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La ley del más fuerte y la deuda de la solidaridad

A raíz de las próximas elecciones en Costa Rica, mucho se habla de cómo podemos correr la suerte de Venezuela o de cómo nuestra democracia está en riesgo. Si bien esas son preocupaciones válidas, entre más se articulan, más se parecen al cuento del lobo y las ovejas. Se han usado tanto que han perdido fuerza. Además, hablarle de democracia a los ticos es como hablarle a un pez del agua, aunque algunos coqueteen con el autoritarismo, creo que a muchos les cuesta realmente visualizar lo que significaría una vida sin democracia.

De lo que casi no se habla en el contexto electoral es de algo más inmediato y realmente costarricense que también está en riesgo en las próximas elecciones: la restitución y consolidación de la ley del más fuerte como mecanismo supremo para resolver problemas y diferencias en nuestra sociedad. Hablo de restitución porque en buena medida cuando abolimos el ejército hace más de setenta y siete años, también dejamos de aceptar la ley del más fuerte como regla superior y así le dimos espacio a otra lógica: la del Estado de derecho, el respeto mutuo, la tolerancia y, sobre todo, la solidaridad. Hablo de consolidación porque elegir la continuidad enviaría un mensaje claro de que las formas de estos últimos cuatro años son válidas.

La solidaridad en nuestra sociedad se ha erosionado en las últimas décadas y no es lo que solía ser. Escucho hablar a gente con dolor, frustración y hasta impotencia de dos Costa Ricas: una que se ha beneficiado de la gran inversión extranjera y de nuestro renombre internacional en las últimas décadas y la otra que se ha quedado rezagada, con muchas necesidades desatendidas y, una parte de ella, hasta sumergida en la pobreza.

¿Cómo no sentir esa frustración rampante si no sienten que son escuchados y que su situación no mejora? Tampoco es de extrañar que esto derive en dolor y desesperación y tiene sentido que sientan que la única solución es un cambio radical que, entre otras cosas, restituya la ley del más fuerte. Es comprensible que desde ese dolor surja una pregunta incómoda: ¿cómo un país que se dice solidario permite que tanta gente se sienta rezagada, ignorada y hasta en pobreza extrema? La respuesta no es sencilla, involucra muchos factores, y sin ánimo de eximir a los múltiples responsables, opino que no todos están bajo el control directo de nuestros gobernantes. Pero de este diagnóstico no se trata mi reflexión, sino más bien de qué podemos hacer.

Lo que quiero proponer es que intentemos como pueblo asimilar profundamente que hay muchos costarricenses que con justa razón se sienten mal. Si lo logramos podríamos entender la furia que sienten cuando nos vanagloriamos como ‘el país más feliz del mundo’. Quizás se preguntan: ¿Si estoy sufriendo tanto, de qué sirve contar con una democracia sólida? Hay muchas respuestas con argumentos racionales, pero desde la desesperación y falta de esperanza me parece que cuesta verlos, o por lo menos a mí me costaría. Por eso, además, propongo que hagamos algo diferente: tenderles una mano. No solo porque eso refleja la esencia de lo que nuestra sociedad ha sido sino también porque es probablemente lo que más ayude a contener su desolación.

¿Y cómo se les puede tender una mano? Primero, escuchándolos e intentando entenderlos desde su dolor. Esos compatriotas, o en algunos casos hasta amigos o familiares, no son insensatos ni egoístas en su apreciación. Pero me parece que su dolor es tal que no pueden ver las falacias dentro de las propuestas radicales y de salvación, ni el riesgo real de tomar un atajo desconocido y peligroso. Para muchos, incluyéndome, esto no será fácil, pero pensemos que esto sería un esfuerzo para volver a nuestras raíces costarricenses, a ayudarnos los unos a los otros una vez más, y así rescatar nuestra esencia: la solidaridad. Aunque algunos políticos o medios nos quieren hacer creer que este gran atributo costarricense está perdido con tal de llevar agua a sus molinos, yo no lo creo. Día tras día se viven ejemplos concretos de solidaridad en las calles de nuestro país, en gestos pequeños y silenciosos.

Cuando salgamos a votar, honremos a todos nuestros antecesores que, con sacrificio y visión, hicieron posibles el respeto mutuo, la solidaridad y el diálogo. A quienes abolieron la pena de muerte y a quienes abolieron el ejército para que la fuerza dejara de ser la regla suprema de nuestra convivencia. Eso sí, hagámoslo por candidatos capaces de tenderles una mano a estos compatriotas que sufren mediante el diálogo y el respeto, y no a los que atizan la división, reforzando a su vez la creencia de que sí existen dos Costa Ricas.

Tengo la esperanza de que uno de ellos sea electo. Habrá que exigirle que gobierne con diálogo y respeto, y que impulse políticas firmes, pero también solidarias. Por ahora, tendámosles la mano a quienes hoy se sienten excluidos, por nosotros mismos y por todos los costarricenses: los que hoy estamos aquí y los que vendrán, para que todos, labriegos sencillos, podamos seguir siendo escuchados con respeto y en paz.