Las redes sociales se han convertido en una extensión de nuestra vida cotidiana. En ellas opinamos, discutimos, celebramos y también atacamos. Son espacios donde se construyen narrativas, identidades y percepciones colectivas. Sin embargo, algo se ha ido perdiendo en el camino. En nombre de la inmediatez y la libertad de expresión, hemos normalizado prácticas que deterioran nuestra forma de convivir: el irrespeto, la deshumanización del otro y una cultura del odio que ya no escandaliza, sino que se consume con indiferencia.
Hoy, decir cualquier cosa parece válido mientras genere reacción. En redes sociales se habla sin pensar y se escribe sin medir consecuencias. La pantalla funciona como un escudo: protege del rostro ajeno, de la reacción inmediata, del impacto emocional. Cuando no vemos al otro, dejamos de reconocerlo como persona. Se vuelve perfil, comentario o enemigo. Y cuando el otro deja de ser persona, todo parece permitirse.
No se trata de censurar la opinión ni de negar el disenso. El problema no es pensar distinto, sino cómo se expresa esa diferencia. Hemos confundido franqueza con agresión y crítica con humillación. El insulto se presenta como valentía y la burla como inteligencia. En este entorno, el respeto parece ingenuo y la empatía una debilidad. Se instala la idea de que, si no se ataca, no se existe; si no se grita, no se escucha.
La cultura del “hate” no surge de la nada. Se alimenta de frustraciones reales, de cansancio social y de una necesidad constante de validación. Las redes ofrecen una recompensa inmediata: atención, likes, reacciones. Pero muchas veces ese reconocimiento se construye a costa del otro. El daño se vuelve espectáculo y la agresión contenido viral. Así, la violencia simbólica se normaliza y se reproduce sin cuestionamiento.
Este fenómeno tiene consecuencias profundas en los valores sociales. Cuando el irrespeto se vuelve cotidiano, el respeto deja de ser un valor compartido. Cuando la humillación se celebra, la dignidad pierde peso. Cuando la burla sustituye al argumento, el diálogo desaparece. No se construye comunidad desde el desprecio. No se fortalece una sociedad desde la deshumanización.
Además, lo que ocurre en el mundo digital no se queda ahí. La forma en que nos tratamos en redes influye directamente en cómo nos relacionamos fuera de ellas. El lenguaje violento, la intolerancia y la incapacidad de escuchar se trasladan a otros espacios de la vida social. Las redes no solo reflejan lo que somos como sociedad; también moldean en lo que nos estamos convirtiendo.
Uno de los efectos más preocupantes es el silenciamiento. Muchas personas han optado por callar, no porque no tengan ideas, sino porque están cansadas del ataque constante. Opinar se ha vuelto sinónimo de exponerse. Participar implica asumir el riesgo del juicio inmediato y de la descalificación personal. El resultado es un espacio dominado por voces estridentes, mientras las reflexivas se retiran. Perdemos todos cuando el miedo reemplaza a la conversación.
La crítica social necesaria hoy no es solo hacia las plataformas, sino hacia nosotros como usuarios. No basta con señalar el algoritmo si seguimos alimentándolo. No basta con condenar el odio si lo replicamos. Cada comentario que escribimos es una decisión ética. Cada reacción valida o cuestiona una forma de relacionarnos. La responsabilidad no es abstracta: es cotidiana.
Humanizar las redes sociales implica recordar algo básico pero olvidado: detrás de cada pantalla hay una persona. Una persona con historia, con emociones y con dignidad. La responsabilidad digital no es un concepto lejano ni teórico; es una práctica diaria. Es pensar antes de escribir, informarnos antes de opinar y entender que la libertad de expresión no se fortalece con la violencia, sino con el respeto. Disentir no nos autoriza a destruir.
En una sociedad cada vez más conectada, la forma en que nos comunicamos define la calidad de nuestra convivencia. Las redes sociales pueden ser espacios de encuentro o de fractura, de construcción colectiva o de división constante. En el contexto social que vive Costa Rica hoy, marcado por el cansancio, la desconfianza y la fragmentación, resulta urgente comprender que necesitamos unir más de lo que dividimos.
No podemos seguir trasladando nuestras frustraciones al ataque constante ni normalizar un lenguaje que profundiza las brechas. Las redes pueden amplificar el odio o fortalecer los valores que históricamente han sostenido nuestra convivencia; la diferencia no está en la tecnología, sino en el uso que hacemos de ella. Humanizar las redes es, en el fondo, una decisión colectiva: elegir no perder la humanidad en medio del ruido y apostar por una sociedad que dialogue, se respete y se reconstruya desde la empatía.
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