In a world of global value chains, competitiveness is less about borders and more about how smoothly things move across them.” (En un mundo de cadenas globales de valor, la competitividad tiene menos que ver con las fronteras y más con la fluidez con la que las cosas las atraviesan)— Richard Baldwin

En años recientes, la relación entre comercio internacional, política exterior y seguridad nacional ha sufrido una transformación estratégica. Lo que antes se consideraba un campo técnico, regido por normas multilaterales y libre competencia, se ha convertido en un terreno explícitamente geoeconómico: donde intereses de seguridad, incentivos políticos y prioridades estratégicas pesan tanto o más que los costos o ventajas comparativas tradicionales.

En este contexto, la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (2025) y análisis de economistas como Richard Baldwin y Kimberly Clausing aportan claves para entender cómo se redefinen la competitividad global y las cadenas de valor.

Competitividad y geoeconomía: el nuevo tablero global

La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. —un documento oficial que ha reordenado prioridades globales— rompe con la idea de un comercio neutral y basado en reglas técnicas. En lugar de eso, promueve un modelo donde acceso a mercados, inversiones tecnológicas y preferencia en contratos están estrechamente ligados al alineamiento estratégico y geopolítico más que a normas multilaterales tradicionales como las de la OMC.

Este giro implica que la competitividad global ya no se mide solo por la eficienia productiva o los costos logísticos, sino por la capacidad de los países y empresas para posicionarse dentro de redes de alineamiento político y estratégico.

Friend-shoring y la realidad de las cadenas globales

Un buen ejemplo de esta tensión entre política y economía productiva es la noción de friend-shoring, promovida en Estados Unidos: la idea de reconfigurar las cadenas productivas para mover actividades hacia países aliados y reducir la dependencia de actores como China.

Sin embargo, el economista Richard Baldwin demuestra que esta visión es más retórica que realidad práctica. En su análisis “Is US Friend-Shoring in Reverse?” evidencia que, pese a los incentivos y aranceles, la exposición de EE. UU. a insumos extranjeros —especialmente chinos— no ha disminuido significativamente, y que la diversificación tiende a moverse hacia países emergentes, no necesariamente aliados tradicionales

Esto refleja una lógica profunda: las cadenas globales de valor están tan integradas que decisiones políticas aisladas difícilmente pueden reconfigurarlas sin impactos amplios. La competitividad —como sugiere Baldwin— no se trata simplemente de fronteras, sino de cómo fluye eficientemente la producción y el comercio a través de ellas.

Competitividad real versus barreras comerciales

Desde otra perspectiva, la economista Kimberly Clausing (PIIE) advierte que políticas proteccionistas como aranceles —a menudo justificadas con argumentos de “competitividad nacional”— pueden tener efectos contrarios: encarecer insumos, distorsionar mercados, debilitar acceso a exportaciones y reducir competitividad real en industrias clave.

Su argumento es claro: competitividad sostenible no se logra levantando barreras, sino generando mercados eficientes y reglas coherentes que permitan a empresas competir en términos de productividad y valor agregado, no solo de protección.

En un mundo donde los flujos productivos, financieros y tecnológicos están profundamente interconectados, las estrategias que combinan política exterior y competitividad son inevitables. Sin embargo, la evidencia sugiere que no siempre las políticas geoestratégicas conducen a competitividad real. Más bien, pueden aumentar costos, fragmentar mercados e introducir incertidumbres que debilitan oportunidades de crecimiento.

Para economías pequeñas y abiertas —como muchas en América Latina— la lección es doble:

  1. Comprender el nuevo tablero geoeconómico: saber que ya no basta con aranceles o tratados multilaterales tradicionales, sino entender cómo los incentivos estratégicos influyen en las decisiones de los grandes nodos del comercio global.
  2. Invertir en capacidades internas: fortalecer la infraestructura logística, diversificar mercados, desarrollar talento especializado y consolidar estrategias productivas integradas en cadenas globales, no solo como proveedores de materias primas.

La competitividad moderna exige una mirada estratégica de largo plazo, que combine eficiencia logística, apertura de mercados y coherencia institucional. Porque, en última instancia, como bien resume Richard Baldwin: la competitividad no es una cuestión de fronteras, sino de conectividad y flujo eficiente en un sistema global de valor compartido.

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