Los debates electorales suelen ser momentos incómodos. Exponen vacíos, nervios, inseguridades. Pero también revelan algo más profundo: hasta qué punto una candidatura tiene ideas propias o simplemente repite un libreto ajeno. En el caso de Laura Fernández, sus apariciones en los debates han generado más desconcierto que claridad, y no precisamente por la complejidad de los temas que se discuten.
Fernández no ha sido objeto de burla por razones triviales o por errores aislados. Lo ha sido porque, una y otra vez, demuestra no manejar los temas que pretende gobernar. Economía, institucionalidad, política social, seguridad: las respuestas suelen ser vagas, evasivas o construidas con frases hechas que no resisten una repregunta mínima. Cuando el formato exige profundidad, aparece el vacío.
Ante esa carencia, la estrategia parece clara: sustituir contenido por actuación. Gestos forzados, frases altisonantes, intentos de imitar el estilo confrontativo y desparpajado de Rodrigo Chaves, como si la teatralidad pudiera reemplazar el conocimiento. Pero la copia nunca funciona del todo. Lo que en Chaves algunos perciben como carácter, en Fernández se siente impostado, incómodo, a ratos francamente ridículo.
Ese desajuste no es solo un problema de forma. Es un síntoma. Laura Fernández no actúa como una líder política que propone un rumbo, sino como una vocera circunstancial de un proyecto que no controla. Sus intervenciones parecen pensadas más para satisfacer a quienes la rodean que para convencer a la ciudadanía. No habla desde convicciones propias, sino desde consignas prestadas.
Aquí aparece una pregunta inevitable: ¿quién manda realmente en esa candidatura? Cuesta no ver a Fernández como una marioneta política, utilizada por sus mentores —con Pilar Cisneros a la cabeza— para decir lo que otros no quieren decir directamente. Ella no diseña el discurso; lo ejecuta. No lo cuestiona; lo reproduce. No lo defiende con argumentos; lo declama.
El problema es que ese discurso no es inocuo. Está cargado de una visión del poder profundamente preocupante: desconfianza hacia los controles institucionales, desprecio por la prensa crítica, relativización del equilibrio de poderes y una constante insinuación de que los obstáculos democráticos son el problema, no la solución. No se habla abiertamente de dictadura, claro está, pero se normaliza la idea de que gobernar bien implica gobernar sin estorbos.
En ese contexto, Laura Fernández cumple una función específica: suavizar, maquillar, hacer digerible un proyecto autoritario para sectores del electorado que no votarían por él si se presentara sin filtros. Su rol no es liderar, sino comentar. No es construir país, sino justificar decisiones ajenas. Y cuando el comentario falla, cuando la improvisación la deja en evidencia, el resultado es el bochorno público.
Algunos dirán que la burla es injusta, que se trata de ataques personales. No lo es. En política, la crítica al desempeño es legítima, necesaria y saludable. Nadie obliga a una persona a aspirar a la presidencia. Pero quien lo hace tiene la responsabilidad mínima de prepararse, de estudiar, de pensar por cuenta propia y de respetar la inteligencia del electorado.
Costa Rica atraviesa un momento delicado. La erosión de la confianza institucional, el cansancio ciudadano y la tentación de las soluciones fáciles crean un caldo de cultivo peligroso. En ese escenario, las candidaturas sin sustancia, pero con obediencia, son especialmente dañinas. Porque no corrigen el rumbo: lo profundizan.
Laura Fernández no es el problema de fondo. Es el síntoma visible de un proyecto que necesita caras nuevas para ocultar ideas viejas y prácticas riesgosas. Los debates la han desnudado, no por crueldad, sino por simple contraste con la realidad. Y esa realidad nos exige algo mejor que imitaciones mal logradas y discursos dictados desde la sombra.
La democracia no se defiende con gestos ni con gritos. Se defiende con ideas, conocimiento y carácter propio. Justamente lo que, hasta ahora, esta candidatura no ha sabido mostrar.
