En distintos países de América Latina se ha hecho visible, en las últimas semanas, una reacción eufórica entre sectores de la diáspora venezolana. Celebraciones, mensajes de retorno inminente y la idea —tan comprensible como peligrosa— de que Venezuela estaría a las puertas de convertirse nuevamente en un país “normal”, al que se puede volver sin mayores riesgos ni sobresaltos. La emoción es humana. La conclusión, no necesariamente racional.

Después de años de exilio, precariedad y desarraigo, cualquier señal de cambio se vive como una liberación anticipada. Pero la historia reciente de Venezuela enseña que la distancia entre un giro político aparente y una normalización real del país suele ser larga, incierta y, muchas veces, frustrante. Confundir un momento simbólico con una transformación estructural es un error que ya se ha cometido antes, y cuyos costos los pagan, casi siempre, los ciudadanos comunes.

Un país no se normaliza porque caiga —o se debilite— un liderazgo. Se normaliza cuando existen instituciones funcionales, seguridad jurídica, independencia judicial, servicios públicos confiables y una economía capaz de ofrecer oportunidades sin arbitrariedad. Nada de eso se reconstruye en meses ni depende exclusivamente de un cambio de nombres en el poder. Pensar lo contrario es comprensible desde la emoción, pero peligroso desde la razón.

Esta euforia, además, suele venir acompañada de una lectura ingenua del contexto internacional. Particularmente, entre ciertos sectores de la élite económica venezolana exiliada, persiste la creencia de que Estados Unidos —y en especial una eventual administración de Donald Trump— actuaría como un benefactor desinteresado: devolver activos, restituir fortunas y garantizar un nuevo orden político por puro compromiso con la democracia venezolana. Esa expectativa no solo es poco realista; es históricamente infundada.

La política exterior de Estados Unidos, con Trump o sin él, nunca ha sido altruista. Ha sido, y sigue siendo, profundamente transaccional. Los intereses estratégicos —energía, recursos naturales, influencia geopolítica— siempre han estado por encima de consideraciones morales. Pensar que Washington actuará como árbitro neutral o como restaurador generoso de patrimonios privados es desconocer décadas de precedentes en América Latina y otras regiones del mundo.

El petróleo venezolano, su posición geográfica y su potencial como pieza de negociación global pesan infinitamente más que la suerte de antiguos grupos empresariales o de una clase alta exiliada que espera justicia retroactiva. Si algo ha demostrado Trump con claridad es su disposición a negociar con quien sea necesario, imponer condiciones duras y apoyar liderazgos funcionales a sus intereses, aunque estos adopten la forma de “presidentes” legitimados solo por la conveniencia del momento.

La figura del “títere” no es una exageración retórica: es una constante histórica. Gobiernos sostenidos externamente, con escasa autonomía real, abundan en la memoria latinoamericana. Creer que esta vez será distinto, solo porque el adversario común es detestado, es repetir un error clásico: confundir coincidencia táctica con alianza estratégica.

Nada de esto implica negar el deseo legítimo de retorno ni minimizar el sufrimiento de quienes se vieron obligados a irse. Tampoco significa defender el statu quo ni resignarse al autoritarismo.

Significa, simplemente, llamar a la prudencia. Las decisiones vitales —volver, invertir, apostar el patrimonio o la seguridad personal— no deberían tomarse sobre la base de celebraciones momentáneas ni de promesas implícitas de potencias extranjeras.

Venezuela podrá reconstruirse, pero lo hará lentamente, con contradicciones y con conflictos internos que no desaparecerán por decreto ni por presión externa. La normalidad no llega de golpe, ni viene importada. Se construye con instituciones, con reglas claras y con una ciudadanía organizada que no delegue su futuro ni en caudillos locales ni en salvadores extranjeros.

La euforia puede ser un desahogo emocional legítimo. Convertirla en diagnóstico político es otra cosa. Y confundir deseo con realidad, en contextos tan frágiles, suele ser el primer paso hacia una nueva decepción. América Latina ya ha visto demasiadas. Venezuela no merece una más.

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