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La moneda de cambio

Tengo 24 años y siempre me ha gustado la política. Demasiado, quizás.

De pequeña resolvía con propuestas escritas para mis papás: negocié un perro, dormirme una hora más tarde, mi primer tatuaje. Puntos a favor, puntos en contra, debate, papel y firma para ambos.

A los 10 años participé en mi primera manifestación: mi mamá llegó a la casa y me encontró con una pancarta de apoyo a una viceministra que habían destituido por un vídeo íntimo suyo que habían publicado. Le dije que lo había visto en la tele y que quería defenderla. Ni siquiera entendía el concepto de la destitución: pero quiero pensar que en mi inocencia comprendía los estándares mínimos de la empatía; y en mi desinformación, aún no sabía que en el mundo de la política no había margen de error para ninguna mujer.

En el colegio tuve el privilegio de aprender de profesores maravillosos, que con paciencia me explicaron los conceptos del sesgo, del populismo, de los extremos y de los derechos democráticos de nuestro país. De mi profesora de historia aprendí del peligro de las cabezas de turco (la culpa de manera interesada para desviar de responsabilidades reales); de mi profesor de cívica aprendí de la importancia de la transparencia del Tribunal Supremo de Elecciones, y de mi profesora de inglés aprendí a discernir la información recibida en base a los medios de comunicación que la comparten.

El poder del habla y de la toma de armas para hacer el bien me ha parecido siempre un concepto maravilloso. En mi mundo, la democracia es preciosa: aún con su lentitud, ¿qué más bonito que compartir, negociar, y debatir libremente con los demás? Si alguien tiene ideas nuevas, un ángulo diferente que aplicarle al problema, una manera de verlo distinto: ¿por qué no voy a querer escucharlo y entenderlo? En mi fantasía, todos entendíamos que si había algo en lo que podíamos estar de acuerdo era eso: que la democracia bien ejercida es una herramienta de bien.

Conforme he ido creciendo, me he encontrado que esta visión la comparten pocos. Hace poco me dijeron que creían en la imposibilidad total de que existiese un político al que no lo tentara la corrupción. Que eso, en la política actual, era inviable. Me cayó como un balde de agua fría.

Para mí, la política siempre ha sido preciosa porque nunca he sido víctima de ella. No ha venido a tocarme la puerta, no me ha llegado a buscar a la casa. Tampoco he sentido las balaceras en los barrios, ni he sido víctima de vivir en pueblos olvidados, de sequías interminables o de inundaciones que se llevan con ellas una vida entera de trabajo. No he visto los debates con una perspectiva de desesperación: donde aceptaría incluso que levanten las garantías sociales porque me prometen que si lo hacen, mi hijo no será parte de una pandilla.

Reconozco entonces que mi relación con la política nace de la comodidad, desde el privilegio de poder disfrutarla sin miedo. En mi mundo la política es bonita porque no necesito ver un cambio de la noche a la mañana. En una burbuja las cosas se ven distinto.

Pero reconocer ese privilegio no implica negarlo ni dejarse cegar por él. Al contrario, me obliga a ver más allá de mis propias huellas para entender que el panorama se analiza desde las necesidades de quien menos tiene.

Porque es ahí, precisamente, donde está el problema: la desesperación es terreno fértil para el abuso político. La usan como moneda de cambio, aprovechándose de la ignorancia y del dolor ajeno y prometiéndole a los más necesitados un cambio a sabiendas de que nunca va a llegar. Un voto desesperado vale lo mismo que uno informado.

En las elecciones actuales se ha visto: sus campañas se dirigen a las zonas donde el Estado llegó tarde o llegó mal, donde faltó educación cívica, donde nunca hubo una profesora de historia explicando el peligro de las cabezas de turco ni una clase que enseñara que las garantías sociales no son un lujo, sino un derecho. Lugares donde no entienden del peligro de la reelección indefinida porque ante sus ojos: el gobierno siempre ha sido lo mismo.

El continuismo de Laura Fernández y Rodrigo Chaves atenta contra nuestra democracia. Nos enseña que, en vez de proponer y construir soluciones, los cambios se imponen. Normaliza la idea de que no hay alternativa, de que cuestionar es inútil, de que exigir una rendición de cuentas es perder el tiempo. Encuentra un enemigo en común y donde no hay: lo construye.

Ladrillo por ladrillo, edifica falsas promesas erigidas en el aire y le dice al pueblo necesitado que ahí está, sin decirles que apenas le entreguen el poder les va a soltar la mano. Los convence de aceptar un discurso que parece solución, pero que entra al sistema como un caballo de Troya: prometiendo orden, eficiencia o cambio, mientras por dentro destruye los derechos básicos que nos sostienen.

En Costa Rica no es suficiente sentirnos orgullosos de nuestra democracia: hay que ejercerla con responsabilidad. Si hemos tenido el privilegio de entenderla, de ver vidas salvadas por la Caja, de conocer comunidades transformadas por la educación pública, de saber que el progreso ha existido precisamente porque se ha discutido, se ha corregido y se ha cambiado, entonces tenemos una obligación clara: cuidarla.

Votar por el continuismo es peligroso para la democracia. Es apostar por un modelo político que normaliza la imposición por encima del diálogo, que reduce problemas estructurales a un enemigo en común y que erosiona, poco a poco, las bases del sistema que nos ha protegido.

Es justificar actitudes machistas que incluso una niña de 10 años supo reconocer como inaceptables. Y, sobre todo, es respaldar un proyecto que se sostiene en la desesperación y la desinformación, debilitando la democracia costarricense desde dentro.

Elijo tener fe. Elijo creer que puedo seguir creyendo en un mundo donde veamos la política como una herramienta para el bien.

Este 1 de febrero, salgamos a votar: estamos en un momento de inflexión, no defraudemos.