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La profecía no vota: por qué la inevitabilidad electoral es un mito construido

En la actual campaña electoral costarricense se ha instalado con fuerza por parte del oficialismo un relato que se repite hasta volverse paisaje: “ya se sabe quién va a ganar”. La frase suele apoyarse en un argumento aparentemente incuestionable —la ventaja en las encuestas— y se presenta como un hecho consumado, casi natural. Sin embargo, desde la teoría de la construcción social de la realidad de Peter L. Berger y Thomas Luckmann, este discurso no describe la realidad electoral: la produce. Y, lo más importante, no tiene por qué cumplirse.

Berger y Luckmann sostienen que la realidad social no es algo dado, sino el resultado de un proceso continuo de 1. externalización, 2. objetivación e 3. internalización. En campaña, ese proceso es visible. Opiniones, análisis rápidos y conversaciones cotidianas externalizan una idea: “ya hay una ganadora”. Con la repetición, esa idea se objetiva: deja de percibirse como opinión y se transforma en “lo que hay”, en “lo que todo el mundo sabe”.

Finalmente, se internaliza: personas y actores políticos ajustan sus expectativas y conductas como si el desenlace ya estuviera escrito.

Así se construye la llamada profecía autocumplida. No porque exista una verdad electoral previa, sino porque el relato de inevitabilidad empieza a ordenar el campo político: quién merece atención mediática, quién recibe recursos, quién convoca voluntariado, quién “ya no tiene posibilidades”. La encuesta, que debería funcionar como una fotografía parcial y momentánea, se convierte en un dispositivo de legitimación: no mide preferencias, las jerarquiza; no informa solamente, orienta comportamientos.

Pero aquí está el punto crítico: que una profecía sea socialmente construida no significa que sea verdadera ni ineludible. Las elecciones no se deciden en gráficos, sino en votos. Y los votos no existen antes de que la ciudadanía los emita. El discurso del “ya ganó” intenta cerrar anticipadamente un futuro que, en democracia, debería permanecer abierto hasta el último momento. Presentar el resultado como destino es una forma sutil —pero poderosa— de despolitización.

Si se acepta sin cuestionar, puede inducir abstención (“para qué votar si ya está definido”), voto estratégico forzado o desmovilización de alternativas. Pero si se desnaturaliza, pierde fuerza. La teoría de Berger y Luckmann nos recuerda que las realidades objetivadas pueden reconstruirse cuando se rompe el consenso que las sostiene.

Esto es particularmente relevante en el contexto costarricense, donde el sistema electoral prevé escenarios abiertos —incluida la segunda ronda— y donde la historia política ha demostrado que las campañas no son líneas rectas. La idea de que “esta vez es distinto” suele apoyarse más en deseo o conveniencia que en determinismo empírico. Confundir tendencia con destino no es análisis: es narrativa.

Además, el énfasis en la profecía desplaza el debate sustantivo, se empobrece la deliberación sobre programas, trayectorias, impactos sociales y costos democráticos. El electorado es tratado como espectador de una carrera ya decidida, no como sujeta/o activo con capacidad de alterar los acontecimientos.

Desmontar la profecía autocumplida no implica negar datos ni ignorar encuestas. Implica recolocarlas en su lugar: como insumos parciales, contingentes y revisables. Implica resistir la tentación de convertir probabilidades en certezas morales. Y, sobre todo, implica recordar que la democracia no se agota en anticipar ganadores, sino en mantener abierto el horizonte de decisión colectiva.

La teoría de la construcción social de la realidad ofrece, paradójicamente, una nota de esperanza: si la inevitabilidad se construye, también puede desconstruirse. La profecía no vota. Votan las personas. Y mientras exista ciudadanía dispuesta a cuestionar el relato de lo “ya definido”, ninguna elección está escrita de antemano.

Este febrero 2026 salga a votar.