La democracia, considerada por muchos como la cumbre del progreso político, enfrenta hoy una crisis silenciosa pero profunda. En lugar de representar la voluntad genuina del pueblo, parece haberse transformado en un escenario donde elites económicas, burócratas no electos y políticos ambiciosos disputan el control del poder. ¿Es realmente la democracia el sistema más justo y eficaz, o simplemente una ilusión conveniente que perpetúa el statu quo? Deben examinarse los desafíos históricos, culturales y estructurales que ponen en duda la legitimidad y funcionalidad de la democracia moderna, especialmente en Costa Rica, donde la confusión sobre quién gobierna —el pueblo, los funcionarios electos o los intereses privados— revela una preocupante distorsión del ideal democrático.

Uno de los pilares de la democracia es la voluntad del pueblo. Sin embargo, esta base resulta frágil cuando se considera que no todos los ciudadanos cuentan con la educación, el criterio o la integridad necesarios para tomar decisiones informadas. Las pasiones, los prejuicios y los intereses personales pueden distorsionar el juicio colectivo, convirtiendo la voluntad popular en una fuerza volátil y manipulable. Las elecciones, lejos de garantizar la llegada de líderes virtuosos, suelen favorecer a personas ambiciosas con acceso a recursos económicos y redes de poder. El proceso electoral, inevitablemente influenciado por el dinero, se convierte en un terreno fértil para la corrupción y la manipulación mediática. La experiencia reciente en Costa Rica ofrece múltiples ejemplos de cómo estos factores han afectado la calidad de la representación política.

En democracias como la costarricense, la pregunta sobre quién detenta el poder sigue sin respuesta clara. ¿Son los funcionarios electos quienes mandan? ¿O son los burócratas no elegidos, los grupos empresariales, o incluso actores internacionales? Esta ambigüedad erosiona la confianza ciudadana y dificulta el ejercicio de un gobierno verdaderamente representativo. La concentración de poder en manos de actores no electos —burócratas, tecnócratas y capitalistas— ha alcanzado niveles que superan incluso el control que un rey medieval tenía sobre sus súbditos. Esta paradoja revela que, bajo el disfraz democrático, se esconden formas de dominación que contradicen los principios fundamentales del sistema.

La falta de una definición consensuada de “democraciaha permitido que cualquier régimen se autodenomine como tal, sin importar sus prácticas reales. George Orwell lo expresó con claridad:

En el caso de una palabra como democracia, no solo no existe una definición consensuada, sino que el intento de crearla encuentra resistencia desde todos los frentes. Casi universalmente se cree que, al llamar a un país democrático, lo estamos elogiando…”

Esta ambigüedad semántica ha sido aprovechada por gobiernos de todo tipo para legitimarse ante la opinión pública, sin necesidad de cumplir con estándares democráticos reales. La democracia, entonces, se convierte en una etiqueta más que en una práctica política concreta.

A pesar de sus fallos evidentes, la democracia sigue siendo el marco institucional preferido en la modernidad. Esto se debe, en parte, a que cumple funciones prácticas aceptables. La sociedad moderna, aunque fragmentada y marcada por tensiones culturales y tecnológicas, encuentra en la democracia una estructura que ofrece cierta estabilidad y legitimidad. Sin embargo, en la práctica, sistemas como la oligarquía, la plutocracia o la tecnocracia dominan el escenario político. La democracia moderna no garantiza ni un buen gobierno ni una representación genuina del pueblo. Costa Rica, nuevamente, sirve como ejemplo de cómo estas dinámicas se manifiestan en contextos concretos.

La democracia, lejos de ser el sistema ideal que muchos defienden, se ha convertido en un marco institucional que encubre formas de poder elitistas y no representativas. Reconocer sus límites no implica renunciar a sus principios, sino abrir la puerta a una reforma profunda que permita construir un sistema político más justo, transparente y verdaderamente participativo. La pregunta no es si debemos abandonar la democracia, sino cómo podemos transformarla para que deje de ser una ilusión y se convierta en una realidad.

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