Hace unos días, en una conversación entre amigos, alguien dijo que la vida es como un bus y que uno no es más que un pasajero. Que no tenemos control real sobre el destino final, ni sobre cuándo nos bajamos, ni sobre si el trayecto será largo o corto, cómodo o doloroso. Nadie nos avisa de una enfermedad, de una pérdida, de una crisis económica o de una traición. Podemos tomar precauciones y, aun así, la vida nos sorprende. Y casi siempre, no de la mejor manera.

Hasta ahí, la metáfora es honesta. Pero lo que más me quedó dando vueltas fue otra cosa que mencionó: que, aun siendo pasajeros, hay personas —como yo misma— que intentamos darle manotazos al volante. No porque creamos que controlamos algo, sino porque queremos, al menos, intentar cambiar un poco la dirección.

Cuando los deseos no alcanzan

A final de año solemos hacer balances y propósitos. Pensamos qué cambiar, qué corregir, qué queremos que sea distinto en el año que empieza. Y algo parecido ocurre cuando pensamos en el país. Cada inicio de año abundan los deseos: que todo mejore, que las cosas cambien, que haya más oportunidades para todos.

El problema es que los propósitos que no se traducen en acción se quedan en buenas intenciones. Y en política eso es especialmente evidente. Esa distancia persistente entre lo que deseamos y lo que efectivamente ocurre es, en buena medida, lo que explica por qué algunos, aun sabiendo que somos pasajeros, sentimos la necesidad de darle manotazos al volante.

Los resultados de esa inercia están a la vista. Hace unas cuantas décadas sobresalíamos en varias materias. Hoy, incluso países centroamericanos —frente a los cuales nos considerábamos muy superiores— ya nos rebasaron. No fue casualidad ni mala suerte, sino el resultado de años de postergar cambios, de administrar inercias y de confundir estabilidad con inmovilidad.

La política, aunque esté profundamente desprestigiada, sigue siendo la herramienta con la cual se construye —o se deteriora— el bienestar de la ciudadanía. Ahí se deciden los impuestos, los servicios, las reglas del juego y quiénes cargan con los costos. No es un asunto abstracto ni lejano: nos afecta todos los días, aunque estemos convencidos de que mantenernos al margen es una opción.

El problema no es el camino, es quién maneja

Y cuando uno mira quién ha tenido el control de esas decisiones durante tanto tiempo, la causa se vuelve evidente. El problema es que el volante lleva demasiado tiempo en las mismas manos. Son las manos de personas que viven del sistema, que lo acomodaron a su conveniencia y que no tienen ningún incentivo para cambiarlo. Mientras sigan ahí, ninguna reforma estructural se va a concretar y, por lo tanto, esos deseos no pasarán de ser eso: deseos, por más que los repitamos cada enero.

Involucrarse en política no es fácil ni agradable. Tiene costos. A uno lo desacreditan, lo tachan de corrupto, de inmoral, de vividor, incluso antes de actuar. Es un espacio duro, lleno de resistencias. Pero también es el lugar donde se toman las decisiones. Y dejar ese espacio exclusivamente en manos de quienes solo buscan beneficiarse garantiza que el país siga exactamente como está.

Volviendo a la metáfora del autobús, quizá no podamos decidir cuándo ni cómo termina el viaje; pero, al pensar en los propósitos de año nuevo, vale la pena preguntarse si no es momento de algo más que desear: participar, exigir y empujar cambios. Porque la resignación también es una decisión. Y porque renunciar a involucrarse no nos deja fuera del sistema: simplemente nos deja sin voz dentro de él.

Durante años hemos aceptado el relato de que cualquier intento de mover el volante es peligroso. Que cambiar la ruta implica riesgos que es mejor evitar. Pero ese relato cómodo solo beneficia a quienes ya están sentados al frente, manejando sin contrapesos y sin urgencia por llegar a ningún lado distinto.

Sin embargo, la historia muestra otra cosa. Los países que lograron dar saltos reales en bienestar no lo hicieron esperando que las cosas mejoraran solas. Corea del Sur, Irlanda, Singapur, Nueva Zelanda o Estonia tomaron decisiones incómodas, rompieron inercias y cambiaron recetas que ya no funcionaban. No fue magia ni casualidad: fue acción política deliberada, sostenida y exigida por sociedades que entendieron que el costo de no cambiar era mayor que el riesgo de hacerlo.

Nosotros, en cambio, seguimos discutiendo como si las únicas opciones fueran volver al pasado o aceptar el autoritarismo porque “nada funciona”. Esa falsa dicotomía nos mantiene paralizados. Siempre hay un punto medio: uno que combine libertad, responsabilidad, reglas claras y un Estado que haga bien lo básico, sin estorbar ni secuestrar el futuro.

Tal vez muchos manotazos al volante no logren cambiar nada por sí solos. Pero suficientes manos empujando en la misma dirección sí pueden hacerlo. No para controlar el destino final, sino para evitar seguir dando vueltas en el mismo trayecto. Porque si algo ya sabemos es que quedarse sentado, mirando por la ventana, no ha sido una gran estrategia.

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