Escribía Eduardo Galeano que la historia nunca dice adiós, sino apenas “hasta luego”, porque se repite. Lo que vemos hoy en Venezuela es un déjà vu. Y, aun a mediana edad, es ya mi tercer déjà vu. No hablo de la enésima intervención estadounidense en América Latina, sino de la tercera en apenas veinte años en la que, bajo un discurso moral de “democracia”, se entra a administrar un Estado soberano. El denominador común es siempre el mismo: la supuesta “liberación” del pueblo legitima —según ellos— la intervención.
Irak, Afganistán y ahora Venezuela. No voy a detenerme en la ilegalidad de la intervención militar ni a debatir sobre el derecho de injerencia, sino en los paralelos históricos: la repetición, en distintas épocas, de las mismas narrativas morales que buscan legitimar la violencia y el saqueo.
A finales de la Edad Media, en Portugal, aparece la figura del príncipe Enrique, a quien la historia llamará “el Navegante”. Enrique nunca fue marinero ni capitán. Sin embargo, su capacidad de persuasión —como hijo predilecto del rey, influyente sobre su hermano y su entorno— le permitió construir un aura lo suficientemente poderosa como para convencer a otros de conquistar tierras para Portugal. A través de monopolios concedidos por la Corona, Enrique se convertía en dueño y señor de todo lo que se “descubriera”. Así convenció a Gil Eanes de cruzar el cabo de Bojador, el límite del mundo navegable europeo, y a otros navegantes de avanzar cada vez más lejos.
Enrique buscaba tierras y riquezas, control de rutas comerciales, dio inicio al sistema esclavista y a la “época de los Descubrimientos”. A este proyecto personal le dio la forma de un proyecto nacional —“por Portugal”— y lo legitimó mediante bulas papales que le otorgaban derechos y monopolios, bajo la promesa de evangelizar, salvar y liberar pueblos.
La justificación moral fue indispensable. Tanto el saqueo de tierras y riquezas africanas como la guerra debían presentarse como medios para un bien superior. Así, para Enrique el Navegante como para Donald Trump, la evangelización o la democracia se convierten en causas que legitiman el saqueo, con casi seiscientos años de diferencia.
Y conviene prestar atención a los mecanismos: siempre existe deshumanización del intervenido. En el caso de Enrique, la esclavitud comienza con él. Gomes Eanes de Zurara, su cronista, lo documenta con detalle en la Crónica dos feitos da Guiné (c. 1453), y convierte el modelo en la base de un sistema económico que perduraría casi quinientos años. En el caso de la administración estadounidense, se bombardean lanchas de supuestos “narcoterroristas” (que bien pudieron ser pescadores), y nombrarlos así los vuelve prescindibles. En ambos casos, la deshumanización también se convierte en espectáculo: el mercado de esclavos lo fue tanto como hoy lo es televisar lanchas bombardeadas. Enrique el Navegante transformó el despojo en algo legal, la dominación del otro en algo administrable, y ese sistema perduró cinco siglos, frenado solo por la emergencia del derecho internacional entre naciones a mediados del siglo XX.
Lo inquietante no es solo la repetición histórica y su permanencia en el tiempo, sino la facilidad con que aceptamos las justificaciones; y es que cada época encuentra su lenguaje moral para encubrir y legitimar la violencia: ayer fue la evangelización, hoy es la democracia; y aunque cambien las palabras, no cambia la estructura. En ambos casos, la ética se invierte y no se evalúan los medios por sus consecuencias humanas, sino que se absuelven de antemano en nombre de un supuesto bien superior.
La historia muestra que cuando la intervención se presenta como salvación —en 1444 o en 2026—, la deshumanización deja de ser excepcional y se vuelve necesaria. Quizás por eso la historia no dice adiós y sigue diciendo “hasta luego”: porque seguimos llamando “inevitables” a violencias que son decisiones. Y entonces el saqueo pasa a llamarse “administración”, la guerra se vuelve parte de la “gestión”, y la inestabilidad de la región, “daño colateral”. No porque no sepamos, sino porque la injusticia, cuando se presenta como orden, deja de incomodarnos.
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