Cada cierto tiempo reaparece la misma frase: “antes la educación era mejor”. Se dice con seguridad, como si fuera una verdad evidente. Pero rara vez se aclara mejor para qué, para quién y en qué momento histórico.
La escuela del pasado sí funcionó. No es un mito. Funcionó en un mundo con reglas claras, trayectorias laborales previsibles, autoridad adulta poco cuestionada y conocimiento reservado para unos pocos. En ese contexto, una escuela basada en disciplina, repetición y control era coherente con la sociedad que la rodeaba. Ordenaba, clasificaba y preparaba para un tipo de vida relativamente estable.
El problema aparece cuando se cree que algo que funcionó en un momento histórico específico es automáticamente superior y aplicable para siempre. Hoy el mundo es otro. Y la escuela que funcionó entonces no necesariamente funciona ahora.
Pretender que la escuela actual se parezca a la de hace décadas es como intentar meter un cuadrado dentro de un círculo: no encaja. Y cuando no encaja, en lugar de revisar el diseño, solemos culpar al material. Se culpa a las personas estudiantes, a las familias, a la tecnología o a una supuesta pérdida de valores. Rara vez se revisa la coherencia del modelo educativo.
La educación que hoy se propone promete mucho: pensamiento crítico, autonomía, inclusión, capacidad de aprender a lo largo de la vida, ciudadanía digital y, ahora, la convivencia con tecnologías e inteligencia artificial. Sobre el papel, la promesa es fuerte. Entonces surge una pregunta legítima: si promete tanto, por qué no se ven resultados claros y sostenidos.
La respuesta no es que el modelo no funcione. La respuesta es que no se han construido las condiciones necesarias para que funcione.
Lo que existe hoy se parece más a una ensalada pedagógica: hay ingredientes nuevos mezclados con prácticas viejas, exigencias modernas evaluadas con criterios antiguos y llamados a innovar sin tiempo ni acompañamiento. La ensalada puede sonar rica, pero así servida deja siempre con hambre.
Los nuevos enfoques educativos no se enseñan de forma sólida en la formación universitaria que reciben quienes aspiran a ser docentes. Se mencionan, se describen, se citan, pero pocas veces se viven como práctica real. Los equipos docentes egresan con claridad sobre lo que se espera de ellos, pero sin seguridad sobre cómo se ve eso en el aula cotidiana. El salto queda librado al individuo, y ese salto al vacío genera vértigo.
A esto se suma que la capacitación que se brinda para su labor suele ser fragmentada, puntual y poco conectada con la realidad del aula. Se pide innovar, pero muchas veces sin acompañamiento sostenido ni comunidad profesional. Esto se traduce en que, en educación, innovar en soledad requiera valentía; de lo contrario se convierte en riesgo.
El sistema exige cambio, pero solo celebra la innovación cuando ya muestra buenos resultados. Mientras tanto, todo lo que se mueve, duda o se equivoca es observado, cuestionado o castigado. Es una lógica perversa. Se aplaude el éxito, pero se penaliza el proceso. En ese contexto, refugiarse en lo conocido no es falta de compromiso, es un mecanismo de protección.
Por eso el pasado parece mejor. No porque lo fuera pedagógicamente, sino porque ofrecía respaldo. Había una forma reconocida de enseñar, reglas claras y una sensación de seguridad institucional. Hoy se exige más, pero se sostiene y protege menos a quien aspira al nuevo modelo.
Cuando la administración educativa, como la del Ministerio de Educación Pública, responde a la complejidad actual con decisiones centradas en la estética, prohibiciones sobre tatuajes, colores de cabello, uñas pintadas o apariencia personal, no está abordando el núcleo del problema educativo. Se intenta regular el cuerpo con la idea de que eso producirá mejor comportamiento.
Mientras tanto, en el mundo adulto nadie logra separarse de su celular en una reunión, en una mesa de trabajo o incluso en espacios familiares. La incoherencia es evidente. Se exige a las personas menores de edad lo que no se modela en la vida cotidiana. Y el aprendizaje, nos guste o no, también se construye por observación.
Otro elemento clave es el tiempo. La educación es estructural. Requiere continuidad para mostrar resultados. La escuela que funcionó no solo tuvo un modelo claro, también tuvo décadas para estabilizarse, ajustarse y consolidarse. Hoy, en cambio, las reglas cambian con frecuencia y las decisiones se modifican según la reacción del momento. Así no se construye sistema, se administra la incertidumbre.
Las familias hacen lo que les corresponde: cuestionan desde su experiencia y desde el cuidado. Quien administra la educación pública debe hacer lo propio: decidir con criterio técnico, explicarlo y sostenerlo. Cuando eso no ocurre y se gobierna con miedo a la reacción, la educación deja de ser un proceso y se vuelve improvisación.
La escuela necesaria no es caótica ni permisiva. Es más compleja, enfrentada a un mundo distinto. La complejidad incomoda, pero negarla no devuelve calidad ni garantiza resultados.
No todo lo que funcionó merece repetirse. Algunas cosas funcionaron porque el contexto las sostenía, no porque fueran mejores en sí mismas.
Entender eso no es ideología. Es sentido histórico.
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