Mientras el mundo observa con atención las repercusiones geopolíticas de la reciente aprehensión del “expresidente” venezolano Nicolás Maduro y con ello se discute el futuro del petróleo venezolano y su impacto en mercados energéticos, existe un conjunto de recursos cuya importancia para la economía global es igual de estratégica, pero mucho menos discutida: las tierras raras. Estos minerales invisibles para el gran público sostienen tecnologías críticas que hoy alimentan desde la transición energética hasta los sistemas de defensa más sofisticados.
Un teléfono celular, un vehículo eléctrico, una turbina eólica o incluso un equipo médico de alta precisión dependen de estos insumos estratégicos. No se trata de bienes finales que el consumidor identifique fácilmente, sino de componentes intermedios sin los cuales la digitalización, la transición energética y buena parte de la innovación tecnológica moderna simplemente no serían posibles.
Las tierras raras agrupan 17 elementos químicos utilizados por sus propiedades magnéticas, ópticas y térmicas. Su importancia no radica en una escasez absoluta, pues muchos de estos elementos son relativamente abundantes en la corteza terrestre, sino en la complejidad técnica, ambiental y financiera asociada a su extracción y, sobre todo, a su procesamiento y refinación.
Este último punto es fundamental para entender el debate internacional. Actualmente, la producción y el procesamiento de tierras raras se encuentra altamente concentrado. Según análisis del Center for Strategic and International Studies (CSIS), China controla alrededor de 70% de la minería global, pero aproximadamente 90% de la separación y procesamiento de tierras raras, así como cerca del 93% de la fabricación de imanes permanentes críticos para tecnología avanzada, que son las más complejas y costosas de la cadena de valor. Esta posición dominante otorga una ventaja estratégica significativa y convierte a estos minerales en una herramienta de poder económico y geopolítico.
A diferencia del petróleo, que cuenta con mercados profundos, múltiples oferentes y reservas estratégicas en diversas regiones, las tierras raras presentan cadenas de suministro más frágiles y menos diversificadas. De esta manera, interrupciones en su provisión pueden afectar industrias completas, desde la manufactura tecnológica hasta sectores sensibles como la defensa, la aeronáutica y la seguridad energética.
No sorprende, por tanto, que las principales economías avanzadas hayan comenzado a replantear sus estrategias industriales. Estados Unidos, Japón y la Unión Europea han identificado la dependencia de minerales críticos como un riesgo estructural y han impulsado políticas orientadas a diversificar proveedores, relocalizar etapas productivas y fortalecer alianzas con países considerados estratégicamente confiables.
Por otra parte, la transición hacia economías bajas en emisiones de carbono introduce, además, una paradoja difícil de ignorar. Las tecnologías catalogadas como “verdes”, como los vehículos eléctricos, los paneles solares y las turbinas eólicas, son intensivas en el uso de tierras raras y otros minerales críticos. En otras palabras, la descarbonización no elimina dependencias, sino que las transforma y, en algunos casos, las profundiza.
Para países pequeños y abiertos como Costa Rica, aunque no sean productores de tierras raras, estas dinámicas no resultan ajenas. La inserción en cadenas globales de valor, la atracción de inversión extranjera en sectores tecnológicos y la apuesta por energías limpias implican una exposición indirecta a los riesgos asociados a la concentración de estos insumos estratégicos.
Así las cosas, choques en la oferta global, aumentos de precios o tensiones geopolíticas pueden trasladarse a mayores costos tecnológicos, retrasos en proyectos de infraestructura o presiones inflacionarias. Con mira en los comicios del 2026, ello plantea interrogantes relevantes para la política pública, la diplomacia económica y la estrategia de desarrollo de largo plazo.
Las tierras raras ilustran, en definitiva, un cambio más amplio en el orden económico internacional. La seguridad económica ya no depende únicamente de estabilidad macroeconómica o acceso a mercados, sino también del control y acceso seguro a insumos estratégicos. Así como el petróleo marcó buena parte de la geopolítica del siglo XX (y aún forma parte de los titulares), estos minerales están configurando silenciosamente las relaciones de poder del siglo XXI.
Abrir esta discusión no es un ejercicio académico ni una preocupación lejana. Es una invitación a reflexionar sobre cómo se redefine la interdependencia global y cuáles son los riesgos y oportunidades para economías pequeñas, como la nuestra, en un mundo cada vez más fragmentado y competitivo.
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