Imagen principal del artículo: La democracia no se defiende a gritos

La democracia no se defiende a gritos

Costa Rica no es una democracia improvisada. Es una democracia aprendida, construida a partir de crisis, debates, errores y correcciones. Nada de lo que hoy vivimos es completamente nuevo; lo inquietante es la velocidad con que reaparecen viejos vicios, ahora amplificados por la tecnología, por la vieja maña de la polarización —que sustituye el razonamiento por el cañón emocional—, por la proliferación de pseudo-verdades y por el aprovechamiento oportunista del cansancio social.

Las democracias no colapsan de golpe. Se erosionan lentamente. Primero se desacreditan las instituciones; luego se caricaturiza a quienes las defienden; después se ofrece una voz fuerte que promete “orden”, “mano dura” o “verdad” frente a un sistema supuestamente podrido. El proceso es conocido y ampliamente documentado.

Lo explica con claridad Autocracia S.A., de Anne Applebaum: las autocracias contemporáneas no llegan con tanques ni golpes clásicos, sino con discursos emocionales, enemigos internos bien definidos y una narrativa que convierte la complejidad en traición y la crítica en conspiración. No necesitan abolir la democracia: les basta con vaciarla por dentro.

Nada de esto es agua tibia

En Costa Rica, nadie descubrió la corrupción ayer, ni hace cuatro años. Mucho antes de las redes sociales y del marketing político, ya existían denuncias profundas y documentadas: desde los señalamientos tempranos de Antonio Zambrana a inicios del siglo XX; pasando por los aportes críticos del jurista Eduardo Ortiz Ortiz en los años setenta.

Y, por supuesto, permanece como un hito insoslayable la valentía de Alfredo González Flores, quien, siendo parte de la oligarquía de su tiempo, denunció los privilegios de su propia clase e impulsó reformas fiscales y sociales profundamente incómodas para los poderosos. Lo hizo con ideas, con leyes y con propuestas; no con gestos altisonantes ni con enemigos imaginarios.

La historia es clara: su proyecto fue truncado por la dictadura de los Tinoco. La lección sigue vigente: denunciar sin construir institucionalmente abre la puerta al autoritarismo, incluso cuando la denuncia parte de una preocupación legítima.

Nada de lo que hoy se presenta como “revelación” es nuevo. La diferencia no está en el diagnóstico, sino en la calidad de las soluciones.

La crítica no debe convertirse en espectáculo vacío

La crítica democrática es indispensable. El problema surge cuando se transforma en pose, cuando el argumento cede su lugar a la bravuconada y la razón es sustituida por el aplauso inmediato.

Ese fenómeno ha sido analizado con rigor por José Manuel Arroyo Gutiérrez, quien ha advertido sobre la aparición de figuras advenedizas que empobrecen el debate público bajo una retórica de “sentido común” que, en realidad, desprecia la complejidad.

No se trata de personas concretas, sino de un estilo de poder: uno que confunde la política con el ring, el Estado con una empresa y la democracia con una encuesta permanente de popularidad. Un estilo que necesita enemigos constantes —instituciones, jueces, universidades, prensa— porque el matiz le resulta peligroso.

El problema no es la crítica, sino la pobreza de las soluciones

Costa Rica necesita reformas. Nadie serio defiende instituciones perfectas ni intocables. Pero hay una diferencia sustancial entre reformar y debilitar, entre corregir y minar.

Desde hace décadas, juristas y académicos han señalado los problemas estructurales del Estado costarricense y han propuesto rutas responsables de mejora. Basta leer El Poder Judicial: Crónica de una debacle, de Walter Antillón Montealegre, para comprender que la crítica institucional exige conocimiento técnico, valentía intelectual y compromiso democrático; no consignas ni verborrea.

Lo mismo ocurre con el análisis de nuestra democracia desarrollado por Manuel Antonio Solís Avendaño en Costa Rica: la democracia de las razones débiles: los déficits están diagnosticados, las advertencias formuladas. Lo que falta no es claridad, sino voluntad política de fortalecer sin destruir.

Educación o castigo: una decisión civilizatoria

Las sociedades que renuncian a la educación como política central terminan invirtiendo en castigo. Donde faltan escuelas sólidas, sobran cárceles. Donde se debilita la educación pública, se multiplican los discursos punitivos.

Invertir en educación pública es siempre más democrático, más eficaz y más humano que invertir en megacárceles. Lo contrario no es realismo: es resignación autoritaria. La expansión del sistema penal como respuesta principal a los problemas sociales no fortalece el Estado de derecho; lo empobrece moralmente.

No es casual que los proyectos políticos que desconfían del conocimiento crítico desconfíen también de la universidad pública y de la pedagogía social. Un pueblo educado discute; un pueblo autoengañado por el sesgo intelectual de las redes sociales y atemorizado, obedece.

Estado social de derecho: reformar para preservar

El Estado social de derecho costarricense no es una reliquia ideológica. Es una construcción histórica donde confluyen Rafael Ángel Calderón Guardia, José Figueres Ferrer y, de manera decisiva, Manuel Mora Valverde.

Ese pacto puede —y debe— actualizarse, pero no vaciarse. Debilitar las instituciones bajo el pretexto de combatir la corrupción es una estrategia conocida: a mediano plazo no produce justicia, sino concentración de poder. Y cuando el poder se concentra, la democracia se encoge.

Epílogo: votar como acto de responsabilidad

La democracia no se sostiene sola. Requiere algo más exigente que la indignación y más duradero que el entusiasmo: participación consciente. Votar no es un trámite ni un gesto mecánico; es asumir que el espacio público nos pertenece.

El abstencionismo no castiga a los malos gobiernos: los facilita. Cuando la ciudadanía se retira, otros deciden. Y cuando deciden pocos, la democracia se vuelve frágil. Participar no implica fe ciega ni adhesión emocional; implica criterio, memoria y responsabilidad.

Votar es un acto de cuidado colectivo. Es afirmar que las instituciones se corrigen con inteligencia y compromiso, no con abandono. Es recordar que la democracia no es un espectáculo que se consume, sino una tarea que se ejerce.