Propoponer un espacio diferente para leer en estos tiempos, fue la premisa para iniciar el año anterior escribiendo nuevamente y publicando pensamientos, experiencias y vivencias del camino. Contar cómo ha sido ese despertar —o redescubrimiento— de los espacios rurales en la vida y en el país, porque me reúso aceptar que prácticamente todo lo que se consume en redes sociales y medios de comunicación sea solamente plataforma de odios, malas noticias, sucesos  y desaciertos artificiales.

El cambio es la constante, dicen.

Me enamoré de los atardeceres desde el corredor de una pequeña casa en San Pablo de Turrubares. El camino aún está verde, ha llovido y, siendo casi finales de diciembre, el aire se siente fresco. El paisaje despierta sentidos más nostálgicos. La tierra poco a poco se contrae; la naturaleza es sabia. La quebrada se despide despacio, todavía suena de a poco. Pronto todo se volverá más árido, más café, más bronce. Todo tendrá ese toque veraniego de colores que bailan con el sol y el calor. Pronto habrá cosecha de naranjas, también de guineo, banano, ayote y frijoles.

Es un milagro, latente y potente y para quien, aunque sea en una maceta, haya sembrado una matita de tomate, esto —estoy segura— hace sentido.

Este país bendito nos da siempre la oportunidad de reverdecernos, de regenerarnos, de volver a nacer. De forma poética, física, emocional y patriótica, somos profundamente afortunados. Tener un pedacito de tierra con entrañas de vida que oxigenan nuestro propio ser: venas de ríos y volcanes, una fauna prodigiosa y extensa. Basta levantar la mirada para sentirse acogido por la inmensidad que nos rodea. ¿Cómo no amarlo?

La tierra es la Patria. La tierra es la madre. Es el alimento natural sin veneno, que nutre el cuerpo y el alma y lo tenemos disponible, mediante el trabajo de quienes se empeñan en seguir produciendo nuestro verdadero tesoro.

En los días dicembrinos, el sol y la luna se conjugan para regalarnos días y noches espectaculares, ojalá viviéramos más despacio y no en el barullo infinito de las pitoretas, los arranconazos de las presas viales y el tumulto del comercio sin límites, donde como zombis se manipulan egos. Salir de todo eso y respirar, un poquito fuera del cemento, es una forma de resistencia. Y digo yo que también es una forma de esperanza.

He visto el cambio en mí, y he sentido la necesidad de campo, de bosque, de río, de mar y de playa es cada vez más fuerte. Ya no puedo estar demasiado tiempo sin mi bocanada de vida. El cemento es caliente y frío a la vez, pero sobre todo es implacablemente cruel. Necesito que el oxígeno atraviese mi ser, y solo lo encuentro en la quietud de la naturaleza. Mientras la vida sigue.

Uno de los objetivos de este año es seguir contandoles, cómo va la siembra de berenjenas y cómo se ven los surcos cuando se chapean pedazos de tierra para volver a empezar. Voy a traerles por aquí los colores del atardecer y los olores del café chorreado, con tortillas con queso, picadillo de papa con chicasquil y un vasito de hombre grande para entonar el estómago, como propuse al inicio de este viaje.

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