. El panorama sigue siendo incierto y los nublados no aclaran del todo. Pero, sin lugar a dudas, hoy están un paso más cerca de la libertad que ayer.
Ojalá Costa Rica sepa elegir bien. Ojalá elija el camino de la libertad, la responsabilidad y el liderazgo moral, y no el de la complacencia ideológica que siempre termina pagando la gente común.
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